En busca de la infelicidad

Una de las mayores y más importantes enseñanzas que me dejó Giorgio Nardone, mi maestro en el campo profesional, es que existen tantas realidades como percepciones hay en el mundo. En otras palabras, no existe una única realidad «objetiva» para todos, sino que existen tantas como creencias, experiencias y percepciones tienen las personas. Esto, de la mano de lo que poco a poco he ido descubriendo en el recorrido de mi camino espiritual, me ha permitido llegar a construir una creencia de lo que es, para mí, la felicidad. Y estas vacaciones fueron muy importantes para llegar a consolidar lo que había venido sintiendo y pensando desde hace muchos años.

De las cosas que más trabajo me ha costado aprender y poner en práctica ha sido deshacerme de la creencia que trabajar profesionalmente es lo más importante en la vida y, en ocasiones, casi lo único. Es paradójico porque al trabajar en lo que me gusta, al poder dedicar nueve horas de mi vida diaria a hacer lo que me apasiona, me es más difícil trabajar menos. Tal vez si no me gustara lo que hago sería más fácil ponerle límites a mi horario de trabajo. Pero como lo disfruto tanto, se me van los días dando cada vez más citas y extendiendo el horario laboral y el año 2016 fue así: trabajo y más trabajo. Por eso decidí tomar vacaciones con mi familia sólo hasta diciembre. Estaba feliz, finalmente me iba tres semanas a descansar. Lo que nunca pensé fue que las vacaciones fueran a durar una semana porque al cabo de ese tiempo, la hermana mayor de mi mamá tuvo un accidente y murió, por lo que tuvimos que devolvernos del viaje. Así que lo que llevaba esperando casi un año, nunca se dio. De ahí que este año decidimos con mi esposo que haríamos una pausa y nos iríamos de vacaciones a mitad de año porque, aunque suene a lugar común, caímos en cuenta que ‘la vida es ahora’.

 

Planeamos un viaje para nosotros ideal: ir al ashram (monasterio) de nuestra Maestra una semana e ir a la playa una semana para tener absoluto descanso. Internamente admito que tenía miedo, literalmente miedo de ir al ashram porque sabía, por experiencias previas, que es algo exigente. Una vez más, desde mi experiencia, mi percepción, mis creencias y mi realidad, para mi es exigente compartir cuarto y baño a diario, estar a 3300 mts sobre el nivel de mar en una montaña hermosa sí, pero donde hace un frio que penetra los huesos, (¡y yo detesto el frio!). Pero lo más exigente de todo es el trabajo interno que hay que hacer estando al lado de la Maestra. En un lugar en el que reina el silencio,  se magnifica el ego e incrementa la actividad y el dominio de la mente, que suben a un nivel casi incontenible. Esa voz interna que me está saboteando a diario, que tan pronto debo sentarme a meditar y a estar en silencio, empieza a gritar con cosas tan tontas como que tengo pendiente responder un mail, así como con cosas tan hondas como preguntarme para qué estoy ahí, para qué decidí salirme de mi comodidad cotidiana para meterme a escudriñar en lo más profundo de mi ser cuando hubiera sido tanto más fácil no hacerlo.

 

Entonces empieza la batalla de mi contra mí. Por un lado mi ego me está bombardeando con pensamientos tales como: siento frí, me duelen los pies, estoy incómoda, para qué estoy aquí, para qué me vine a esto, tengo hambre, me quiero ir a mi casa, quién me mandó a venir, no quiero confrontarme con esto, no quiero enfrentar esto, etc. Y cuando me doy cuenta de esos pensamientos, caigo igualmente en cuenta que no he meditado un solo minuto, que estoy de mal genio y que va ganando mi ego. Así que intento calmarme, callarlo, pero como bien dice Giorgio Nardone, pensar en no pensar es ya pensar dos veces.

 

Entonces me di cuenta, en medio de estas luchas internas, que la estrategia no estaba funcionando por lo que decidí cambiarla: comencé a dejar que los pensamientos llegaran, todos, desde los más tontos hasta los más duros, y cuando los veía le decía a mi ego: “Sé que esto eres tú, di lo que quieras que yo voy a seguir aquí, donde está mi cuerpo, donde está mi alma, donde realmente tengo que estar”.

 

Sorprendentemente con el paso de los días empecé a ganar unos mínimos espacios, nanosegundos, de silencio, de una paz casi indescriptible. Una sensación de estar, de literalmente no pensar, pero sin necesidad de hacer esfuerzo alguno. Comencé a ver que mi ego hablaba, decía y molestaba en la misma forma que lo hace un niño cuando «se la monta» a otro hasta que ese otro descubre que lo que alimenta la ‘actitud montadora’ del bully es combatirlo, pelearle. Entonces empecé a estar ahí, completamente tranquila a pesar del frío, el hambre y los pensamientos, porque todos seguían ahí. Poco a poco fui comprendiendo (todavía me faltan años luz para realmente vivirlo en mi cotidianidad, pero fue un primer paso y el primer paso es la mitad del camino) desde mi piel lo que han dicho los grandes Maestros a lo largo de la historia de la humanidad: todas las respuestas y la felicidad moran en el interior de cada uno de nosotros.

 

El contraste entre esta experiencia y la otra parte de las vacaciones fue brutal. Contrario a lo que yo misma esperaba antes de salir de viaje, fue el ashram el lugar donde realmente fui feliz. Y fueron tanto el plan de playa como estar de nuevo en las supuestas comodidades que tanto buscamos los seres humanos, lo que me llevó a ver y a sentir que con esta búsqueda descenfrenada por satisfacer los placeres de los sentidos, lo único que estamos logrando los seres humanos es ser infelices: cada vez más infelices.

 

El lugar en el que estuvimos en la playa y con todas las comodidades es sin duda muy bonito y cumple, además, con todo lo que uno ha aprendido a querer para las vacaciones: un cuarto amplio, almohadas, cobijas, agua caliente, comida disponible 24/7, unos edificios enormes con todo tipo de distracciones, planes y actividades para que el huésped esté siempre, siempre distraído, para que no se aburra. Y claro, ahí fue que empecé a entender lo que tanto repite mi Maestra y todos los otros sabios que han pasado por la Tierra: distraerse en el placer que generan los sentidos es el camino fácil. Es lo obvio, lo que alimenta la sociedad, lo que se aplaude y se valora. A lo que se aspira es a nunca tener tiempo para estar con uno mismo, siempre estar ocupado en el trabajo, con amigos, en actividades sociales, haciendo deporte, incluso prestando servicio a otros porque mal que bien eso también se ha convertido en una forma de distracción. En otras palabras, todo siempre hacia afuera, encaminado al placer de los sentidos. Por esto mismo, en ningún momento hay silencio para hacer el trabajo realmente importante: el trabajo interno, en nosotros mismos.

 

Claro, entre ir a un paseo en lancha, a una discoteca, estar con los amigos consumiendo alcohol en una piscina, entre otros, o quedarse en silencio en un lugar sencillo, pasar horas escribiendo, caminando por la naturaleza o simplemente sentado contemplando lo que nos va pasando internamente mientras «no hacemos nada», la opción más fácil, en apariencia,  es obviamente la primera. Porque la sociedad que nosotros mismos hemos construido nos hala constantemente a creer que lo que nos hará más felices será la acumulación de dinero y tarjetas de crédito, los viajes a hoteles cinco diamantes, aumentar nuestra capacidad adquisitiva para poder salir a restaurantes costosos, para comprar el ultimo celular, el ultimo carro, el mejor computador y claro, acumular también la mayor cantidad de ropa posible (ojalá de las mejores marcas). Una y mil veces he caído ahí porque para nadie es un misterio que viajar, tener dinero para «hacer lo que uno quiera», tener el ultimo celular, comprar ropa, entre otros, todo esto sin preocuparse, es delicioso. Y no solo eso: es lo que constantemente nos estamso reforzando, lo que nos refuerzan los medios, la publicidad, incluso entre los mismos círculos de amigos, eso es lo que se aplaude y se admira.

 

Lo que no vemos, justamente por estar distraídos por todo este «ruido», es que el camino de la acumulación material no solo no tiene fin, sino que nos conduce hacia un camino en el que con el tiempo se acentúan la ansiedad, la angustia, la insatisfacción y por supuesto, la infelicidad. No en vano seres como el Dalai Lama, Mattieu Riccard, Mataji Shaktiananda, Nelson Mandela, entre otros, son conocidos como unas de las personas más felices del mundo. Cosa diferente a personas como Mark R. Hughes, la princesa Diana, Steve Jobs, Michael Jackson, entre otros.

 

Todos en algún momento nos encontramos frente a una Y en la cual podemos decidir si: ver televisión o leer, abrir Instagram mientras esperamos en la fila del mercado para pagar o simplemente estar ahí en silencio esperando, sin afán, sin necesidad de estar distraídos en lo que sea. Prender el radio o manejar sin ruido, dormirnos sin distracción o tener que tener la televisión prendida para sentirnos acompañados, levantarnos a hacer yoga, a meditar y tener unos minutos de silencio o seguir durmiendo y salir directo a trabajar. Y son la mente y el ego quienes nos llevan a escoger la televisión, el iPad, el sueño, el celular o cualquier otra cosa que nos distraiga del verdadero contacto con nosotros mismos.

 

Personalmente estoy lejos de ser capaz de renunciar a todas las comodidades y los placeres que nos dan los sentidos y tampoco esto diciendo que tengamos que hacerlo del todo. Pero ahora siento cada vez con más certeza que esos dos, tres o cinco minutos que me regalo a mí y que le quito al ego para estar en silencio y por lo mismo irme perdiendo el miedo a mí misma, son los que poco a poco me están permitiendo encontrar y sentir lo que en mi experiencia es la verdadera felicidad. Y en la medida que voy sintiendo esa tranquilidad y esa felicidad casi imperturbable, se va volviendo más sencillo decirle no al celular, a la televisión, al deporte, al trabajo, etc., cuando son formas de ‘estar ocupada’ con el fin de huir de mí misma. No quiere decir con esto que todas estas cosas hagan daño per se. Ninguna lo hace. Pero cuando se nos van convirtiendo en lo único que nos “hace felices”, empezamos a delegar nuestra felicidad a todo aquello que no depende de nosotros. De ahí que la felicidad es cada vez más lejana, parece incluso imposible, porque lo que realmente estamos haciendo es ir en busca de la infelicidad perpetua.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicologa-Psicoterapeuta Estrategica.

www.breveterapia.com

 

 

3 comentarios
  1. Avatar
    Francsico Rudas Dice:

    Muy Interesante el punto de la infelicidad y como nos cuesta estar a solas con nosotros mismos, vivimos distraídos y abstraídos de nuestro mundo

    Responder

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