“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”

”El cambio es inevitable.

El crecimiento es opcional”.

John Maxwell.

 

“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”, me dijo Mariana[1] durante la primera consulta. Desde hacía tres meses estaba cargando con un dolor y sobre todo con una profunda sensación de culpa porque después de casi seis años de matrimonio, le había sido infiel a su esposo. “Uno siempre dice la misma frase: esto no me va a pasar a mi. Pero uno realmente no está exento de nada y yo juré que nunca iba a ser infiel. Y mira: casi diez años después de casarme, contra todos mis principios, contra todo lo que soy, creyendo totalmente en la fidelidad y en el matrimonio, le puse los cachos a mi esposo”.

 

Mariana definió su relación de pareja como una relación casi perfecta: duraron varios años de novios, al momento de casarse ambos estaban felices con la decisión, no la tomaron porque ella hubiera quedado embarazada o por alguna presión externa (familia, amigos, entre otros); la tomaron porque ambos querían dar ese paso. La relación de ella con la familia de su esposo siempre había sido cercana, buena, así como la de su esposo con los padres y hermanos de Mariana; los dos estaban de acuerdo en que querían darse un tiempo antes de tener hijos pues ambos compartían la pasión por viajar y querían crecer profesionalmente y trabajar bastante antes de comprometerse con una decisión de por vida como es tener un hijo. De manera que parecían estar siempre ‘en la misma página’, tanto que las amigas de ella siempre le decían que envidiaban su relación, la estabilidad, la comunicación, todo lo que desde fuera parecía perfecto.

 

Aunque parezca absurdo, contradictorio e incluso egoísta, tanta perfección fue lo que empezó a generar en Mariana una sensación de estancamiento, de aburrimiento. Sentía que su relación estaba perdiendo emoción, que todos los días y todas las semanas pasaban de manera idéntica: de lunes a viernes levantarse, desayunar juntos, salir a trabajar, hablar un par de veces durante el día; encontrarse por la noche en la casa, conversar un poco, en ocasiones comer juntos, trabajar o responder algunos correos electrónicos, leer, de pronto algo de televisión y finalmente acostarse a dormir. Los fines de semana, levantarse a hacer deporte, encontrarse para almorzar con la familia o en ocasiones con alguna pareja de amigos, hacer diligencias por las tardes, de pronto ir a cine, a veces a comer afuera y no mucho más. El domingo por la tarde ver televisión, organizar algunas cosas de la casa y alistarse para empezar nuevamente la misma semana. Muy de vez en cuando salían de Bogotá un fin de semana pero en general la rutina de los fines de semana era siempre la misma.

 

“No me di cuenta que estaba aburrida hasta que empecé a hablar con un amigo con el que había trabajado años atrás para pedirle una asesoría. Eso me sacó de la rutina. Al comienzo sólo hablábamos de trabajo; pero claro, sin darse cuenta uno va acercándose y teniendo cada vez más confianza, hasta que un día me dijo que por qué no nos tomábamos algo después de terminar de trabajar. Ese día se me olvidó que existía el resto del mundo: me sentí como una adolescente tragada a la que sólo le importa estar con esa persona. Y en vez de parar eso, en vez de dejar de verlo y de volcarme hacia mi matrimonio, me dejé llevar y fui infiel un buen tiempo”.

 

Mariana no es el único caso de infidelidad que he atendido en el último año. De hecho, han sido bastantes los casos de personas que como ella, buscan ayuda porque empiezan a sentirse culpables y al ser descubiertas por su pareja quieren recuperar la relación. Pero les cuesta volver a reconstruirla, no sólo por el daño causado sino también porque tienen que hacer un proceso de duelo y pasar por una “tusa” al tener que dejar a su amante.

 

Inicialmente la pregunta que Mariana se hacía era: ¿por qué fue infiel? ¿Por qué si lo tenía todo para ser feliz, se dejó llevar por sus emociones y en vez de alejarse de quien eventualmente se convirtió en su amante, permitió que esa relación prosperara hasta tal punto que llegó a dudar sobre si debía o no seguir en su matrimonio? Poco a poco Mariana ha ido encontrando varias respuestas a esa pregunta, y una de ellas es que dejó de trabajar en su matrimonio. Para nadie es un secreto que cualquier comportamiento repetitivo sostenido en el tiempo se convierte en un hábito, en una rutina. Las relaciones humanas, y más aún las relaciones de pareja y el matrimonio, no son la excepción. Es más, el matrimonio es una de las relaciones en las que más fácilmente se cae en la rutina porque en alguna medida las personas se dejan atrapar por la creencia de que es la ‘culminación’ de la relación, el punto final’,  por cuanto ya pasó el periodo de conquista, el noviazgo, e incluso el riesgo de perder al otro. Todo, porque “ya nos casamos”. Entonces empieza el descuido en muchas dimensiones. Dejan de proponerse planes, retos, actividades conjuntas, porque como se tiene la ‘garantía’ de que el otro va a estar en la casa, no hay necesidad de buscar los espacios para estar juntos. ¿Para qué arreglarse si el otro ya me conoce como soy? ¿Si ya está ahí? De manera que el cuidado físico también se pierde. El cansancio de la cotidianidad lleva a que disminuya tanto la frecuencia como la intensidad de las relaciones sexuales y se van convirtiendo en algo que ocurre esporádicamente, y más por rutina que por pasión. Las conversaciones se dejan de lado porque una vez más, las parejas se ven todos los días, se levantan y se acuestan juntos cotidianamente, de manera que tampoco se buscan los espacios para conversar, para preguntar por el otro, para tener tiempo de sentarse sin celular, sin televisión, sin chat, a mirarse a los ojos y conversar durante horas. Es así como ambos miembros de la pareja se van descuidando y casi sin darse cuenta, se instaura una rutina que lleva a que cualquier otra persona parezca más interesante, más atractiva.

 

“Que esté a dieta no quiere decir que no pueda ver el menú”, me dijo un amigo hace unos días mientras miraba a una mujer bonita pasar por la calle. Y es cierto, estar casado no significa que no veamos la belleza en otros, que no sea agradable cuando otro nos mira o cuando nos enteramos por una amiga o amigo que a alguien, diferente a nuestra pareja, le parecemos atractivos. Incluso puede pasar que nos atraiga otra persona por su físico, por su manera de ser, por una conversación. Nada de esto es negativo per se, lo que empieza a hacer daño es la frecuencia con la que esto ocurre y más aun, si por este tipo de cosas comenzamos a descuidar la pareja en vez de cuestionarnos y revisar qué puede estar pasando en la relación matrimonial para que el comentario, la mirada o la conversación de otro empiece a ser más importante y atractiva que la que se tiene con el o la esposa.

 

Este ha sido tal vez uno de los principales descubrimientos para Mariana: ver que lo que ella empezó a sentir por quien después se convirtió en su amante –más allá de la emoción o de que estuviera bien o mal-, le estaba mostrando que había algo que estaba fallando en la relación con su esposo. Por lo mismo, era ese el momento para hacer conciencia y cuestionarse qué estaba pasando en ella y en la relación con su esposo para que otra persona estuviera ocupando gran parte de sus pensamientos y emociones.

 

Ese habría sido el camino más difícil en el corto plazo porque probablemente habría implicado tener una –o varias- conversaciones con su esposo; darse cuenta que el matrimonio no era tan perfecto como ella pensaba y que eso no solamente no está mal, sino que es natural. Pero claro, hay que hablarlo, enfrentarlo, cuestionarse unas cosas, replantearse otras, reinventarse en algunos aspectos y, por supuesto, generar cambios. Y muchas veces es más fácil, pero no por eso más sano, seguir en lo que ya se conoce que arriesgarse a generar un cambio.

 

El matrimonio, como cualquier relación, como cualquier actividad cotidiana, puede volverse aburrido, monótono, rutinario. No sólo es normal: también es necesario que exista la rutina porque es la que permite el orden y la constancia. El problema es cuando ese orden y esa rutina se convierten en una camisa de fuerza de la que las personas no saben cómo salir. Y en vez de hacer el trabajo con la pareja para identificar entre los dos qué está pasando, qué cambios se necesitan y cómo se pueden reinventar, optan por “el camino fácil”: buscar otra persona que les genere las emociones y las ‘mariposas en el estómago’ que su pareja actual ya no les genera. “Es normal ser infiel después de tanto tiempo, lo importante es no hacerle daño a nadie”, me dijo un paciente al contarme que le había sido infiel a su esposa en varias ocasiones. Pero a diferencia de Mariana, no se sentía culpable porque lo veía como algo natural después de tanto tiempo de estar en la misma relación.

 

La realidad es la misma: la infidelidad. Lo que cambia es la percepción que cada persona tiene de esta. Eso es lo que Giorgio Nardone (1997) denomina autoengaño, entendido como la tendencia de identificar la realidad basándonos en nuestros propios deseos, que son los que llevan al proceso de formación de nuestras creencias. Nos ilusionamos con la idea que nuestra capacidad de sentir y percibir, nuestros conocimientos, nuestra racionalidad y nuestro modo de actuar, son las correctas y verdaderas y por lo mismo, creemos que es igual para las demás personas.

 

Para muchas personas la infidelidad es un paso más dentro del matrimonio: algo natural, normal, que en alguna medida tiene que ocurrir. Para otras, como Mariana, es una forma de escapismo a la rutina que no solamente no resuelve el problema de la pareja sino que lo complica. Por lo mismo, podría evitarse si en vez de buscar el ‘camino fácil’, los miembros de la pareja se unen e identifican el momento de la rutina y el aburrimiento como la mejor oportunidad para trabajar en sí mismos, para reinventar la relación y ser capaces de sobreponerse a las dificultades que tarde o temprano, e inevitablemente, se presentan en una relación de pareja. La realidad es la misma, lo que hacemos con ella es decisión de cada uno. Y la infidelidad, no es la excepción.

 

 

Comparto finalmente los diez mandamientos de la pareja construidos por una pareja que quiero y admiro infinitamente pues llevan 49 años juntos sin haberse separado nunca, sin ninguna infidelidad, siempre trabajando en conjunto lo que les ha permitido llegar a construir y mantener una maravillosa relación aun después de casi cincuenta años de matrimonio.

 

  1. Amar al prójimo como a sí mismo, pero no más
  2. Compartir (angustias, temores, alegrías)
  3. No matar (las ilusiones, la confianza, los lazos familiares)
  4. Hacerse cargo de sí mismo (no quejarse)
  5. No desear el hombre ni la mujer del prójimo
  6. Disfrutar la intimidad sexual con respeto y comprensión
  7. No decirse mentiras
  8. No prolongar una diferencia, un disgusto, una discusión
  9. Comprenderse y acompañarse (en las dudas, en las certezas, en los temores y en las incertidumbres)
  10. Asumir la relación como un trabajo diario, constante, constructivo y exigente, pero sobre todo, alegre, lleno de risa y de humor.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.

 

: @menasanzdesanta

 

: @breveterapia

 

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

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