Entrevista que le hizo Fritjof Capra (físico) a Carl Simonton (médico)

Tomada del libro Uncommon Wisdom

(Traducción de Alejandro Sanz de Santamaría)

 

El pensamiento ejerce sobre nosotros una influencia mucho más poderosa de lo que en principio podemos imaginar. Generalmente no tenemos consciencia de la forma como nos tiraniza. Este texto muestra cómo la tiranía del pensamiento puede engendrar la enfermedad física y la enfermedad mental. (Alejandro Sanz de Santamaría)

 

Yo (Capra) comencé preguntándole al doctor Simonton sobre lo que su práctica le había enseñado sobre la naturaleza general de la enfermedad.

Simonton me dijo que el papel de la enfermedad como “la solución a un problema” había sido para él un descubrimiento revelador. “Por razones de condicionamiento cultural y social -me explicó-, la gente frecuentemente encuentra que es imposible resolver problemas de estrés en forma sana, y por lo tanto escogen -consciente o inconscientemente- enfermarse como una salida al problema”.

“Incluye esto la depresión y otras formas de enfermedad mental?” -le pregunté.

“Ciertamente”, me respondió Simonton. (…) “Lo que me intriga sobre la enfermedad mental es que la mayoría de las enfermedades mentales tienden a excluir enfermedades malignas. Por ejemplo, jamás he oído que un esquizofrénico catatónico haya desarrollado un cáncer”.

Esta observación fue para mí muy intrigante. “Esto parece sugerir” dije, especulando, “que cuando estoy enfrentado a una situación de estrés o una crisis en mi vida, tengo varias opciones. Puedo desarrollar un cáncer o puedo desarrollar una esquizofrenia catatónica, entre otras; pero no las desarrollaré ambas”.

“Eso es correcto”, confirmó Simonton. “Estas son decisiones mutuamente excluyentes. Y hace sentido si miramos las dinámicas psicológicas de los dos casos. La esquizofrenia catatónica es un desprendimiento brutal de la realidad. Los esquizofrénicos catatónicos cierran prácticamente su propio pensamiento y se cierran también al mundo exterior. En esta forma ellos no experimentan la frustración, el sentido de pérdida, y otras varias experiencias que llevan al desarrollo del cáncer”.

“Entonces estas serían dos formas malsanas diferentes de escapar a una situación estresante de la vida”, resumí yo. “Una conduciendo a una enfermedad física, y la otra a la enfermedad mental”.

“Exactamente. Y nosotros deberíamos reconocer también una tercera ruta de escape -continuó Simonton: aquella que conduce a las patologías sociales – comportamientos violentos y descontrolados, crimen, abuso de drogas, y así sucesivamente”. (Uncommon wisdom, p. 202-3)

“En el desarrollo biológico del cáncer -me decía Simonton-, la situación es la opuesta a la integración: es fragmentación”. Luego él procedió a describir cómo un paciente de cáncer se convierte en la percepción de sí mismo que tenía como niño. “Por ejemplo -me ilustraba- la persona podría pensar que no es susceptible de ser amada y va a llevar consigo esta experiencia fragmentada de la niñez a través de su vida como su identidad. Utiliza entonces una inmensa cantidad de energía para convertir en verdadera esa identidad. La gente con frecuencia crea toda una realidad en torno a esa imagen fragmentada de sí misma”.

“¿Y la gente desarrollaría así un cáncer veinte o cuarenta años más tarde cuando esa realidad ya no pueda funcionar?”.

“Sí, el cáncer se desarrolla cuando ya no pueden invertir suficiente energía en ello para hacerlo funcionar”.

“Por supuesto que -agregó Simonton después de una pausa- la tendencia a aislar experiencias dolorosas en lugar de integrarlas no es sólo un problema para los pacientes de cáncer, sino que lo es para todos nosotros”.

“En psicoterapia se supone que usted reintegra estas experiencias a través de revivirlas -interrumpí yo-. La idea parece ser que revivir el trauma lo resuelve”.

“Yo no creo eso -declaró Simonton-. La clave para mí no es revivir experiencias pasadas, aunque esto ciertamente ayuda mucho, sino la reconstrucción de la realidad. Integrar la experiencia intelectualmente es una cosa, pero ponerla en práctica es otra. Cambiar mi forma de vida es la aserción real de los cambios en mis creencias. Eso, para mí, es la parte más difícil de la psicoterapia: poner nuestros descubrimientos en acción”. (ibídem, p. 207-8).

“Algo que ocurre muy frecuentemente con mis pacientes -explicó Simonton- es que se aterran cuando se les informa después de un tratamiento médico y unas sesiones de visualización exitosos, que ya no hay evidencia de enfermedad. Esto es muy común: ¡se aterrorizan!. A medida que exploramos esto con nuestros pacientes encontramos que ellos reconocían que de hecho habían desarrollado el tumor por una razón y lo estaban utilizando como una muleta para vivir sus vidas. Ahora, de repente, se les dice que ya no hay tumor, y ellos no lo han remplazado con otra herramienta. Esa es una gran pérdida”.

“Entonces ahora ellos tienen que enfrentar su vida de estrés de nuevo”.

“Sí, y sin el tumor. Ellos no están listos para estar bien; no están listos para actuar de manera sana; su familia y la sociedad en que viven no están preparadas para tratarlas de manera diferente, y así sucesivamente”.

“En tal caso -observé yo- usted ha eliminado el síntoma sin enfrentar el problema básico. Es casi como tomar una medicina para deshacerse de una irritación de garganta. (…). Entonces, ¿qué ocurre?”

“La recurrencia -continuó Simonton-, y este es un episodio tremendamente alterante. Mire, ellos se habían estado diciendo así mismos: ‘Si yo me deshago del cáncer estaré bien’. Ahora ellos se deshicieron del cáncer y se sienten peor que antes, así que no hay esperanza. Son infelices con el cáncer y son aún más infelices sin él. No les gustaba vivir con cáncer; y les gusta aún menos vivir sin él”. (ibídem p.212)