“Tengo que trabajar”

Hace un par de meses estuve en la conferencia de un Maestro espiritual que no conocía pero del que había oído hablar bastante. Por lo mismo iba un poco a ciegas. Sin embargo, mi esposo me había insistido tanto que era un hombre maravilloso y que el tema iba a ser muy interesante así que finalmente decidí asistir.

 

Cuando habían pasado aproximadamente 20 minutos empecé a desesperarme porque no entendía nada de lo que el Maestro estaba diciendo. Era como si me hubiera sentado frente a un conferencista árabe, japonés o chino al que veía gesticular, decir palabras y emitir sonidos pero del contenido no entendía una sola palabra.  Empecé a impacientarme e incluso a ponerme brava con mi esposo. Aunque no le decía nada, por mi cabeza pasaban todo tipo de reclamos y preguntas: “Es sábado, ¿para qué me trajo a esto?”;“Podría estar aprovechando el tiempo y adelantando otras cosas que tengo pendientes; podría estar leyendo, pasando tiempo con mi perro, descansando, etc.”. Tantas cosas en las que, según mi mente, podría estar ‘aprovechando’ el tiempo en vez de estarlo ‘perdiendo’.

 

Después de esos 20 minutos de pensamientos negativos y reclamos internos, mi desespero llegó a tal punto que pensé en salirme. Pero en ese momento caí en cuenta que tenía dos opciones: seguir mirando el reloj cada cinco minutos –como ya lo estaba haciendo- esperando a que se acabara la conferencia para salir furiosa y decirle a mi esposo que había sido una perdedera de tiempo, o intentar escuchar y sacarle provecho a este gran hombre que estaba frente a mi y al que probablemente no le estaba entendiendo por mi actitud. Me costó trabajo pero finalmente decidí optar por la segunda opción. Me quedé las siguientes dos horas escuchando atentamente lo que decía y acabé dándome cuenta que me había equivocado: no sólo en mi actitud, sino sobre todo en lo que han sido las prioridades en mi vida durante mucho tiempo.

 

El mensaje principal que quería transmitir este Maestro es que el mundo que hemos construido los seres humanos nos ha llevado a desviarnos del trabajo verdaderamente importante que todos debemos hacer: el trabajo con nosotros mismos. “Tengo que trabajar” se ha convertido en la frase perfecta para no tener que confrontarnos y hacer esa labor de descubrir quiénes somos, para qué vivimos, cuál es el sentido de la vida de cada uno, cuáles son los aprendizajes importantes que nos da la Vida a diario, Y todo eso solamente lo podemos descubrir en silencio, aprendiendo a estar con nosotros mismos sin estar 24/7 pendientes del celular, de la televisión, de las noticias, de las redes sociales o de cualquier otra cosa que nos distraiga de tener al menos 15 minutos diarios para estar en silencio y así empezar a perdernos el miedo. Porque al final, tanto a través del trabajo profesional con mis pacientes como en el que hago conmigo misma, he descubierto que el mayor miedo de estar solos y en silencio es el miedo a nosotros mismos. Es como un temor a confrontar nuestras ideas, la vida que hemos construido, el pasado y el futuro. De ahí que el trabajo como ocupación se ha convertido en la mejor manera de escapar de nosotros mismos. Y además como socialmente es aceptado y se venera a quien tiene trabajo y es muy ocupado, esta actividad jamás de cuestiona.

 

Lo que me impactó tanto de esta conferencia fue darme cuenta que yo también he caído en ese autoengaño y aunque soy absolutamente afortunada porque me fascina y adoro lo que hago diariamente, he olvidado que es una prioridad el trabajo sobre mi misma porque “tengo que trabajar”.

 

Empezar a generar cambios en mis rutinas para tener un poco más de tiempo para meditar y estar en silencio ha sido uno de los trabajos más difíciles que he hecho porque no me había dado cuenta que yo también llevo años escudándome en que “tengo que trabajar”. Tengo que levantarme temprano para hacer deporte, salir a trabajar, estoy trabajando de 7am o de 8am a 8pm, termino el día agotada, llego a mi casa, comparto la comida con mi esposo y me acuesto porque mañana, “tengo que trabajar”. Los fines de semana intento no trabajar demasiado para poder estar con mi familia y aunque he mejorado, tampoco encuentro el tiempo para sentarme al menos diez minutos diarios y quedarme en silencio sin celular, sin televisión, sin música, sin nada. Y cuando los encuentro, hay algo que tengo que hacer antes, que puede no ser trabajo formal, pero por lo general es algo aparentemente más importante que estar al menos diez minutos en silencio conmigo misma.

 

Reconocerme a mi misma que me he huido con tanta frecuencia no ha sido fácil. De hecho, en varios momentos lo sigo haciendo; sigo poniendo algo más por encima de mi trabajo espiritual porque me doy cuenta que estar 15 minutos en silencio externo es inmediatamente subirle el volumen a mi mente para que saque todos mis miedos, mis preocupaciones, mis angustias, mis pensamientos. Y claro, es más fácil –no por eso más sano-, prender la televisión, ver un video en youtube, leer un libro, salir de mi casa, estar en actividades sociales, revisar el correo electrónico, etc., que hacer el esfuerzo de quedarme ahí en “silencio” y empezar a darle la cara a mis fantasmas para que ellos dejen de perseguirme.

 

Me falta mucho trabajo en este campo. Sin embargo, lo poco que llevo intentando tener esos espacios de silencio conmigo misma han sido fascinantes. He confirmado y comprobado lo que varias veces le oí decir a Giorgio Nardone, y es que con muy poco se puede lograr mucho. Hay días en que logro estar ahí y ver los pensamientos, las angustias, los miedos, las preocupaciones pasar como quien ve pasar la escena de una película: ocurre, la veo, pero no me involucro en ella. Hay otros días en que cinco minutos son una eternidad y no logro distanciarme de mis angustias y preocupaciones. Por el contrario, me dejo llevar por ellas de manera que esos diez minutos de paz se convierten en diez minutos de tortura. Pero valen la pena porque poco a poco voy viendo que sólo yo, sin combatir, puedo vencer a mi mente y aprender a amaestrar a ese tigre interno que vive en cada uno de nosotros y que en el momento en el que logramos ponerlo en silencio, no sólo deja de ser nuestro peor enemigo sino que además, se convierte en nuestro mejor aliado.

 

Dejar de trabajar, de salir, de tener amigos y hacer planes, de ver televisión, de salir a bailar, en resumen, de distraerse, no es adaptativo sobre todo para quienes no somos monjes ni santos. Pero dedicar la vida a distraerse es como dejar pendiente una tarea: se convierte en una fuente de ansiedad infinita que paradójicamente se alimenta a fuerza de seguir distrayéndonos. Por eso la mejor manera de interrumpir ese círculo vicioso es empezar por estar con nosotros mismos al menos un minuto diario. Así poco a poco puede ir aumentando de un minuto a dos, de dos a tres, de tres a cinco y así sucesivamente hasta que dentro de nuestra rutina diaria podamos introducir el trabajo verdaderamente importante: el de nosotros con nosotros mismos.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

 

 

2 comentarios
  1. Avatar
    Gabriel Pineda Forero Dice:

    Mil gracias Ximena por compartir tus experiencias y conocimientos.

    La aplicación de la terapia breve estratégica en el desarrollo de las terapias me ha brindado una herramienta magnifica para hallar soluciones y reafirmar los recursos de las personas que acuden a mi consulta.

    Responder

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