La razón de razón no entiende

Los seres humanos tenemos la tendencia a querer comprender todo lo que nos ocurre desde la razón, desde el pensamiento racional. De ahí se desprenden las preguntas de ‘¿por qué?’, ‘¿cómo habría sido si?’, ‘¿cómo sería si?’, entre otras. Paradójicamente son esas preguntas y las subsiguientes explicaciones racionales las que llevan a las personas a sentirse aun más confundidas; en ocasiones incluso ansiosas y ofuscadas porque a pesar de todos los intentos racionales por tratar de comprender nuestras emociones, nuestros comportamientos e incluso los mismos pensamientos, las explicaciones no dan respuesta. Entonces las personas empiezan a sentir una contradicción interna que termina llevando a una mayor incertidumbre, porque esos “por qué”, no tienen respuestas racionales.

“Me da miedo contagiarme de esa enfermedad que da tanto, que le da a las personas de todas las edades y de ambos géneros; esa enfermedad que empieza por C y que obliga a que las personas tengan que hacerse tratamientos de quimioterapia. No puedo oír esa palabra, no la puedo pronunciar porque inmediatamente siento miedo a contagiarme a pesar de que sé que no es posible. Pero no puedo evitarlo, tengo que lavarme las manos siempre que oigo esa palabra. La vida se me está convirtiendo en un infierno”, me dijo Margarita[1] en la primera cita.

Oír la palabra cáncer, leerla o escuchar una conversación en la que se mencionara dicha enfermedad, le generaba tal pánico que intentaba evitar a toda costa el contacto con ese término. Sin embargo, eso no siempre era posible y tal como le ocurrió en octubre, el mes de prevención del cáncer, los mensajes que escuchaba eran constantes. Como consecuencia de no poder evitar y de la ansiedad que esto mismo le generaba, empezó a lavarse las manos de manera compulsiva cada vez que oía la palabra. Lo hacía hasta que se sentía tranquila sin importar el tiempo ni la cantidad de veces que tuviera que lavarse las manos.

Después de un año de estos rituales, la vida se le había reducido a su obsesión: Margarita había disminuido considerablemente la salida con los amigos, había dejado de montar en transporte público por el miedo a oír algo en el radio, evitaba pasar cerca de cualquier puesto de salud y en general, había empezado a encerrarse en su casa, lo que estaba generando, en palabras de ella, “un estado de ánimo depresivo”.

“Cada vez que voy a salir de mi casa pienso, hago todo un razonamiento racional para darme cuenta que obviamente no puedo contagiarme de eso por oír el término, por una conversación, por pasar en frente a una clínica, por el radio del carro, es que mientras te lo digo me parece la cosa más estúpida del mundo! Pero esa tranquilidad me dura hasta que salgo del edificio. Tan pronto estoy en la calle vuelvo a sentirme vulnerable, entonces no soy capaz de montarme a un bus, de coger un taxi y si de verdad me toca porque me toca, le pido al taxista que apague el radio o si voy en el bus, voy rogando que no vaya a sonar nada del tema. Con tan mala suerte que siempre termina saliendo algo, octubre fue un infierno y mira ya en este punto cómo tengo las manos”.

En las manos ya se veía una resequedad excesiva que estaba empezando a generarle dolor. Pero más allá de eso, lo que más frustrada tenía a Margarita era darse cuenta que a pesar de su razonamiento racional, de sus explicaciones lógicas, su problema se mantenía; y no sólo eso sino que era cada vez peor. “¿Por qué si yo sé que no me puedo contagiar así no soy capaz ni siquiera de decir el término? ¡Es absurdo!”

Teniendo en cuenta que todos los intentos que Margarita había puesto en práctica hasta el momento para tratar de superar su obsesión habían sido racionales (explicaciones y convencimientos mentales que no solamente no funcionaban sino que además estaban alimentando su problema), pudimos empezar a introducir una idea distinta: si se limita a pensar, continúa alimentando el problema, de manera que para lograr un cambio lo que debe hacer es percibir la realidad de manera diferente (Nardone & Portelli, 2013). Fue así como Margarita aceptó asumir un pequeño reto diario, entendiendo reto como empezar a enfrentar alguna de las situaciones que había evitado hasta el momento: prender el radio, coger un bus, pasar frente a una clínica, etc. Ella debía escogerlo diariamente teniendo en cuenta que debían ser retos sencillos para que pudiera asumirlos porque si un cambio es demasiado grande, genera una resistencia aún más grande. Si después de asumir el reto aparecía el miedo y la obsesión de poderse contagiar y como resultado de esta sentía la necesidad inevitable de lavarse las manos, lo podía hacer siempre y cuando se dejara una parte de la mano sin lavar.

Margarita regresó sorprendida a la segunda sesión porque había logrado asumir los pequeños retos casi a diario y aunque también había tenido que lavarse las manos, había sido capaz de dejarse una parte de la mano sin lavar. “Me di cuenta que no pasa nada si me dejo una parte de la mano sucia, es decir, no me da ansiedad ni tampoco me quedo pensando en la enfermedad si no me lavo una parte de la mano”. Darse cuenta que “no pasa nada” si no se lava la totalidad de las manos nos permitió dar un paso más: dejar sucia una parte más grande de la mano; de una falange pasamos a un dedo. Y en la tercera sesión, una vez más, el resultado fue que “no pasa nada”. De manera que ella, por su propia voluntad, decidió dejarse un dedo y una falange más sin lavar. Y también en este caso obtuvo el mismo resultado: no pasa nada.

La sensación de “no pasa nada” ha sido el resultado de su propia vivencia, no de sus pensamientos. Es la sensación la que le ha permitido empezar a cambiar su cognición ya que nada hay en la mente que no haya pasado primero por los sentidos, como bien dijo Aristóteles. Es por eso que para lograr un cambio lo primero que hay que cambiar es la sensación, la emoción, que finalmente permitirá un cambio de percepción, reacción y por último, un cambio en la cognición (Nardone, 2008). Un cambio no es el producto de los razonamientos sino de la experiencia porque la razón, de razón, no entiende.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante

La pareja no es familia

Una de las preguntas que con más frecuencia me hacen los padres de adolescentes es por qué sus hijos hacen en casa de los amigos todo lo que en su propia casa no hacen: “A mí me llaman las mamás de las amigas de Emilia[1] después de pasar con ella un fin de semana y duran horas diciéndome la maravilla que es Emilia, lo educada que es, que recoge los platos, que todo lo agradece, saluda y se despide de beso de todo el mundo, en pocas palabras, Emilia en la casa de las amigas es todo lo que en la casa no es. ¿Me puedes explicar por qué?” La explicación, para mí, es doble: por un lado los amigos no son familia, y por esa razón son vínculos que se pueden perder, acabar sin ocasionar el trauma que casi siempre conlleva el rompimiento de vínculos de amistad; y por el otro, los padres ‘todo lo aguantan’: así las reacciones de los hijos sean maltratantes y groseras, los padres siempre van a ser los padres y los hermanos también. Por eso es muy frecuente que las relaciones familiares sean las que menos se cuidan.

 

Cuando las personas se casan, forman un nuevo núcleo familiar que empieza por la pareja y continúa con los hijos, cuando los tienen. Sin embargo, la relación de pareja no es una relación de consanguinidad –en este sentido no es una relación ‘familiar’- y quizás por eso ‘no lo aguanta todo’. “Me equivoqué. Pensé que la relación con Carolina[2] iba a aguantarlo todo, y quizás por eso, sin darme cuenta, la descuidé a tal punto que ahora ella no sabe si quiere seguir con el matrimonio”, dijo Daniel[3] en la primera cita angustiado porque su esposa, después de siete años de matrimonio, le había pedido una separación temporal.

 

Durante los primeros años de matrimonio ambos se habían preocupado por compartir tiempo en pareja. Por ejemplo, salían a almorzar al menos una vez por semana, hacían alguna comida especial fuera de la casa, los fines de semana trataban de hacer deporte juntos al menos una mañana, y buscaban sitios para salir a desayunar porque ambos compartían el gusto por el desayuno. Pero con el paso de los años él fue dedicándole cada vez más tiempo al trabajo -porque lo habían ascendido-, que además implicaba eventos fuera de la oficina por el tipo de cargo que ocupa. Y cuando no estaba trabajando, se dedicaba a otras actividades como jugar fútbol con los amigos dos noches por semana. Como consecuencia, los fines de semana quería dedicarse a jugar video juegos y a dormir para recuperarse del cansancio acumulado durante la semana. “Tengo que reconocer que Carolina varias veces me dijo que me sentía distante, que trabajara menos, que pasáramos más tiempo juntos. A veces incluso me decía que llegara a la casa temprano en vez de ir a jugar por las noches,  y que aprovecháramos para ver una película o salir a comer. A mí me daba rabia que me dijera eso porque sentía que me estaba quitando las cosas que me gustan, entonces nunca le hice caso. Ahora entiendo a qué se refería y ya no sé si es demasiado tarde”.

 

A Daniel le estaba ocurriendo lo mismo que les tiende a ocurrir a los adolescentes con sus familias: dio su relación por sentada porque creyó que lo aguantaría todo. Y aunque en el caso de las relaciones familiares de consanguinidad puede haber peleas e incluso conflictos que generen distanciamientos a lo largo del tiempo, al final los vínculos son más profundos y por eso resisten más las dificultades que enfrentan antes de producir un rompimiento. Pero en una relación de pareja no ocurre lo mismo porque no hay vínculos de sangre y por eso exige cultivarla más para poder mantenerla. En muchos casos se presume que casarse es el punto de final de la relación. Pero es todo lo contrario: el matrimonio es el punto de partida. Más aún si se tiene en cuenta que con el paso del tiempo es muy fácil que las relaciones se vuelvan rutinarias y que la misma rutina contribuya a que disminuyan los detalles entre los conyugues y se dejen de lado el cuidado físico de cada uno, el coqueteo y la frecuencia de las relaciones sexuales, entre otras cosas. Lo que se requiere es exactamente lo contrario: reinventar permanentemente la relación, ingeniarse nuevos planes, tener cada día más paciencia, más creatividad y dedicarse cada vez más tiempo mutuo. En síntesis: dedicarle cada día más energía al cuidado del vínculo.

 

Daniel ha comenzado ya a hacer un trabajo en sí mismo porque conversando con Carolina se dio cuenta que antes de pensar en hacer un trabajo y un esfuerzo como pareja, él necesita hacer el trabajo individual que requiere para poder aceptar que se equivocó y perdonarse por ello. Carga consigo una culpa grande porque reconoce que su esposa le pidió en varias ocasiones que hiciera cambios, que se preocupara más por ella y por alimentar la relación de pareja. Pero él mismo ve que se demoró mucho tiempo en ver esa necesidad: fue necesario que la relación entrara en una crisis de la que él aún no sabe si va a poder salir para que empezara a ver la importancia de alimentar, diariamente, la relación de pareja.

 

Como ‘ser inteligente para atrás’ es fácil, en este momento le es posible ver todo lo que tuvo que haber hecho y no hizo. Pero pretender cancelar los errores del pasado significa retenerlos en el presente. Por esto Daniel actualmente está llevando a cabo un proceso para poder archivar el pasado en el pasado y así finalmente empezar a trabajar en su presente para poder reconstruir con Carolina una relación de pareja en la que el vínculo se alimente a diario; una relación en la que la prioridad en la vida de ambos sean el uno y el otro -sin que eso implique perder su independencia-, sabiendo ya por su propia experiencia que si la relación no se alimenta y no se trabaja, terminará por acabarse porque la relación de pareja, a diferencia de las relaciones familiares, no lo aguanta todo.

 

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de los consultantes

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[3] Nombre ficticio para proteger la identidad de los consultantes

La paz empieza por casa

Para nadie es un secreto que el país está atravesando por un momento importante. Independientemente de si se está o no de acuerdo con el proceso de paz y los acuerdos logrados, es la primera vez en 60 años que miembros del gobierno y de un grupo armado llegan a un acuerdo que busca cambiar la historia de guerra en Colombia. En esto parece que el país entero está de acuerdo: que se acabe la guerra. En lo que se difiere es en la manera, en el contenido de los acuerdos, en el proceso mismo que se está llevando a cabo para llegar a firmar la paz. Y estas diferencias están generando una polarización en el país que en vez de contribuir a la paz lo que están llevando es a mantener un conflicto.

Mi conocimiento sobre el proceso de paz, sobre los acuerdos, en general sobre todo lo que se ha hecho, es bastante básico, por lo que no me siento con la autoridad para opinar al respecto. Lo que sí siento es el deseo que creo compartimos 46’000.000 de colombianos de vivir en un país más tolerante, menos conflictivo, un país donde todos podamos ayudar a construir la paz. Y es por eso que reflexiono permanentemente sobre la paz pero mirándola en el contexto de lo cotidiano, es decir, de nuestras propias acciones y nuestros pensamientos en cada una de relaciones que tenemos con los demás. Creo que independientemente de lo que está ocurriendo a nivel macro, si a todos nos une el deseo de vivir en un país en paz, una manera de contribuir a ella es empezando a practicarla en todo lo que pensamos, decimos y hacemos en nuestras relaciones cotidianas con los demás. Esto es algo que todos podemos hacer sin necesidad de involucrarnos en argumentos, de posturas teóricas y explicaciones. Todos podemos practicar la paz comenzando por casa.

Salir a la calle en Bogotá es una experiencia que con frecuencia puede ser desagradable. Si bien adoro esta ciudad, es impactante –y me incluyo- el nivel de agresividad con que reaccionamos ante todo lo que sucede a nuestro alrededor. Lograr pasar con el carro en un cruce es una tarea casi titánica, como lo es también cambiarse de carril, porque tan pronto se pone la direccional la reacción de quienes vienen detrás casi siempre es acelerar. Cuando alguien se cuela en la fila en el banco inmediatamente es víctima de comentarios antipáticos, de agresiones verbales e incluso de groserías. Colarse es sin duda un comportamiento reprochable, es parte del egoísmo y falta de educación en la que vivimos todos los colombianos. Pero agredir no soluciona el problema sino que lo empeora, porque cuando una persona se siente agredida se defiende y es así como se va construyendo un círculo vicioso de agresión y de violencia cotidiana.

Algo similar ocurre cuando no aceptamos las diferencias entre los seres humanos. Diferencias que van desde el gusto por la ropa, hasta las preferencias sexuales, pasando por las creencias religiosas, las diferencias en los patrones de crianza, los criterios económicos al momento de hacer una inversión, entre otras cosas. Aceptar no exige estar de acuerdo: exige comprender al otro. Y esta comprensión es lo que conduce al respeto, que a su vez conduce a una convivencia armónica, sin la violencia a la que hoy conducen las diferencias que necesariamente se dan entre las personas. Por ejemplo: diferencias entre quienes creen que la religión católica es la única manera de llegar a Dios y quienes creen que para llegar a Dios no es necesario tener un intermediario; entre quienes consideran que la mejor inversión es viajar y quienes piensan que la mejor inversión es tener bienes raíces; entre quienes creen en la reencarnación y quienes creen que la vida se acaba cuando el cuerpo se muere; entre personas para quienes el éxito es sinónimo acumulación de dinero y quienes aspiran a vivir con la tranquilidad que conlleva una vida modesta; y entre quienes respaldan los acuerdos a que se llegó con las Farc y el proceso que se dio para alcanzarlos y quienes se oponen a ambos. Todas son respetables, y si hay mutua comprensión se evitan las polarizaciones que impiden vivir en paz.

Si la paz empieza por casa, estaremos contribuyendo a que Colombia pueda llegar a ser ese país por el que todos soñamos: un país en paz. La firma de un acuerdo y la dejación de armas son un paso sin duda importante. Pero si nosotros como sociedad seguimos maltratándonos los unos a los otros, nos seguimos gritando en la calle, maltratando a las personas con las que trabajamos y a las personas que nos sirven, si no pagamos los salarios justos, si ante el error de otro la primera reacción es la agresión verbal o física, si no somos capaces de separar a las personas de sus actos y de sus palabras y por lo mismo no somos capaces de conversar a pesar de nuestras diferencias, Colombia va a seguir siendo un país en guerra. De manera que contribuir a la paz no es solamente una decisión de un gobierno, de un grupo armado, no es solamente una opinión a favor o en contra. Contribuir a la paz es una decisión personal que empieza por identificar en qué cosas somos intolerantes, irrespetuosos, en qué llegamos incluso a ser violentos con nuestras acciones y nuestro lenguaje cotidiano.

Si todos empezamos por el único trabajo personal que podemos y debemos hacer hacia adentro de nosotros mismos, estaremos contribuyendo, independientemente de toda postura teórica o ideológica, a que Colombia, finalmente después de 60 años, empiece a brillar por ser un país en el que sus ciudadanos saben vivir y construir un país en paz.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta

 

 

 

 

Los fantasmas salen en vacaciones

“La mente es la precursora de todos los estados”

Buda.

 

A lo largo del semestre, oigo con frecuencia la misma frase: “Necesito unas vacaciones”. Tanto en hombres como en mujeres, en adolescentes como adultos, existe una necesidad y un deseo de descansar y tener tiempo: tiempo para dormir hasta tarde, trasnochar sin preocupación, hacer deporte, actividades con amigos, leer, ver películas o series, para cocinar y comer sin afán; tiempo para compartir con los hijos y en general con la familia, entre otras cosas. Por consiguiente, la gran mayoría de personas espera a lo largo del semestre que llegue el momento de las vacaciones para finalmente poder descansar. La paradoja es que cuando finalmente llega ese momento, cuando se acaban las ocupaciones, empiezan las pre-ocupaciones.

 

“Me estoy chiflando. Esperé todo el semestre para estar en vacaciones y ahora que tengo el tiempo libre que quería, no he podido hacer nada porque no paro de pensar en lo que quiero hacer, estoy angustiada todo el tiempo y de la angustia no he hecho nada”. Para Natalia[1] fue sorprendente darse cuenta que trabajar tanto se le había convertido en una manera de evadirse a sí misma. “Nadie me va a admirar por estar meditando, por estar sola y en silencio, por hacer un trabajo interno conmigo. Mientras que todo el mundo admira que salga tarde de la oficina, que tenga que trabajar los fines de semana, que me la pase con gente, de fiesta, haciendo planes sociales, en últimas, que siempre esté ocupada. Sin darme cuenta, me comí el cuento y ahora me estoy chiflando con el tiempo libre”.

 

Los primeros días Natalia pudo dormir hasta tarde, desayunar con calma y salir de la casa a hacer vueltas que en el día a día laboral no alcanza a hacer. Al inicio disfrutó de poder hacerlo con calma, de poder tomar la decisión de sentarse en un café a leer un libro que no tuviera relación con su trabajo o simplemente a tomarse un jugo sin tener que salir corriendo. Pero con el paso de los días esa tranquilidad fue sustituida por una ansiedad casi constante, ansiedad que era producida por preguntas como: ¿Estaré perdiendo el tiempo? ¿Debería estar haciendo algo productivo? ¿Por qué se acabó mi relación de pareja? ¿Me voy a quedar sola toda la vida? ¿Será que sí voy a encontrar a alguien para compartir mi vida? ¿El trabajo que hago realmente me gusta o será que estoy haciendo lo que se espera de mí? ¿He hecho lo que he querido en mi vida?

 

Después de una larga cadena de preguntas como estas que tenían comienzo pero no tenían fin, Natalia empezaba a sentir lo que ella misma denominó como un ‘hueco en el estómago’. “Es como desasosiego, no me hallo? en mi propia piel y lo peor es que no se quita con nada”. Empezaba a hacer todo para distraerse: tratar de no pensar voluntariamente, ver televisión, leer, hablar por WhatsApp, mirar Facebook, en resumen, cualquier cosa que le ayudara a evitarse a sí misma porque estar consigo misma en silencio era algo que no sabía hacer. Pero a pesar de todos sus intentos por distraerse, por evadirse, siempre llegaba al mismo punto: ahí estaba ella, su cabeza, las preguntas, los cuestionamientos. Así que después de un par de semanas en las que llegó a pensar que se iba a enloquecer, finalmente buscó ayuda porque ya a ninguna hora se sentía tranquila.

 

A lo largo del proceso, Natalia se ha ido dando cuenta que, desde hace muchos años, ha construido un círculo vicioso sin darse cuenta. Empezó en la adolescencia cuando comenzaron los cuestionamientos respecto a su vida y a la vida de sus amigos. En ocasiones se sentía muy distinta a ellos porque a ella no le gustaba consumir alcohol ni drogas, a veces incluso prefería no salir los fines de semana porque quería acostarse temprano para levantarse a hacer deporte o pasar tiempo con sus sobrinos. Pero decirle eso a sus amigos podía ser motivo de rechazo e incluso de vergüenza razón por la cual Natalia terminó por “mimetizarse” con sus amigos: empezó a tomar trago, a salir de fiesta todos los fines de semana, a tener novios porque era lo que tocaba en su momento, porque todas las amigas tenían pareja y una vez más, era raro que ella no hiciera lo mismo. “Yo creo que en el fondo yo sabía que nada de eso lo quería hacer. Pero entre más tiempo pasa, es más difícil pararse en la raya y empezar a hacer lo que uno realmente quiere”.

 

En la medida que pasaba el tiempo, era cada vez más difícil enfrentar por qué si se detenía a cuestionarse sobre sus decisiones, sobre lo que estaba haciendo, aparecía la ansiedad. Y ella, como todo ser humano, no quería sentirse ansiosa. Así que continuaba evadiendo y encontró que el trabajo era la disculpa perfecta para hacerlo porque socialmente es aceptado e incluso admirado decir que no hay tiempo para nada por exceso de trabajo. Y a ella, internamente, le ocurría lo mismo: podía comprender que no tuviera tiempo para estar consigo misma, en silencio porque tenía que trabajar. Sin embargo, seguía con la sensación de que lo que estaba viviendo y haciendo no era lo que realmente quería. Pero si se detenía, así fuera un segundo del día a pensarlo, aparecía nuevamente la ansiedad. Así que nuevamente volvía a llenarse de trabajo y ocupaciones para no tener que detenerse a pensar en nada de su vida personal.

 

Por cuestiones laborales, se vio obligada a tomar vacaciones pues tenía mucho tiempo acumulado y debía usarlo. Pero por la época, no tuvo tiempo para organizar un viaje y así poder salir de Bogotá, por lo cual tuvo que quedarse sin ocupación durante unas semanas. “Cuando me di cuenta que no iba a poder salir, que no tenía plan, empecé a sentir el hueco en la boca del estómago. Pero literalmente no podía hacer nada más que quedarme y enfrentarlo. Por eso estoy aquí, porque no sé cómo cerrarlo”.

 

Caer en el círculo vicioso de ocuparse en exceso para evitar tener tiempo libre y así no tener que enfrentar lo que Natalia llamó “mis fantasmas”, es fácil. Y es fácil porque como ella misma lo dice, la sociedad valora, celebra y admira a quienes sólo tienen tiempo para trabajar (profesionalmente hablando). Claro, ese es el trabajo que produce dinero, cosa que también se admira y se valora porque en la sociedad moderna da estatus y poder, entre otras cosas. El problema es que por ese exceso de ocupación laboral se deja de lado el trabajo más importante: el trabajo en nosotros mismos como personas. Un trabajo interno que solamente se puede lograr en silencio, en soledad, cuando paramos y nos des-ocupamos a pensar, a cuestionarnos, a replantearnos decisiones para ir construyendo una vida cada vez más acorde a lo que es realmente el propósito de vida de una persona: encontrarse, descubrirse y construir una vida cada vez más feliz. Y por feliz no me refiero a la felicidad efímera que da el dinero, la ocupación, el estatus. Por feliz me refiero a esa tranquilidad plena interna que alcanzan las personas que hacen el trabajo interno de manera juiciosa y constante. Personas como Matthieu Ricard, un biólogo francés que después de dedicar gran parte de su vida a la academia, a la investigación, finalmente empezó a darse cuenta que ese, contrario a ser el camino a la felicidad, era el camino a la infelicidad (Recomiendo esta charla de Matthieu Ricard sobre Los Hábitos de la felicidad:). Y a partir realizar el trabajo en sí mismo, ha llegado hasta ser conocido en el mundo justamente por ser el hombre más feliz del mundo.

 

No tenemos que volvernos monjes para llegar a vivir la vida de una persona como Matthieu Ricard. Pero si como Natalia nos vamos dando cuenta que el camino del exceso de trabajo (profesional) se nos está convirtiendo en la disculpa para no trabajar en nosotros mismos, para no aprender a estar en silencio y a estar tranquilos sin necesidad de estar ocupados, esa ansiedad incómoda que se presenta justamente cuando estamos des-ocupados es una maravillosa señal de la necesidad de un cambio: tener tiempo para nosotros, para poder estar solos a gusto, para darnos cuenta que quizá lo que estamos haciendo a diario no nos gusta o que la relación de pareja en la que estamos no es la que queremos o que quisiéramos pasar más tiempo con nuestras familias. O simplemente tener tiempo para estar en silencio y perdernos el miedo, porque una vez que esto pase, habremos emprendido un camino de verdadera e inmutable tranquilidad que no se altera con las vacaciones  porque nos permite adquirir una libertad maravillosa.

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta

 

Equivocarse: una parte muy importante del sistema inmunológico

“No siempre ganas,
pero cada vez que pierdes,
te vuelves mejor”
Ian Somerhalder,

 

Cuando nace un bebé, una de las cosas que hacen en el hospital es ponerle las primeras vacunas. Dos meses después les ponen el refuerzo y a partir de ahí, los padres pueden empezar a sacar al bebé de la casa y a exponerlo a la contaminación cotidiana del mundo. ¿Cómo funciona una vacuna? Es una pequeña dosis del virus contra el cual el sistema inmunológico del bebé tiene que defenderse. La introducen en el cuerpo del recién nacido justamente para que éste desarrolle los anticuerpos necesarios de tal manera que el día que esté expuesto ante el virus, su cuerpo sepa qué hacer para no contagiarse. Así funcionan las vacunas físicas. Las vacunas emocionales tienen el mismo objetivo: ayudar a las personas para que se puedan defender de lo que ocurre en el mundo externo. La diferencia con las vacunas físicas es que las emocionales no se pueden poner, con lo cual la opción que queda es desarrollarlas y eso sólo se puede hacer viviendo y enfrentando la vida diariamente. Y una manera de desarrollar las defensas emocionales es equivocándonos.

Hace unos meses llegaron al consultorio unos padres a quienes se les había cumplido su peor fantasía: una de sus hijas estaba saliendo con un hombre casado. “Nunca pensé que fuera a referirme a alguien de mi familia, mucho menos de alguna de mis hijas, como una amante”, decía la madre desconsolada. El padre, enfurecido y dolido, repetía una y otra vez que no entendía cómo, después de haberle dado todo a sus hijos, la hija le “pagaba de esta manera”.

A lo largo de varias citas, los padres han ido narrando lo que ha sido la historia de su familia: cómo fue el proceso de ambos para llegar a tomar la decisión de tener hijos, en qué momento de vida estaban cuando nacieron los hijos, cómo ha sido la relación con cada uno de ellos y cuáles han sido para los padres los principales valores y enseñanzas que desde jóvenes quisieron inculcarles a cada uno de ellos. Por tal razón, no logran explicarse qué fue lo que pasó para que una de sus hijas haya terminado siendo la amante de un hombre casado: “En la casa jamás se ha visto una infidelidad, mis otros hijos tienen matrimonios estables y Leticia ha recibido la misma educación que ellos”, decía Jorge “Yo no me resigno a aceptar que nuestros amigos se refieran a Leticia como ‘la amante de’, que ahora cuando la gente piense en ella va a pensar en que fue la que destruyó un matrimonio. Ahora ella va a cargar con ese estigma el resto de su vida, es como si todos los esfuerzos que hicimos para sacar adelante a nuestros hijos se hubieran perdido”, decía la madre abnegada en llanto.

Desde que se habían enterado de la infidelidad de su hija habían hablado con ella en varias oportunidades siempre tratando de hacerle entender que lo que estaba haciendo era equivocado y que lo mejor era cortar completamente la relación con ese hombre. Pero a pesar de todos sus intentos, de haber pasado por conversaciones desde duras y agresivas hasta dolorosas y tristes casi rogándole a Leticia que no se hiciera –y que no les hiciera a ellos- ese daño, ella seguía dando la misma respuesta: era su vida, eran sus decisiones y por lo mismo, iba a seguir luchando por esa relación, porque además el matrimonio de su pareja con la ex esposa se iba a terminar del todo pronto.

Hasta el momento, lo que habían hecho Jorge y Constanza era intervenir de manera directa a través de reflexiones y conversaciones porque no querían que su hija se siguiera equivocando: “Con Jorge siempre tratamos de hacer todo por nuestros hijos para que no se equivocaran. Y ahora Leticia nos sale con semejante equivocación”, decía Constanza. Fue así como se puso en evidencia que la principal solución intentada de estos padres en la vida de sus hijos había sido siempre la de hacer todo por ellos con el fin de evitarles las equivocaciones y con estas, el sufrimiento y el dolor. Pero no se daban cuenta de varias otras cosas: la primera, que una solución intentada que no funciona lo que hace es alimentar el problema que debía resolver (Nardone, 2015). La segunda, que no existe una vida sin equivocaciones porque estas no solamente hacen parte de la experiencia humana, sino que además son las que le permiten a cada persona ir desarrollando sus propios recursos y capacidades no solamente para enfrentar la vida sino sobre todo, para aprender a resolver problemas porque no es más fuerte quien nunca se ha caído, sino quien se ha caído y sabe cómo levantarse (s.a). Y una persona a la que se le quieren evitar todas las equivocaciones se va a terminar equivocando justamente porque equivocarse hace parte de la vida. Y lo más grave es que acabará perdiendo la confianza en sus propias capacidades y recursos, con lo cual lo más probable es que no va a saber cómo enfrentar y superar su equivocación.

Teniendo en cuenta que la solución intentada disfuncional puesta en práctica hasta el momento había sido la de intervenir hasta llegar a sobreproteger a Leticia, se les planteó a Constanza y a Jorge que si querían ayudar a su hija el primer paso que debían dar era dejar que fuera ella quien tomara sus propias decisiones y asumiera las consecuencias de las mismas. En otras palabras, que observaran sin intervenir (Giannotti, Nardone & Rocchi, 2001) todas las actitudes, comportamientos y decisiones de su hija evitando hablarle y hacerle reflexiones al respecto. Si tenían preocupaciones, angustias, dudas, sobre todo Constanza, debía escribirlas diariamente en una carta dirigida a Leticia, cartas que no debía entregarle a ella sino llevarlas a la terapia. De resto, la relación con Leticia debía girar en torno a otros temas de conversación, a temas cotidianos y en caso de que ella pusiera el tema de su relación, los padres debían adoptar la conjura del silencio (Giannotti, Nardone & Rocchi, 2001), es decir, evitar completamente cualquier comentario o reflexión al respecto y limitarse únicamente a responderle que ella era la única responsable de su vida y de sus decisiones. De esta manera, le estarían devolviendo a ella la total responsabilidad de su vida de tal manera que finalmente Leticia pueda empezar tanto a equivocarse como a saber cómo salir de las equivocaciones.

Para Constanza, más que para Jorge, esta tarea ha sido supremamente difícil porque todavía por momentos aparece en ella la creencia de que debe ayudar a su hija para evitar que ella se pueda equivocar y que vaya a sufrir por esto. En palabras de Giorgio Nardone, la paradoja del bienestar es que entre más protegemos a nuestros hijos, más incapaces los volvemos. De manera que poco a poco Constanza y Jorge han ido comprendiendo a través de una experiencia exigente, dura y dolorosa que Leticia solamente puede aprender por su propia experiencia, por su propia piel. Y como en cualquier experiencia equivocarse y sufrir por ello no solamente es inevitable sino además necesario, porque es una de las únicas maneras que tenemos los seres humanos de “vacunarnos” para ir ganando defensas que son las que nos van a permitir aprender a manejar, defendernos y vivir en un mundo que sin duda es difícil. Pero si tenemos las estrategias y herramientas para enfrentarlo, seremos capaces de disminuir el sufrimiento.

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

Finalmente me estoy enamorando de mi cuerpo

La única constante en la vida es el cambio, dijo Buda hace más de cuatro mil años y esto aplica también para los cánones de belleza a lo largo de la historia de la humanidad. Sin ser una experta en arte y teniendo únicamente unos conocimientos muy básicos al respecto, recuerdo que una de las características de las pinturas de mujeres desnudas en los siglos XVI, XVII e incluso en algunas del siglo XIX, era dibujar cuerpos en los que se veían unas piernas gruesas, una pequeña barriga y senos pequeños. Pinturas como “La Venus de Urbino” de Tiziano y Las Tres Gracias de Rubens en el siglo XVI, “Las Meninas” de Velásquez del siglo XVII y de “La maja desnuda” de Goya, les han permitido a los historiadores concluir que la belleza de las mujeres en esa época estaba asociada con cuerpos más gruesos y no tan delgados.

 

Con el tiempo estos conceptos han cambiado hasta llegar a lo que hoy, siglo XXI, se ha convertido en la definición de belleza del cuerpo de una mujer: cuerpos extremadamente delgados con senos y glúteos grandes y perfectamente puestos ya que la gravedad no debe ejercer ninguna presión. Una cintura casi diminuta, ausencia total de grasa, todos los músculos debidamente marcados y claramente ninguna señal de estrías ni de celulitis. En resumen, un cuerpo perfecto con la gran paradoja que lo perfecto es enemigo de lo bueno.

 

Antonia[1] llegó a consulta porque después de muchos años de batallar con su alimentación y más que eso, con su peso y su cuerpo, finalmente pudo reconocerse a sí misma que tenía un problema alimenticio. “Mi vida ha  sido un yoyo: he tenido momentos en los que he logrado estar muy flaca y he tenido un peso ideal. Pero desde hace un tiempo no logro bajar de peso y a pesar de que lo he intentado todo, siempre termino volviendo a subir y ya no quiero seguir viviendo una vida tan inestable. Sobre todo una vida en la que nunca estoy tranquila con lo que me como y nunca estoy tranquila con mi cuerpo”.

 

Si bien Antonia no había llegado al límite de extrema delgadez ni tampoco de extrema gordura, sí había llegado a su propio límite de tolerancia frente a la vida que estaba teniendo. Llevaba más de doce años intentando mantener un peso a su juicio saludable; quería ser delgada para poderse sentir cómoda en la ropa, para salir tranquila en vestido de baño, para poder gustarle a los hombres, para tener una relación de pareja estable y sobre todo, para tener una buena relación con su cuerpo. Desde muy niña había empezado a hacer dietas, todas basadas en la restricción, en la concepción de “alimentos prohibidos” como carbohidratos, dulces y cualquier tipo de azúcar -incluyendo las frutas-. Obviamente dentro de esas dietas era casi prohibido comer en las noches y si lo hacía porque no podía controlar el hambre, solamente se permitía una sopa. Así lograba pasar períodos en los que supuestamente estaba tranquila con su cuerpo porque la pesa mostraba un número, a su juicio, ideal y perfecto. De lo que Antonia no se daba cuenta era que justamente en ese peso era cuando más sufría y cuando más vulnerable se sentía porque en cualquier momento podía subir de peso. De manera que ni siquiera en el momento en el que estaba delgada, supuestamente en el momento “ideal”, podía disfrutar de su cuerpo, de la comida y en últimas, de la vida, pues constantemente venían el miedo y la ansiedad de pensar que iba a ganar peso. Y como muchas de las creencias acaban convirtiéndose en profecías que se vuelven reales (Watzlawick, 1981 citado por Angeli, 2014), de un extremo terminaba llegando al opuesto: comer todo lo que se había restringido. “Cuando estoy juiciosa logro mantenerme en mi peso y en la manera como estoy comiendo. Pero en algún momento algo me antoja demasiado y ya no me puedo controlar más. Y lo grave es que no me como un chocolate, no, me puedo llegar a comer 17 chocolates de una sentada. Entonces como ahí ya rompí la dieta, pues ya no me importa y empiezo a comerme todo lo que no me había comido y vuelvo a engordarme. En cualquier caso, vivo con una ansiedad constante”.

 

Toda restricción lleva detrás una trasgresión más grande (Nardone, 2009) por lo que es imposible mantener una restricción durante tanto tiempo. Es así como la restricción termina llevando a la trasgresión y es por eso que las dietas, con el tiempo, no funcionan porque en algún momento vence el placer sobre el deber ser. Era ese el momento al que Antonia más le temía y no se daba cuenta que sus restricciones eran las que más vulnerable la hacían a perder el control. Y en esa pérdida de control, no solamente odiaba su cuerpo sino que además, se odiaba a sí misma. Y el castigo por ello era comer en exceso por no haber sido capaz de mantener la dieta.

 

Empezar a pensar en que contrario a lo que había hecho siempre, ahora Antonia iba a empezar a comer por placer en cada una de las comidas generó un shock inicial fuerte, casi una resistencia que le costó varias sesiones vencer. Temía que al comer lo que quisiera no fuera capaz de llegar a controlarse y que terminara volviéndose una persona obesa. “Es que tu no sabes lo que yo puedo comer, yo puedo comer como un man, sin parar, lo que pasa es que no lo hago porque me da pena”. Sin embargo, poco a poco Antonia se fue permitiendo lo que los terapeutas Estratégicos llamamos un pequeño desorden dentro del orden (Nardone, 2008), es decir, una pequeña trasgresión diaria dentro de su rígida creencia por la que sólo podía comer ciertos alimentos y sólo a ciertas horas: algo de dulce, un poco de arroz, una cucharada de algún postre. Como cualquier cambio, generaba ansiedad porque iba en contra de todo lo que ella siempre había creído: “Me lo como y pierdo el control”. Pero en la medida que lo fue haciendo de manera más frecuente Antonia se fue dando cuenta que no solamente no perdía el control sino que además ya no tenía en la cabeza diariamente una obsesión por todo lo que no se había comido. Ya no sentía un antojo constante porque se lo había concedido y la única manera de ser capaz de renunciar al placer es sucumbiendo ante él (Nardone, 2009). En otras palabras solamente podemos saber cómo recuperar el control si lo hemos perdido pero si nunca nos permitimos una pequeña pérdida de control, se vuelve casi imposible lograr recuperarlo.

 

“Finalmente me estoy enamorando de mi cuerpo”, me dijo Antonia la última vez que la vi. Y lo que más sorprendida la tenía era que no estaba en su “peso ideal”, que no era esa Antonia extremadamente delgada y por el contrario, había empezado a valorar, apreciar y querer su cuerpo como es: “Yo soy de hueso grande luego mi contextura es grande. Mi cadera es grande, no hay nada que hacer. Pero ya no me importa, ya me he puesto vestidos para ir a matrimonios y hasta un vestido de baño y no solamente no me morí sino que además estuve fresca. Quién iba a pensar hace ocho meses que yo iba a ser capaz de lograr esto”.

 

Trabajar en su alimentación fue como abrir una caja de pandora: se puso en evidencia una fuerte dificultad que tenía Antonia en relacionarse consigo misma, en reconocer que podía sentir, que podía ser vulnerable, en palabras de Tal Ben-Sahar (2010) en darse permiso de ser humana. Y hacerlo, contrario a lo que pensó, le ha traído cada vez más seguridad en sí misma, en sus capacidades y a su vez, en una mayor seguridad al momento de relacionarse con el sexo opuesto, gracias a lo cual hoy en día tiene una pareja estable con quien está construyendo la relación que siempre había querido.

 

Los cánones de belleza sociales siguen siendo los mismos y el cuerpo de Antonia también, pues ella misma dice que no está tan delgada como en muchos otros momentos de su vida logró estarlo. La diferencia entre esas ocasiones y el momento presente es que lo que ha cambiado es su percepción, la percepción que tiene de su cuerpo y de lo que para ella es la belleza dándose cuenta que lo importante, más allá de lo “gorda o flaca” que esté, es lo cómoda que ella se sienta consigo misma. Y esa comodidad ha dejado de estar directamente relacionada con el peso y ha empezado a estar más relacionada con su tranquilidad, con hacer y disfrutar el deporte, el cuidado personal y sobre todo, el manejo de sus sentimientos. Antonia reconoce que todavía tiene momentos en los que “me cuido”, pero la mayor parte del tiempo sus menús y sus comidas se basan en el deseo, en el placer que le genera la comida y no en la restricción mental de lo que se puede y lo que no se puede comer. Una vez más es concediéndose el placer que ha podido renunciar a él (Nardone, 2009).

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante.

A mayor conocimiento, mayor egoísmo.

Hace un par de meses terminamos con mi esposo un curso en Psicología Positiva. A nivel de conocimiento, fue fascinante y muy interesante, además de útil para el campo profesional de cada uno. Pero lo que para mí fue más interesante y admirable fue la generosidad de todo el equipo de profesores, en especial, de quien ha contribuido a consolidar este modelo: Tal Ben-Sahar.

Tal Ben-Sahar es un psicólogo que se ha dedicado a estudiar la felicidad; a investigar qué es lo que influye en que las personas construyan vidas más felices a pesar de las vivencias dolorosas y difíciles que todos los seres humanos deben enfrentar como parte del curso natural de la vida. De la mano de otros psicólogos y científicos, Tal Ben-Sahar ha descubierto estrategias y herramientas prácticas que las personas pueden utilizar para construir hábitos que los ayuden a ser más felices. Eso es lo que él comparte a través de sus cursos y de sus libros que han sido publicados y traducidos a muchos idiomas y en muchos países del mundo. Y  fue justamente la generosidad de este hombre con su conocimiento lo que más me sorprendió, porque es todo lo contrario a lo que he visto en el campo académico en el que el común denominador es el contrario: un profundo egoísmo y una gran envidia por el conocimiento que tienen los demás.

Cada vez con más frecuencia veo en el consultorio adolescentes y adultos que sufren enormemente por la competencia y el egoísmo que se da por el conocimiento. Hace unas semanas llegó al consultorio un estudiante de una prestigiosa universidad que está terminando la carrera. Un joven brillante que a pesar de varias dificultades ha sacado adelante una carrera muy exigente obteniendo maravillosos resultados. Sin embargo, llegó remitido por el médico a raíz de unos ataques de ansiedad que no tenían ningún sustento físico pues después de haber pasado por urgencias hospitalarias varias veces y de haberse hecho una enorme cantidad de chequeos, el médico concluyó que su problema era emocional y no físico. “Yo en el colegio siempre fui pilo, pero nunca había tenido que estudiar tanto como en la universidad y sobre todo, nunca había sentido tanta presión. Los profesores todo el tiempo nos decían que estábamos en un semestre de prueba y que sólo iban a pasar los mejores, los más inteligentes porque “el mundo laboral no necesita brutos”. Así nos decían. Desde ahí empecé a sentir mucha ansiedad pero no me atrevía a decir nada porque sentía que estaba pasando lo que me decían los profesores: que era un bruto. ¿Cómo no iba a poder con lo que nos estaban pidiendo si hasta ahora era el primer semestre?” 

 

A pesar de esas dificultades, Federico[1] nunca quiso compartir con nadie lo que estaba sintiendo porque se avergonzaba de “ser débil”, como él mismo lo definía. Veía a sus compañeros como personas fuertes, capaces, competitivas y a veces los veía incluso envidiosos y egoístas entre ellos. “Los que saben, no quieren compartir su conocimiento porque como todo el tiempo lo que se fomenta es una competencia para que alguno sea el mejor, obviamente nadie quiere compartir lo que sabe. Eso es horrible porque al final, no es sólo la presión de los profesores sino que además no puedo compartir nada de lo que siento con ninguno de mis compañeros”.

Como consecuencia de todo lo anterior, en el segundo semestre del 2015 Federico empezó a presentar lo que él mismo definió como crisis de angustia. Se levantaba sudando en las noches, tenía pesadillas antes de tener parciales e incluso antes de presentarlos, le sudaban las manos y llegaba a sentir mareo y náuseas. Pero ni siquiera con sus padres quería compartirlo porque no quería desilusionarlos ya que sabía el esfuerzo que ellos tenían que hacer para pagar la universidad. Como consecuencia tenía también sobre sí una presión propia de no fallarle a su familia. El problema fue que un día, previo a entrar a un examen, ya no pudo controlar sus síntomas físicos con lo cual llegó a tener un ataque de pánico: “Sentí que me iba a morir: me empezaron a sudar las manos más de lo normal, me dolía el estómago y cuando sentí que me iba a vomitar, se me voltearon las manos y ahí ya pensé que me había dado un infarto. Se enteró todo el mundo y por eso terminé en el médico”.

Federico ha trabajado sus síntomas físicos logrando superar los ataques de pánico. Sin embargo, lo que queda aun es un dolor y una inconformidad al ver que lo que promueven los profesores y en general el sistema educativo es una constante competencia entre los estudiantes. Que los profesores pueden llegar a decirles a los estudiantes que son estúpidos, poco inteligentes, incapaces y que incluso llegan a ponerlos en ridículo entre ellos cuando alguno obtiene una calificación que no es buena. Asimismo ve que entre los profesores hay una constante competencia, que incluso entre ellos se maltratan y compiten permanentemente por ser el profesor que más publicaciones tiene, que más ha leído, el que más sabe. Este ambiente y estas exigencias no permiten que se genere un trabajo en equipo: ni entre los alumnos ni entre los profesores, porque lo que importa es sobresalir de manera individual. “Yo veo que muchos de mis compañeros copian mucho y no los juzgo porque claro, al momento de aplicar a una beca, ninguna universidad va a mirar cuál ha sido el proceso de cada estudiante ni tampoco lo que ha estudiado. Lo que ven son las notas. Y lo que más me preocupa de eso es que yo he empezado a caer en ser competitivo, me he vuelto egoísta con mi conocimiento y aunque nunca me he copiado, porque de verdad nunca lo he hecho, hay momentos en que sí he empezado a pensarlo. Y no quiero ser así”.

Pensar en cambiar un sistema educativo que funciona así hace tanto tiempo y que además se refuerza diariamente por la manera como funciona el mundo, un mundo en el que uno de los ‘valores’ más importantes es ser competitivo y alcanzar objetivos sin importar el camino, en el que el fin justifica los medios, es una tarea casi imposible. Una tarea que se puede volver muy frustrante y dolorosa, como le ha pasado a Federico, quien por momentos ha llegado a cuestionarse si tal vez lo mejor sería volverse como la mayoría de sus compañeros: mal tratante, competitivo y egoísta con su conocimiento. Ese siempre es un camino que se puede tomar.

El otro camino, que también es posible escoger, es el que ha recorrido Tal Ben-Sahar, a quien le interesa que la mayor cantidad de personas se puedan beneficiar y aprender de lo que él sabe, para quien el conocimiento no solamente no es único y propio, sino que además es aun más útil cuando se comparte porque es así que se logran beneficiar la mayor cantidad de personas. Es desde esa perspectiva desde la cual Tal Ben-Sahar ha llegado a ser un hombre exitoso, por cuanto ha publicado varios libros traducidos a varios idiomas, fue uno de los profesores más reconocidos y con la mayor cantidad de estudiantes asistentes de la universidad de Harvard, creó un centro desde el cual se dictan cursos y seminarios para personas interesadas en mejorar como seres humanos. De allí que el único requisito de aceptación es saber hablar inglés y tener interés por trabajar en sí mismos. Tiene además una familia conformada por su esposa y tres hijos quienes lo acompañan en la medida de lo posible a los viajes que tiene que hacer y son su principal prioridad. Ben-Sahar pasó por ser un hombre competitivo, cayó en la trampa de pensar que para poder ser feliz, tenía que ser el mejor en todo. Hasta que perdió un torneo mundial de squash por el que se había esforzado y preparado durante meses y fue justamente ahí, cuando supuestamente había fracasado, cuando finalmente empezó a replantearse su vida y lo que aparentemente lo hacía feliz. Y gracias a eso hoy en día es una de las personas más felices del mundo sin querer decir que no enfrenta dificultades ni problemas porque como él mismo lo dice, ser el hombre más feliz del mundo no es sinónimo de no tener problemas, sino de saber cómo resolverlos para poder superarlos.

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

“Tengo que trabajar”

Hace un par de meses estuve en la conferencia de un Maestro espiritual que no conocía pero del que había oído hablar bastante. Por lo mismo iba un poco a ciegas. Sin embargo, mi esposo me había insistido tanto que era un hombre maravilloso y que el tema iba a ser muy interesante así que finalmente decidí asistir.

 

Cuando habían pasado aproximadamente 20 minutos empecé a desesperarme porque no entendía nada de lo que el Maestro estaba diciendo. Era como si me hubiera sentado frente a un conferencista árabe, japonés o chino al que veía gesticular, decir palabras y emitir sonidos pero del contenido no entendía una sola palabra.  Empecé a impacientarme e incluso a ponerme brava con mi esposo. Aunque no le decía nada, por mi cabeza pasaban todo tipo de reclamos y preguntas: “Es sábado, ¿para qué me trajo a esto?”;“Podría estar aprovechando el tiempo y adelantando otras cosas que tengo pendientes; podría estar leyendo, pasando tiempo con mi perro, descansando, etc.”. Tantas cosas en las que, según mi mente, podría estar ‘aprovechando’ el tiempo en vez de estarlo ‘perdiendo’.

 

Después de esos 20 minutos de pensamientos negativos y reclamos internos, mi desespero llegó a tal punto que pensé en salirme. Pero en ese momento caí en cuenta que tenía dos opciones: seguir mirando el reloj cada cinco minutos –como ya lo estaba haciendo- esperando a que se acabara la conferencia para salir furiosa y decirle a mi esposo que había sido una perdedera de tiempo, o intentar escuchar y sacarle provecho a este gran hombre que estaba frente a mi y al que probablemente no le estaba entendiendo por mi actitud. Me costó trabajo pero finalmente decidí optar por la segunda opción. Me quedé las siguientes dos horas escuchando atentamente lo que decía y acabé dándome cuenta que me había equivocado: no sólo en mi actitud, sino sobre todo en lo que han sido las prioridades en mi vida durante mucho tiempo.

 

El mensaje principal que quería transmitir este Maestro es que el mundo que hemos construido los seres humanos nos ha llevado a desviarnos del trabajo verdaderamente importante que todos debemos hacer: el trabajo con nosotros mismos. “Tengo que trabajar” se ha convertido en la frase perfecta para no tener que confrontarnos y hacer esa labor de descubrir quiénes somos, para qué vivimos, cuál es el sentido de la vida de cada uno, cuáles son los aprendizajes importantes que nos da la Vida a diario, Y todo eso solamente lo podemos descubrir en silencio, aprendiendo a estar con nosotros mismos sin estar 24/7 pendientes del celular, de la televisión, de las noticias, de las redes sociales o de cualquier otra cosa que nos distraiga de tener al menos 15 minutos diarios para estar en silencio y así empezar a perdernos el miedo. Porque al final, tanto a través del trabajo profesional con mis pacientes como en el que hago conmigo misma, he descubierto que el mayor miedo de estar solos y en silencio es el miedo a nosotros mismos. Es como un temor a confrontar nuestras ideas, la vida que hemos construido, el pasado y el futuro. De ahí que el trabajo como ocupación se ha convertido en la mejor manera de escapar de nosotros mismos. Y además como socialmente es aceptado y se venera a quien tiene trabajo y es muy ocupado, esta actividad jamás de cuestiona.

 

Lo que me impactó tanto de esta conferencia fue darme cuenta que yo también he caído en ese autoengaño y aunque soy absolutamente afortunada porque me fascina y adoro lo que hago diariamente, he olvidado que es una prioridad el trabajo sobre mi misma porque “tengo que trabajar”.

 

Empezar a generar cambios en mis rutinas para tener un poco más de tiempo para meditar y estar en silencio ha sido uno de los trabajos más difíciles que he hecho porque no me había dado cuenta que yo también llevo años escudándome en que “tengo que trabajar”. Tengo que levantarme temprano para hacer deporte, salir a trabajar, estoy trabajando de 7am o de 8am a 8pm, termino el día agotada, llego a mi casa, comparto la comida con mi esposo y me acuesto porque mañana, “tengo que trabajar”. Los fines de semana intento no trabajar demasiado para poder estar con mi familia y aunque he mejorado, tampoco encuentro el tiempo para sentarme al menos diez minutos diarios y quedarme en silencio sin celular, sin televisión, sin música, sin nada. Y cuando los encuentro, hay algo que tengo que hacer antes, que puede no ser trabajo formal, pero por lo general es algo aparentemente más importante que estar al menos diez minutos en silencio conmigo misma.

 

Reconocerme a mi misma que me he huido con tanta frecuencia no ha sido fácil. De hecho, en varios momentos lo sigo haciendo; sigo poniendo algo más por encima de mi trabajo espiritual porque me doy cuenta que estar 15 minutos en silencio externo es inmediatamente subirle el volumen a mi mente para que saque todos mis miedos, mis preocupaciones, mis angustias, mis pensamientos. Y claro, es más fácil –no por eso más sano-, prender la televisión, ver un video en youtube, leer un libro, salir de mi casa, estar en actividades sociales, revisar el correo electrónico, etc., que hacer el esfuerzo de quedarme ahí en “silencio” y empezar a darle la cara a mis fantasmas para que ellos dejen de perseguirme.

 

Me falta mucho trabajo en este campo. Sin embargo, lo poco que llevo intentando tener esos espacios de silencio conmigo misma han sido fascinantes. He confirmado y comprobado lo que varias veces le oí decir a Giorgio Nardone, y es que con muy poco se puede lograr mucho. Hay días en que logro estar ahí y ver los pensamientos, las angustias, los miedos, las preocupaciones pasar como quien ve pasar la escena de una película: ocurre, la veo, pero no me involucro en ella. Hay otros días en que cinco minutos son una eternidad y no logro distanciarme de mis angustias y preocupaciones. Por el contrario, me dejo llevar por ellas de manera que esos diez minutos de paz se convierten en diez minutos de tortura. Pero valen la pena porque poco a poco voy viendo que sólo yo, sin combatir, puedo vencer a mi mente y aprender a amaestrar a ese tigre interno que vive en cada uno de nosotros y que en el momento en el que logramos ponerlo en silencio, no sólo deja de ser nuestro peor enemigo sino que además, se convierte en nuestro mejor aliado.

 

Dejar de trabajar, de salir, de tener amigos y hacer planes, de ver televisión, de salir a bailar, en resumen, de distraerse, no es adaptativo sobre todo para quienes no somos monjes ni santos. Pero dedicar la vida a distraerse es como dejar pendiente una tarea: se convierte en una fuente de ansiedad infinita que paradójicamente se alimenta a fuerza de seguir distrayéndonos. Por eso la mejor manera de interrumpir ese círculo vicioso es empezar por estar con nosotros mismos al menos un minuto diario. Así poco a poco puede ir aumentando de un minuto a dos, de dos a tres, de tres a cinco y así sucesivamente hasta que dentro de nuestra rutina diaria podamos introducir el trabajo verdaderamente importante: el de nosotros con nosotros mismos.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

 

 

“No es fácil dejar de ser una prostituta relacional”

“No es fácil dejar de ser una prostituta relacional”[1]

 

“La que yo defino como <<prostituta relacional>> es una persona que al apoyar continuamente a los demás cree que obtiene con mucha más facilidad su aprobación, es decir, piensa en salir después para llegar antes. El problema, en este caso, es que el guión siempre dice que sí se estructura, y una vez estructurado y manifestado a los demás, es fácil quedar cogido por el temor a poderse mostrar de manera distinta; al punto que la persona queda prisionera del rol que se ha construido; por lo tanto, en realidad, sale después pero no llega” (Balbi & Nardone, 2008).

La tendencia a decir que sí a todo se presenta principalmente en la adolescencia, porque es la etapa de la vida en que se empiezan a decidir los gustos, intereses y preferencias sobre cosas tan sencillas como qué comer, hasta cosas más complejas como cuál es su grupo de amigos y cuáles son las preferencias sexuales. Por lo mismo, es una etapa en que la presión de los pares, padres, profesores, y en general del medio que los rodea, es muy fuerte. De ahí la necesidad de querer complacer a todo el mundo, de no querer quedar mal con nadie por miedo a ser rechazado, a no pertenecer a un grupo, a no encajar dentro del modelo que la sociedad define. La paradoja es que justamente el miedo a ser rechazado y a pelear con los demás termina llevando a que ese escenario –el rechazo de los demás-, se vuelva real, porque quedar bien con todo el mundo es imposible. Y llega un momento en el que por darle gusto a las personas alrededor, nos olvidamos de nosotros mismos y es ese el problema más grave.

“Es increíble que a mis 28 años esté como hace 10 años: hago todo por los demás, siempre quiero caer bien, quedar bien; soy la que siempre tiene buena cara, la que pone el carro, la casa para la fiesta, todo siempre lo hago yo. Y todo lo hago por los demás, porque al final no quiero pelear con nadie. Pero estoy mamada, ¡quiero mandar todo para la m*…!”.

Después de haber cerrado un primer proceso terapéutico, Antonia[2] me volvió a buscar a raíz de unos episodios de ataques de pánico que se presentaron cuando empezó a acercarse la fecha de su regreso a Colombia. Llevaba dos años estudiando y trabajando fuera del país tiempo durante el cual había empezado a notar muchos cambios positivos en ella: “Empecé a cuidar mi alimentación, pero no por lo típico que uno hace con las amigas de estar flaca sino porque me di cuenta de lo bien que me siento cuando como sano. Me pasó lo mismo con el ejercicio: aquí la gente sale a trotar porque lo disfrutan, y si obvio, por estar bien físicamente. Pero es otra actitud. Ahora salgo cuatro veces por semana a hacer deporte cuando estando en mi casa no salía ni una! Pero lo que me tiene más angustiada es el tema del trago porque me di cuenta que es lo que más daño me ha hecho. Yo siempre tomaba por quedar bien con la gente, porque en Bogotá el que no toma es un idiota, una persona aburrida. Ahora que vivo fuera de Bogotá he descubierto que puedo salir sin tomar y que soy aun más chévere que cuando tomo. Igual me quedo hasta las 7am con todo el mundo habiéndome tomado máximo una cerveza o un vino. Y quiero seguir así. Pero cuando hablo con mis amigos todos empiezan a hablarme de las fiestas que nos vamos a meter, del trago que vamos a tomar, de los planes que vamos a hacer. Y yo sé cuáles son esos planes y ya no quiero, de verdad que ya no me nace. Pero no sé cómo decir que no”.

Este miedo se puso en evidencia después de haber superado los ataques de pánico. En ese momento Antonia empezó a ser consciente de cual era su problema real: no recordaba la última vez que había sido ella misma. En su afán por evitar el conflicto, por no caer mal, por siempre tener amigos, por ser “la bacana del parche”, como ella misma lo definía, con el tiempo se había olvidado completamente de quién era ella. Pero al salir de su entorno y vivir en otro país empezó a reencontrar las cosas que le gustaba hacer y más que eso, las que no. Como llegó allá siendo simplemente una colombiana más, pudo construir su identidad como ella realmente la quería. Y se dio cuenta, no sólo que las personas que iba conociendo la aceptaban, la querían y hasta la admiraban por su manera de ser, sino que además empezó a vivir una vida mucho más tranquila. Una vida en la que no tenía que pensar dos veces antes de hablar o de actuar porque ya no tenía que estarle dando gusto a todos sus amigos, como lo hacía siempre que estaba en Bogotá. Ahora podía ser ella, con ‘lo bueno y lo malo’ porque nadie estaba esperando que fuera diferente.

Fue cuando le mencioné que era una prostituta relacional. Y contrario a sorprenderse o a sentirse mal se limitó a decir que era la mejor definición. Darse cuenta que desde la adolescencia había construido el patrón de ser una prostituta relacional le generaba angustia porque no sabía cómo comportarse de otra manera dentro de su círculo de amigos. Y regresar a Colombia justamente la estaba enfrentando con el miedo de no ser capaz de mantenerse siendo ella misma porque aunque se sentía feliz y tranquila, no dejaba de sentir angustia de pensar que sus amigos no aceptaran su “nueva versión”.

Por todo lo anterior, el primer trabajo después de superar los ataques de pánico fue empezar a enfrentar ese miedo. Diariamente debía pensar en el peor escenario al que se tendría que enfrentar si llegaba a su cuidad de origen y en vez de ser la ‘Antonia de siempre’,  se comportaba como la ‘Antonia real’ (como ella misma se puso). Al inicio los miedos eran bastantes, pero a fuerza de enfrentarlos fue viendo que a lo que tenía que temer no era al rechazo de los demás, sino al riesgo de volver a perderse a sí misma. así superó esa primera fase de los miedos. El siguiente paso fue empezar a usar la estrategia del ‘pequeño no’ (Nardone & Balbi, 2008). Consistía en que cada vez que hablara con alguno de sus amigos colombianos, debía poner un límite, un pequeño no. Y aunque inicialmente sentía algo de angustia, a medida que lo fue practicado lo fue volviendo un hábito. Y los hábitos son cosas que creamos nosotros y después, nos crean a nosotros (Ben-Sahar, 2016). De manera que romper el hábito de ser siempre la disponible ha sido un trabajo, aunque exigente, aun más gratificante.

Ahora está enfrentando una prueba más fuerte: viajar con las amigas que van a visitarla antes de su regreso. Por momentos, como es natural, siente angustia de pensarlo. Para eso, está usando su estrategia de la ‘peor fantasía’, (Nardone, 1993) de tal manera que los miedos imaginarios los está depurando. Y en términos prácticos, ha empezado a ponerles límites a ellas utilizando la estrategia del ‘pequeño no’ a distancia. “Me han dicho que me he vuelto como aburrida, que ya no me sienten tan animada como siempre cuando proponían planes. Obvio, los planes son siempre irnos de fiesta y emborracharnos y sinceramente, me muero de la mamera. Hasta me han dicho que me he vuelto una ñoña, y la verdad es que no me ha afectado tanto como pensé. Decidí que lo voy a enfrentar cuando ya estén aquí y estoy mucho más tranquila. Es que no es fácil dejar de ser una prostituta relacional”.

Poner límites es difícil porque en general en Colombia decir que no se asocia con antipatía. Se tiende a pensar que quien dice que no, no es tan buena amiga, no está tan pendiente, no es tan dedicada, etc. Y el miedo adolescente de no caer bien y de no tener problemas con otros es un miedo que compartimos todos independientemente de la edad o el momento de vida en el que estemos. El problema de no saber poner límites y de no poder decir que no, es que la persona que no lo hace tarde o temprano sufre enormemente porque acaba dándose cuenta que no sólo se perdió a sí misma, sino que tener contento a todo el mundo a su alrededor no es sostenible. Por fortuna, nunca es tarde para tener una adolescencia feliz (Nardone, 2013) y un “pequeño no” diario no sólo es necesario, es sano porque los límites los necesitamos todos.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta

 

[1] Término creado por Giorgio Nardone y tomado del libro “Surcar el mar sin que el cielo lo sepa”, Balbi & Nardone (2008). Pág. 151.

[2] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante.

Si la situación se repite, no hemos aprendido la lección.

“Es típico que me pasa a mí”, “A mí siempre me pasa lo mismo”, “He identificado un patrón en mi”, “La historia se vuelve a repetir”. Son algunas de las frases que con frecuencia repiten muchos de mis pacientes cuando empiezan a contarme cuál es el problema que los llevó a buscar ayuda profesional: ‘Siempre me pasa lo mismo’, es la conclusión general.

 

Preguntarse ‘por qué’ no solamente no da una respuesta sino que además tiende a generar en las personas ansiedad, angustia, desasosiego e incluso rabia. Como bien decía Kant, los problemas no derivan de las respuestas que nos damos sino de las preguntas que nos hacemos. Es por eso que las preguntas del por qué no solamente no tienen respuesta, sino que además de generar un profundo sufrimiento, la posibilidad de encontrar una solución por esta vía de cuestionar lo que ya pasó, generalmente aumenta el problema.

 

Hace unos meses llegó al consultorio un joven muy inteligente y capaz, que a pesar de sus habilidades y cualidades, cargaba un ‘sinsabor’ –como él mismo lo definía- porque “siempre me pasa lo mismo”. Y al decir eso se refería a que siempre que quería tomar un curso, una clase, un seminario o algún otro tipo de actividad que le llamaba la atención, se repetía el mismo patrón: no salían las cosas como él esperaba.

 

“Te voy a dar un par de ejemplos para que me entiendas porque te juro que ya hasta me da risa. Estando en la universidad, quería tomar un curso de fotografía con uno profesor increíble que traían de otra universidad. Inscribí la materia, ya estaba todo listo, y a última hora cancelaron la clase porque el profesor no pudo viajar. Después, había una materia que era un coco en la universidad y todo el mundo decía que lo mejor era meterla con el otro profesor. Me esperé dos semestres para meterla con ese, la metí y a última hora no sé qué problema hubo y quedé con el profesor que era el coco. Ahora, me quiero ir a estudiar a Francia entonces me metí a hacer unos cursos de francés. Había dos opciones de horario: una con un profesor que es francés y otra con un colombiano que habla francés. Me dijeron cuáles eran los horarios y obviamente escogí con el profesor francés. Llegué el día de la clase y se les había olvidado avisarme que la habían tenido que cambiar porque el francés no podía dictarla temprano en la mañana. Entonces quedé con el colombiano y no es por ser mala persona pero la clase es pésima”.

 

Fue esa última situación de las clases de francés la que lo llevó a buscar ayuda: “No es por la clases de francés, es que esta situación me hizo ver que siempre me pasa lo mismo: siempre que quiero hacer algo que me gusta, las cosas no salen. O salen mal. Y si siempre es así creo que de pronto el problema puede ser mío, lo que pasa es que no sé qué hacer”.

 

De manera que empezamos a trabajar en cómo era que había construido ese patrón y se puso en evidencia que su problema era la resignación. Ante cualquiera de las dificultades que se le presentaba, Andrés[1] se resignaba y esperaba a que se presentara otra situación en la que las cosas sí salieran como él esperaba. Pero “sorpresivamente”, la siguiente situación era igual a la anterior y así sucesivamente se repetían los mismos escenarios una y otra vez hasta que él finalmente empezó a pensar que tal vez era él quien tenía el problema y el problema no estaba en las situaciones que se le iban presentando. “Hay algo que yo no estoy haciendo bien, lo que pasa es que no sé qué es”.

 

El problema de Andrés era que ante cualquier situación que no salía como él esperaba, se resignaba, es decir, no hacía nada. Dejaba que la situación pasara porque sentía miedo de enfrentar, de exigir, de tener un conflicto. Como consecuencia, la vida le pasaba por junto y él simplemente estaba esperando a que finalmente por algún milagro, las cosas empezaran a salir como él quería. Ese esa su patrón, su solución intentada disfuncional (Nardone & Watzlawick, 1997): resignarse ante lo que él sentía que no podía cambiar. Pero como bien dijo Alexander Huxley, la realidad no es lo que nos ocurre sino lo que hacemos con lo que nos ocurre.

 

Después de darse cuenta de este patrón, Andrés empezó a identificar situaciones puntuales en las que una vez más, se estaba resignando a aceptar lo que la Vida le ponía. Y al identificarlas empezó a introducir pequeños cambios. El primero de ellos fue ir a hablar con el coordinador de las clases de francés para pedirle que lo cambiara de grupo. Tuvo que esperar dos semanas hasta que se acabara el primer ciclo y después de eso, lo cambiaron. La sensación de fortaleza que ese primer cambio generó en Andrés desencadenó lo que en Estratégica llamamos un efecto avalancha (Balbi & Nardone, 2008). Él pudo empezar a identificar cada vez con mayor facilidad las situaciones en las que su primera tendencia era resignarse y acto seguido, hacía algo de manera consciente para intentar cambiar lo que no le gustaba. Y aunque esto no garantizara que obtuviera el resultado que esperaba, empezó a entender que lo importante no es el resultado, sino el esfuerzo que hacemos para lograrlo, porque es lo único que está en nuestras manos.

 

Estudiar para un examen no garantiza que lo vayamos a pasar. Pero cuando se pierde el mismo examen una y mil veces el problema no es del examen, sino por ejemplo de la técnica de estudio. Y si bien es cierto que muchas cosas en la vida nos pasan y no las escogemos, también es cierto que podemos escoger cómo enfrentarlas y manejarlas. Un patrón que se repite no es otra cosa que una señal de que lo que estamos haciendo no está funcionando. Y también en ese caso podemos verlo como algo negativo o por el contrario, como la mejor señal para darnos cuenta que es momento de empezar a introducir cambios. Y como le ocurrió a Andrés, muchas veces basta muy poco para generar mucho. Lo importante es identificar el punto sobre el cual debemos hacer la fuerza para desencadenar una avalancha. Y así, lograr que el cambio no sólo sea necesario, sino inevitable.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre dado al consultante para proteger su identidad