Había una vez un burrito que todos los días tenía que atravesar un camino para pasar de su potrero a otro potrero a recoger leña.

La usaba para calentarse en las noches. Un buen día cuando iba de salida, se encontró con que se había caído un tronco que estaba bloqueando el camino. El burrito se sentó enfrente al tronco y se quedó pensando cómo podía pasar. Pensó un buen rato hasta que se le ocurrió que podía correr contra el tronco y pegarle con la cabeza para moverlo. Se armó de valor, dejó la carretilla a un lado, tomó impulso y salió corriendo para pegarle al tronco. El golpe fue brutal, el dolor de cabeza infernal y lo peor fue que cuando finalmente pudo abrir los ojos y mirar, el tronco seguía en el mismo sitio. Entonces se sentó a pensar otro rato y se le ocurrió que el problema era falta de fuerza y de impulso. Así que se armó de valor nuevamente, tomó más distancia e impulso, y corrió con todas sus fuerzas hacia el tronco. Volvió a estrellarse esta vez aun más duro, del golpe se le abrió la cabeza y cayó lejísimos. Se demoró en recuperarse y cuando finalmente pudo abrir los ojos y enfocar, el tronco estaba exactamente en el mismo sitio. Para no alargar a historia, el burrito se murió por rigidez y terquedad.

Los seres humanos no somos muy diferentes a los burros en cuanto a que usamos la misma estrategia que no funciona (golpear el tronco) una y mil veces con la ilusión de que en algún momento va a funcionar. Es así, a fuerza de repetir la misma estrategia disfuncional, como se acaba construyendo un problema.

Todos los seres humanos nos enfrentamos diariamente a dificultades y desafíos que muchas veces nos generan sufrimiento, dolor, ansiedad, tristeza, preocupación, angustia, miedo, rabia, entre otras cosas. Todas estas emociones y sentimientos son normales y hacen parte de la vida de una persona. De hecho, no solamente son útiles sino también necesarias para el crecimiento personal de cada una porque son los momentos difíciles y exigentes los que nos permiten hacer un trabajo profundo de introspección, de cuestionamiento; son esos momentos los que nos permiten replantearnos nuestras creencias, la manera como vivimos la vida, como la vemos, etc. En otras palabras, es en los momentos difíciles en los que generamos los cambios que nos permiten cambiar y evolucionar para ser cada vez mejores seres humanos.

Muchas de estas dificultades las solucionamos en el día a día con nuestras propias herramientas y estrategias. Sin embargo, en otras ocasiones nuestros intentos por solucionar dichas dificultades son los que paradójicamente terminan complicándolas y desencadenando problemas que si no se resuelven, acaban siendo patrones disfuncionales que pueden incluso terminar en patologías graves. En palabras de Aldous Huxley, la realidad que vivimos no es lo que nos ocurre sino lo que hacemos con lo que nos ocurre, lo que significa que cada uno es responsable de la realidad que construye y por lo mismo, de la realidad que vive.

Ser responsables de la realidad que vivimos no es algo negativo, por el contrario, ¡es maravilloso! Porque nos da a todos la posibilidad de cambiar lo que no nos gusta, lo que nos hace daño. Lo importante de ello es identificar qué de lo que estamos haciendo es lo que mantiene y empeora la dificultad o el problema que hemos construido. Lo difícil es que no siempre es posible identificar qué de lo que estamos haciendo es lo que conlleva a mantener el problema, porque al estar inmersos en el mismo, es difícil verlo desde otra perspectiva. Para esto, existe una primera estrategia que nos puede ayudar a identificar cuándo tenemos una dificultad o un problema: cuando tenemos la sensación de haberlo hecho todo para cambiar sin lograrlo

Cuando se presenta la sensación de querer cambiar y de haber hecho muchas cosas para sentirse mejor sin lograrlo, se empiezan a presentar síntomas tales como:

  • Frustración
  • Sensación de incapacidad en si mismo
  • Tristeza frecuente
  • Llanto (en ocasiones sin razón aparente)
  • Angustia
  • Ansiedad
  • Irascibilidad
  • Rabia frecuente
  • Dificultades en las relaciones con otros
  • Falta de concentración
  • Alteración en los patrones de sueño
  • Falta de apetito o exceso de comida
  • Incapacidad de estar solo
  • Aumento en el consumo de alcohol (o de otras SPA)
  • Entre otros…

Ante estos síntomas, muchas personas empiezan a ser conscientes que hay algo en su vida que no está bien y eso puede ser suficiente para que empiecen a buscar un cambio. En ocasiones son cambios cotidianos, como empezar a hacer deporte, hacer yoga, buscar generar cambios en la alimentación e incluso, buscar ayuda terapéutica. En otras palabras, hacen cosas diferentes de las que han hecho hasta el momento.

Sin embargo, existen otras personas que en el estrés y el agite de la vida diaria, pero sobre todo, a raíz del miedo de pensar que tienen que cambiar algo, lo que hacen es intentar ocultar estos síntomas o hacer de cuenta que no está pasando nada (siendo esa una solución intentada disfuncional). Y así, lo que empezó siendo una dificultad se termina convirtiendo en un problema complejo del que se vuelve cada vez más difícil salir. Y es ahí cuando, dándose cuenta que el problema ya no se puede ocultar porque empieza a afectar todos los campos de la vida de la persona, se busca una ayuda terapéutica.

La búsqueda de ayuda terapéutica es en alguna medida una decisión personal, porque si existen tantas realidades como percepciones en el mundo, no todas las circunstancias van a representar un problema para todas las personas. Por consiguiente, lo importante para saber cuándo pedir ayuda es ser capaces de identificar el momento en el que perdemos la flexibilidad de cambiar, en el que repetimos el mismo patrón y obtenemos un mismo resultado: el problema. No en vano Einstein decía que la locura no es otra cosa que repetir lo mismo esperando obtener un resultado diferente.

@Breveterapia - Diseño DM Studio