Cuando el matrimonio se convierte en un yugo para una mujer

 “Jamás hables del matrimonio como un logro. Encuentra maneras de aclararle que el matrimonio no es un logro ni algo a lo que deba aspirar. Un matrimonio puede ser feliz o desgraciado, pero no un logro (…) Condicionamos a las niñas para que aspiren al matrimonio y no a los niños y, por tanto, ya desde el principio existe un desequilibrio terrible. Las niñas se convierten en mujeres angustiadas por el matrimonio. Los niños se convierten en hombres a los que no les angustia el matrimonio. Las mujeres se casarán con esos hombres. Automáticamente la relación será desigual porque la institución le importa más a una parte que a la otra” (Adichie, C. 2017).

 

En teoría, somos una sociedad moderna en la que el rol de la mujer ha ido ganando cada vez más independencia respecto al del hombre; en el que las mujeres se pueden definir por si mismas sin necesidad de tener a un hombre a su lado. Probablemente en muchos campos de la vida esto es así. Pero paradójicamente en el campo de las relaciones de pareja, al menos a juzgar por el sufrimiento de tantas mujeres que veo en consulta, esta independencia no aplica en la cotidianidad. Al contrario, a las mujeres se les sigue definiendo en función de su estado civil: si se casan, son admiradas por la sociedad porque lograron alcanzar el propósito de su vida. Pero si no se casan, empieza la presión sobre ellas porque se ven como un fracaso, incluso se las puede ver como personas con algún problema, que deben buscar ayuda porque “es muy raro” que no tengan una relación de pareja y que a X edad no se hayan casado.

 

Ana[1]tiene 29 años. A lo largo de su vida ha tenido relaciones de pareja estables con hombres que ha querido pero por diferentes razones, todas se han terminado. Ha hecho los respectivos procesos de duelo para cerrar dichas relaciones lo que la deja actualmente en absoluta tranquilidad con su pasado. No carga dolor, ni resentimiento, ni rabia frente a ninguna de sus ex parejas y por lo mismo, lleva varios años buscando y esperando a que llegue “el hombre de su vida” para cumplir lo que ha sido su sueño desde niña: casarse. Pero a pesar de todos sus intentos, de salir con grupos de personas que no conoce, de aceptar las citas a ciegas que le programan las amigas, de irse de paseo sin conocer a nadie y “ponerse la diez”, como ella misma lo define, siempre regresa a su casa con la misma sensación: un profundo vacío y una sensación de fracaso porque aún no ha conocido al hombre con el que pueda casarse.

 

En la medida que hemos avanzado en el proceso terapéutico, Ana se ha ido dando cuenta que su mayor estrés de tener 29 años y no estar casada y con hijos no es tanto por ella, sino por la presión que implícita pero constantemente recibe por parte de sus amigas (quienes están todas casadas), de sus familiares, jefes, etc. “Puede sonar absurdo, pero es como si uno no valiera por no tener un esposo. Siento que la gente me mira con lástima, cuando vamos a los planes con mis amigas, yo soy la única soltera y al final todos me miran como con pesar, la pobre que no se ha casado y que ni siquiera tiene novio. ¡Estoy mamada de que la gente me mire así!”

 

Si bien Ana quiere encontrar una pareja estable, casarse y formar una familia, sólo por el hecho de que ese deseo aún no ha logrado cumplirlo sufre y se siente mal consigo misma; y darse cuenta que ante la sociedad ella “vale menos” por no haberse casado, aumenta todavía más el sufrimiento y sobre todo, la ansiedad. Preguntas constantes como “¿Y no estás saliendo con nadie?” “¿Y hace cuánto no sales con alguien? ¿Pero ni siquiera para darte besos?”, la hacen pensar que puede tener un problema, que hay algo en ella que no está bien. Y a partir de estas dudas, se siente insegura respecto a todo: su físico, su manera de ser, su manera de relacionarse con los hombres, no sabe si es muy intensa cuando sale con uno o si le falta tener más iniciativa, si debería ser más delgada o tener más curvas, entre otras dudas que se alimentan y retroalimentan entre sí. Como consecuencia, Ana tiene períodos de mucha ansiedad en los que no quiere salir ni hablar con nadie, no quiere que nadie le pregunte por su vida porque se siente miserable y esto la ha llevado a sentir que se puede estar deprimiendo.

 

Las niñas se convierten en mujeres angustiadas por el matrimonio”(Adichie, 2017) y Ana es solamente un ejemplo de esto. Como ella, las niñas desde la adolescencia empiezan a sufrir por no tener una pareja; se comparan con las amigas y entre más tiempo pasa y no tienen novio, mayor es la inseguridad, la angustia, el miedo a sentir que hay algo en ellas que no está bien. A su vez, las madres se preocupan por sus hijas porque como ellas, creen que puede haber algo malo y que el hecho de no tener un novio implica que las niñas tienen que buscar ayuda para identificar cuál es su ‘defecto’ y corregirlo. Entonces desde muy jóvenes empieza a instaurarse la creencia de que las mujeres valemos más si tenemos una pareja. Muchas de las preguntas que se mencionan en el párrafo anterior, se hacen con buenas intenciones. Sin embargo, implícitamente llevan detrás una presión y el mensaje de que efectivamente hay algo que no está bien con la mujer que a determinada edad, no se ha casado. ¿Cómo empezamos a cambiar estos estereotipos?

 

Omitir esas preguntas es un primer paso para romper con la creencia de que las mujeres valemos más por tener una pareja. Una cosa es conversar con las amigas y compartir sentimientos, sensaciones, angustias y preocupaciones respecto al hecho de no tener un novio, un esposo. Pero otra muy distinta es abordar a una mujer con preguntas como estas, empezar una conversación siempre preguntando por un hombre, porque así estamos manteniendo dicha creencia. Así que cambiar el lenguaje es una forma de empezar a cambiar la creencia.

 

Asimismo, es importante identificar como mujeres desde dónde hacemos las cosas. Por ejemplo, cuando vamos a salir a comer, a tomarnos algo, a hacer deporte, entre otras cosas, y nos arreglamos físicamente, ¿lo hacemos con qué fin? ¿Para quién? ¿Para que nos vean los demás o para sentirnos bien con nosotras mismas? ¿Para ‘levantarnos’ a un hombre o para sentirnos más a gusto con nuestra apariencia? Cuando vamos a salir con un hombre, ¿estamos saliendo con el único fin de que ese hombre sea nuestro esposo o estamos abiertas a la posibilidad de conocer otras personas? Empezar por replantearnos estas preguntas, por cuestionarnos a nosotras mismas desde dónde hacemos las cosas es una forma de trabajar en esas creencias para empezar a cambiarlas y a darnos el valor a nosotras mismas por lo que somos, por nuestros propios logros, por nuestras características personales dentro de las cuales una puede ser querer tener una pareja estable y está perfecto que así sea. Pero que no sea la presencia de un hombre la que nos haga valorarnos como mujeres porque ahí estaríamos delegando nuestra vida, nuestra identidad, nuestra tranquilidad en algo o alguien que no depende de nosotros.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante.

2 comentarios
  1. Amparo Dice:

    Excelente artículo, lo que nos remite a hacer una reflexión a nosotros como padres ycomo docentes, de como estamos formando a nuestras hijas y estudiantes.

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