«No olvidar el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objetivo»: Una lección acerca de Los Retos, Las Frustraciones y El Éxito

Todas las monedas tienen dos caras, nos repetía Nardone con frecuencia. Obvio? Si. Sin embargo en la práctica no es tan obvio. Antonia es la clara muestra de esto porque por un lado es una mujer brillante, muy capaz y muy sensible. Pero por otro, esa sensibilidad en ocasiones le juega en contra generándole un profundo sufrimiento.
En este artículo Antonia logra plasmar las dos caras de su moneda: por un lado, su inteligencia racional, su determinación mental, su inteligencia. Y por otro, esa sensibilidad que le permite reconocerse a sí misma como una persona vulnerable y enfrentarse con sus mayores miedos siendo capaz de superarlos.
Gracias infinitas Antonia: por tu valentía y por tu generosidad en compartir este maravilloso testimonio en el que se pone en evidencia lo difícil e incluso injusto que es la competencia en el mundo.

«No olvidar el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objetivo»: Una lección acerca de Los Retos, Las Frustraciones y El Éxito

Hace un año estaba en el exterior estudiando para un examen que en mi vida representaba el más grande reto profesional. La etapa de estudio duraba tres meses, en los cuales debía estudiar 12 horas al día en promedio (sábados y domingos incluidos).

Poco antes de empezar el programa, mi hermana llegaba a visitarme por unos días, justo después de haber recorrido el Camino de Santiago de Compostela. Llego hermosa, con los ojos sonrientes y la mirada de los que recurrentemente conversan con Dios. Traía con ella una maleta ligera, la misma que cargo durante todo recorrido, y una decena de experiencias, anécdotas, y nuevos amigos. A lo largo del camino había conocido personas provenientes de Brasil, Italia, Noruega, Argentina; cada uno con su propia historia, con su propio recorrido, su propio Camino. Como todos hablaban idiomas distintos, aprendió a comunicarse a través de las señas, a componer canciones en más de cinco idiomas, y a oír con el corazón.

Con la emoción de volver a vernos, nos sentamos en mi cocina a conversar. Y entonces, mientras yo me quejaba de los mucho que iba a tener que estudiar en los próximos meses, y de lo largo que era todo el proceso, pues los resultados del examen no los publicaban sino hasta 4 meses después presentarlo, Ella, con esa sabiduría inquieta y la tranquilidad que su voz representa en mi vida, me conto que justo antes de llegar a la mitad de El Camino aprendió el significado de una frase corta y verdaderamente valiosa:

No olvides el propósito, por intentar conseguir el resultado: el camino es tu objectivo” – me dijo sonriendo. – «Como!!??” – le pregunté sorprendida. – “Acaso no es lo mismo el propósito que el resultado?”. Y Ella, con su voz calmada, me explicó pacientemente: “No, el resultado es aquello que quieres conseguir, el propósito es la razón por la cual lo estás haciendo”.

 

Muy a pesar de su explicación, yo seguía algo confundida, pues siempre he tenido una mentalidad enfocada al resultado: lograr, lograr, lograr, cumplir, cumplir, cumplir.

 

Y así continuo Ella explicándome:

 

«Cuando yo inicié el Camino de Santiago, un camino de 800 kilómetros que me propuse recorrer en un mes, empecé con el afán característico de quién inicia un proyecto emocionante con el que quiere algo concreto: mi meta, después de 31 días en los que debía caminar 20 millas en promedio para atravesar España a pie, era llegar a ‘Santiago de Compostela’, un pequeño pueblo al noroccidente del país, donde culminaba El Camino”.

 

Con esa meta en mente, empezaron mis primeros días del recorrido: caminando tan rápido como fuera posible, para llegar cada noche a un nuevo hostal, quitarme las botas y decirme a mí misma antes de caer profunda sobre la almohada: «Listo, un día menos, cada vez más cerca de la meta«.

 

Algunos días me entraba mucho afán, quería llegar a Santiago de Compostela cuanto antes y no caminar más, quería ansiosamente vivir aquello que los demás peregrinos (como le llaman a los caminantes) describían como una experiencia ‘subliminal, profunda, liberadora, íntima y estremecedora’”. “Y así, día tras días, seguí caminando apresuradamente, pensando constantemente en aquel día en que llegaría finalmente a Santiago….cuando depronto, un día caluroso, en medio de los paisajes de Navarra, me desespere momentáneamente: estaba cansada de caminar, y de ver que aún me quedaban dos tercios de El Camino. Con un calor que me ahogaba y en medio de la desesperación, me senté a una orilla de El Camino a pensar y a reflexionar sobre el por qué estaba haciendo todo esto; “por qué había iniciado El Camino? Por qué había planeado durante meses este momento que tanto trabajo me estaba costando?”. “Por que tenía tanto afán de llegar?”. “Y justo ahí, bajo un sol ardiente y acompañada por los sonidos del viento, entendí que me estaba olvidando del propósito, por intentar alcanzar el resultado.

 

Ese día, mi hermana recordó que el propósito de El Camino era hacer el camino en sí, y no llegar al lugar de destino. La experiencia «subliminal, profunda, liberadora, íntima y estremecedora» de la que hablaban los demás peregrinos era recorrer el camino en sí, y no la llegada a Santiago, que simplemente representaba la culminación de todo el recorrido. Así, ella entendió que, si se enfocaba únicamente en el lugar del destino, en ese día en el que podemos decir «listo, terminé, lo logré«, se olvidaba del camino como tal, que era dónde estaba su propósito. Y así como le paso a mi hermana en esa primera etapa de El Camino, nos pasa a todos constantemente con la vida misma: perdemos el foco de nuestro propósito (que no es otro sino disfrutar el recorrido) por intentar conseguir una infinidad de resultados que no deberían representar más que la culminación de los procesos: graduarnos del colegio, graduarnos de la universidad, conseguir el empleo de nuestros sueños, esperar a la época de las vacaciones, casarnos, ahorrar para el viaje, bajar 5 kilos, tener los hijos, criar los hijos, APROBAR EL EXAMEN!

 

Para ser sincera, el verdadero sentido de la historia no lo entendí ese día mientras conversábamos en la cocina, sino algo después, cuando llegaron los resultados del examen y para mi gran sorpresa lo había reprobado. Me faltaron 2 puntos sobre 400 que se exigían para aprobarlo. Lloré por dos días enteros, pensando que era el más grande fracaso de mi vida, que al final no era tan inteligente como mis amigos que si lo habían aprobado, y me lamentaba porque no entendía para qué todo ese esfuerzopara qué todas las trasnochadastodas las horas de estudio, todo el tiempo y el dinero invertido. Al final, todo había sido una gran pérdida de tiempo! Y así, después de llorar y estar de compinche con mi ego por varios días, fui recordando a mi hermana y su gran lección: justo ahí, mientras me lamentaba por lo ocurrido, entendí que había olvidado el propósito por haber intentando conseguir el resultado! Había olvidado, o tal vez no entendí en su momento, que el propósito era asumir un reto, prepárame, enfrentarme a la frustración y al hecho de no poder controlarlo todo, esforzarme, y hacer lo mejor según mis circunstancias. Había olvidado que la vida es esa; que la vida no es otra sino la que ocurre durante los procesos; que no hay alguien que nos castiga o nos premia, dependiendo de que tan bien nos hayamos portado, sino que cada uno elige los caminos que quiere recorrer, los propósitos por los que quiere luchar. Y entonces, fue así como, con cierto dolor, aprendí que, si logramos enfocarnos en el propósito, liberamos el resultado y con él, el sufrimiento que genera querer controlarlo.

 

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