“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”

”El cambio es inevitable.

El crecimiento es opcional”.

John Maxwell.

 

“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”, me dijo Mariana[1] durante la primera consulta. Desde hacía tres meses estaba cargando con un dolor y sobre todo con una profunda sensación de culpa porque después de casi seis años de matrimonio, le había sido infiel a su esposo. “Uno siempre dice la misma frase: esto no me va a pasar a mi. Pero uno realmente no está exento de nada y yo juré que nunca iba a ser infiel. Y mira: casi diez años después de casarme, contra todos mis principios, contra todo lo que soy, creyendo totalmente en la fidelidad y en el matrimonio, le puse los cachos a mi esposo”.

 

Mariana definió su relación de pareja como una relación casi perfecta: duraron varios años de novios, al momento de casarse ambos estaban felices con la decisión, no la tomaron porque ella hubiera quedado embarazada o por alguna presión externa (familia, amigos, entre otros); la tomaron porque ambos querían dar ese paso. La relación de ella con la familia de su esposo siempre había sido cercana, buena, así como la de su esposo con los padres y hermanos de Mariana; los dos estaban de acuerdo en que querían darse un tiempo antes de tener hijos pues ambos compartían la pasión por viajar y querían crecer profesionalmente y trabajar bastante antes de comprometerse con una decisión de por vida como es tener un hijo. De manera que parecían estar siempre ‘en la misma página’, tanto que las amigas de ella siempre le decían que envidiaban su relación, la estabilidad, la comunicación, todo lo que desde fuera parecía perfecto.

 

Aunque parezca absurdo, contradictorio e incluso egoísta, tanta perfección fue lo que empezó a generar en Mariana una sensación de estancamiento, de aburrimiento. Sentía que su relación estaba perdiendo emoción, que todos los días y todas las semanas pasaban de manera idéntica: de lunes a viernes levantarse, desayunar juntos, salir a trabajar, hablar un par de veces durante el día; encontrarse por la noche en la casa, conversar un poco, en ocasiones comer juntos, trabajar o responder algunos correos electrónicos, leer, de pronto algo de televisión y finalmente acostarse a dormir. Los fines de semana, levantarse a hacer deporte, encontrarse para almorzar con la familia o en ocasiones con alguna pareja de amigos, hacer diligencias por las tardes, de pronto ir a cine, a veces a comer afuera y no mucho más. El domingo por la tarde ver televisión, organizar algunas cosas de la casa y alistarse para empezar nuevamente la misma semana. Muy de vez en cuando salían de Bogotá un fin de semana pero en general la rutina de los fines de semana era siempre la misma.

 

“No me di cuenta que estaba aburrida hasta que empecé a hablar con un amigo con el que había trabajado años atrás para pedirle una asesoría. Eso me sacó de la rutina. Al comienzo sólo hablábamos de trabajo; pero claro, sin darse cuenta uno va acercándose y teniendo cada vez más confianza, hasta que un día me dijo que por qué no nos tomábamos algo después de terminar de trabajar. Ese día se me olvidó que existía el resto del mundo: me sentí como una adolescente tragada a la que sólo le importa estar con esa persona. Y en vez de parar eso, en vez de dejar de verlo y de volcarme hacia mi matrimonio, me dejé llevar y fui infiel un buen tiempo”.

 

Mariana no es el único caso de infidelidad que he atendido en el último año. De hecho, han sido bastantes los casos de personas que como ella, buscan ayuda porque empiezan a sentirse culpables y al ser descubiertas por su pareja quieren recuperar la relación. Pero les cuesta volver a reconstruirla, no sólo por el daño causado sino también porque tienen que hacer un proceso de duelo y pasar por una “tusa” al tener que dejar a su amante.

 

Inicialmente la pregunta que Mariana se hacía era: ¿por qué fue infiel? ¿Por qué si lo tenía todo para ser feliz, se dejó llevar por sus emociones y en vez de alejarse de quien eventualmente se convirtió en su amante, permitió que esa relación prosperara hasta tal punto que llegó a dudar sobre si debía o no seguir en su matrimonio? Poco a poco Mariana ha ido encontrando varias respuestas a esa pregunta, y una de ellas es que dejó de trabajar en su matrimonio. Para nadie es un secreto que cualquier comportamiento repetitivo sostenido en el tiempo se convierte en un hábito, en una rutina. Las relaciones humanas, y más aún las relaciones de pareja y el matrimonio, no son la excepción. Es más, el matrimonio es una de las relaciones en las que más fácilmente se cae en la rutina porque en alguna medida las personas se dejan atrapar por la creencia de que es la ‘culminación’ de la relación, el punto final’,  por cuanto ya pasó el periodo de conquista, el noviazgo, e incluso el riesgo de perder al otro. Todo, porque “ya nos casamos”. Entonces empieza el descuido en muchas dimensiones. Dejan de proponerse planes, retos, actividades conjuntas, porque como se tiene la ‘garantía’ de que el otro va a estar en la casa, no hay necesidad de buscar los espacios para estar juntos. ¿Para qué arreglarse si el otro ya me conoce como soy? ¿Si ya está ahí? De manera que el cuidado físico también se pierde. El cansancio de la cotidianidad lleva a que disminuya tanto la frecuencia como la intensidad de las relaciones sexuales y se van convirtiendo en algo que ocurre esporádicamente, y más por rutina que por pasión. Las conversaciones se dejan de lado porque una vez más, las parejas se ven todos los días, se levantan y se acuestan juntos cotidianamente, de manera que tampoco se buscan los espacios para conversar, para preguntar por el otro, para tener tiempo de sentarse sin celular, sin televisión, sin chat, a mirarse a los ojos y conversar durante horas. Es así como ambos miembros de la pareja se van descuidando y casi sin darse cuenta, se instaura una rutina que lleva a que cualquier otra persona parezca más interesante, más atractiva.

 

“Que esté a dieta no quiere decir que no pueda ver el menú”, me dijo un amigo hace unos días mientras miraba a una mujer bonita pasar por la calle. Y es cierto, estar casado no significa que no veamos la belleza en otros, que no sea agradable cuando otro nos mira o cuando nos enteramos por una amiga o amigo que a alguien, diferente a nuestra pareja, le parecemos atractivos. Incluso puede pasar que nos atraiga otra persona por su físico, por su manera de ser, por una conversación. Nada de esto es negativo per se, lo que empieza a hacer daño es la frecuencia con la que esto ocurre y más aun, si por este tipo de cosas comenzamos a descuidar la pareja en vez de cuestionarnos y revisar qué puede estar pasando en la relación matrimonial para que el comentario, la mirada o la conversación de otro empiece a ser más importante y atractiva que la que se tiene con el o la esposa.

 

Este ha sido tal vez uno de los principales descubrimientos para Mariana: ver que lo que ella empezó a sentir por quien después se convirtió en su amante –más allá de la emoción o de que estuviera bien o mal-, le estaba mostrando que había algo que estaba fallando en la relación con su esposo. Por lo mismo, era ese el momento para hacer conciencia y cuestionarse qué estaba pasando en ella y en la relación con su esposo para que otra persona estuviera ocupando gran parte de sus pensamientos y emociones.

 

Ese habría sido el camino más difícil en el corto plazo porque probablemente habría implicado tener una –o varias- conversaciones con su esposo; darse cuenta que el matrimonio no era tan perfecto como ella pensaba y que eso no solamente no está mal, sino que es natural. Pero claro, hay que hablarlo, enfrentarlo, cuestionarse unas cosas, replantearse otras, reinventarse en algunos aspectos y, por supuesto, generar cambios. Y muchas veces es más fácil, pero no por eso más sano, seguir en lo que ya se conoce que arriesgarse a generar un cambio.

 

El matrimonio, como cualquier relación, como cualquier actividad cotidiana, puede volverse aburrido, monótono, rutinario. No sólo es normal: también es necesario que exista la rutina porque es la que permite el orden y la constancia. El problema es cuando ese orden y esa rutina se convierten en una camisa de fuerza de la que las personas no saben cómo salir. Y en vez de hacer el trabajo con la pareja para identificar entre los dos qué está pasando, qué cambios se necesitan y cómo se pueden reinventar, optan por “el camino fácil”: buscar otra persona que les genere las emociones y las ‘mariposas en el estómago’ que su pareja actual ya no les genera. “Es normal ser infiel después de tanto tiempo, lo importante es no hacerle daño a nadie”, me dijo un paciente al contarme que le había sido infiel a su esposa en varias ocasiones. Pero a diferencia de Mariana, no se sentía culpable porque lo veía como algo natural después de tanto tiempo de estar en la misma relación.

 

La realidad es la misma: la infidelidad. Lo que cambia es la percepción que cada persona tiene de esta. Eso es lo que Giorgio Nardone (1997) denomina autoengaño, entendido como la tendencia de identificar la realidad basándonos en nuestros propios deseos, que son los que llevan al proceso de formación de nuestras creencias. Nos ilusionamos con la idea que nuestra capacidad de sentir y percibir, nuestros conocimientos, nuestra racionalidad y nuestro modo de actuar, son las correctas y verdaderas y por lo mismo, creemos que es igual para las demás personas.

 

Para muchas personas la infidelidad es un paso más dentro del matrimonio: algo natural, normal, que en alguna medida tiene que ocurrir. Para otras, como Mariana, es una forma de escapismo a la rutina que no solamente no resuelve el problema de la pareja sino que lo complica. Por lo mismo, podría evitarse si en vez de buscar el ‘camino fácil’, los miembros de la pareja se unen e identifican el momento de la rutina y el aburrimiento como la mejor oportunidad para trabajar en sí mismos, para reinventar la relación y ser capaces de sobreponerse a las dificultades que tarde o temprano, e inevitablemente, se presentan en una relación de pareja. La realidad es la misma, lo que hacemos con ella es decisión de cada uno. Y la infidelidad, no es la excepción.

 

 

Comparto finalmente los diez mandamientos de la pareja construidos por una pareja que quiero y admiro infinitamente pues llevan 49 años juntos sin haberse separado nunca, sin ninguna infidelidad, siempre trabajando en conjunto lo que les ha permitido llegar a construir y mantener una maravillosa relación aun después de casi cincuenta años de matrimonio.

 

  1. Amar al prójimo como a sí mismo, pero no más
  2. Compartir (angustias, temores, alegrías)
  3. No matar (las ilusiones, la confianza, los lazos familiares)
  4. Hacerse cargo de sí mismo (no quejarse)
  5. No desear el hombre ni la mujer del prójimo
  6. Disfrutar la intimidad sexual con respeto y comprensión
  7. No decirse mentiras
  8. No prolongar una diferencia, un disgusto, una discusión
  9. Comprenderse y acompañarse (en las dudas, en las certezas, en los temores y en las incertidumbres)
  10. Asumir la relación como un trabajo diario, constante, constructivo y exigente, pero sobre todo, alegre, lleno de risa y de humor.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.

 

: @menasanzdesanta

 

: @breveterapia

 

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

En busca de la infelicidad

Una de las mayores y más importantes enseñanzas que me dejó Giorgio Nardone, mi maestro en el campo profesional, es que existen tantas realidades como percepciones hay en el mundo. En otras palabras, no existe una única realidad “objetiva” para todos, sino que existen tantas como creencias, experiencias y percepciones tienen las personas. Esto, de la mano de lo que poco a poco he ido descubriendo en el recorrido de mi camino espiritual, me ha permitido llegar a construir una creencia de lo que es, para mí, la felicidad. Y estas vacaciones fueron muy importantes para llegar a consolidar lo que había venido sintiendo y pensando desde hace muchos años.

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Testimonio

Admirable testimonio sobre lo que ha experimentado uno de mis pacientes a lo largo del proceso terapéutico para aprender a manejar y a superar los ataques de pánico.

 

He vivido momentos difíciles por cuenta de ataques de pánico. Intenté sobrellevarlos durante casi un año. Procuré enfrentar los problemas como había hecho hasta entonces pero fue en vano. Sentí desesperación porque la situación no se remediaba. Por fin entendí que el método y la aproximación al problema eran incorrectos. Comencé por compartir mi situación con mis familiares y reconocí la necesidad de recibir ayuda terapéutica. Ambas cosas me aliviaron enormemente. Este proceso ha significado para mí un maravilloso descubrimiento interior.

Hace unos meses escuché una lectura de un yogui indio. Él decía que intentar controlar la mente no era posible para el hombre corriente. La describió como un caballo que relincha. La respuesta me desconcertaba. Habló de la necesidad de perfeccionar la respiración para controlar estados mentales y emocionales alterados. Pero yo había probado algunas técnicas con buen resultado sin que los miedos hubiesen desaparecido del todo. Especialmente el miedo al ataque de pánico. Se trataba casi de un temor reverencial, petrificante, como una de esas estatuas grises de las catedrales góticas.

Gracias a las técnicas de la terapia me di cuenta que en esa misma catedral monumental, las rosetas y los vitrales tamizaban columnas de luz. Donde había oscuridad flambeaba también la luz. Dejé de luchar contra mí mismo. Me amisté con mi propia mente y su cualidad ha mejorado. Ahora me siento más fortalecido y con el carácter más templado. Sé que este es un proceso pero me entusiasma e ilusiona el progreso. Los ataques de pánico han desaparecido. La sensación previa que sentía antes de que ocurriesen no ha vuelto a aflorar salvo en dos ocasiones sin mayor turbación y consecuencias.

Una de las cosas más importantes del proceso ha sido aceptar esa dualidad interior sin reprimirla y atemorizarse. El primer paso implicó enfrentar los miedos tanto mental como físicamente. El descubrimiento ha sido extraordinario. Lo que he experimentado es que a medida que la mente observa sin involucrarse emocionalmente, como si fuera un testigo, los malos pensamientos disminuyen por sí solos hasta incluso desaparecer del todo. La mente no se aferra más a ellos. Los miedos lentamente se desdibujan, se esfuman y crece el poder de la voluntad. La constatación de que nada malo ocurre en el plano físico consolida esta experiencia.

El discernimiento y el desapego son dos cualidades que he ido cultivando con la terapia. Pero no me refiero a un discernimiento intelectual. Hablo de discernir por qué estoy sintiendo aquello, por qué se dispara tal emoción, qué situación trae a mi mente este pensamiento y de qué se trata. En últimas, acercarme en la comprensión de cuál es mi verdadera naturaleza. Corroboré mi creencia derivada del yoga que el cuerpo y la mente son una misma manifestación de energía y que por tanto es arduo trazar una frontera que los divida. Yo soy cada célula que vibra, cada pensamiento que aflora. En medio del frenesí del mundo, de las relaciones sentimentales y de las obligaciones laborales, discernir correctamente me parece una fuente de fortaleza. En este sentido, el desapego ha consistido en aceptar el cambio cortando ciertos vínculos, miedos y dolores. Quiero decir emanciparme de mi mente y no ser esclavo de ella.

Discernir, o si prefieren observar, ha disipado algunos temores. Incluso me atrevo a reírme de ellos. Y ahora entiendo mejor el sabio consuelo del mosquetero Athos al joven D’Artagnan, cuando le dijo: “Sois joven y vuestros recuerdos amargos tienen el tiempo de convertirse en dulces recuerdos”. Tengo claro que el destino podría barajar en el futuro tribulaciones que parecerán más insuperables y que harán empequeñecer y desdibujar las actuales. Cada experiencia es individual, y no sabemos bien cómo lidia cada persona con acontecimientos iguales. Pero llevado al extremo este subjetivismo relativista puede enmascarar condiciones objetivas que podrían ayudar a sobrellevar mejor ciertos problemas o mirarlos desde otro punto de vista. Es innegable que hay gente que lleva vidas más sufridas, con mayores privaciones y no sólo materiales. Su testimonio no consuela pero nos ayuda a poner en una mejor perspectiva la gravedad de nuestros problemas, que guiados por emociones desbocadas pueden cobrar sin demasiada justificación unas proporciones oscuras demasiado grandes.

Ahora, me arriesgo a estar en aquellas situaciones que temía y contemplo desfilar los peores pensamientos imaginables sin que me perturben. Sé que pueden resurgir viejos temores o nacer nuevos. Pero he aprendido que este es el proceso natural de la mente. Puedo invocar estas impresiones cuando quiero y trabajo para despejarlas cuando asoman caprichosamente. Sin duda, podemos no controlar la mente o prescindir totalmente del miedo, salvo que seamos algún ser dotado de un nivel superior de conciencia. Sin embargo, podemos aprender a disciplinarlos. Podemos entrenar la mente y rendir más manso el potro indómito del que habló nuestro amigo indio. Las veces que el potro ha intentado tumbarse de la silla no he caído al piso y me he recuperado más rápido que antes. He vuelto al ruedo sin demora.

El desarrollo del discernimiento y del desapego me han dado más coraje y mejores perspectivas sobre la vida. Estas dos cualidades me parecen indispensables para superar poco a poco nuestra naturaleza animal. Los animales, hasta dónde sabemos, no tienen conciencia de tener conciencia. Una vez comprendido este hecho poderoso, más allá de intelectualizarlo, he podido darle un sentido más profundo a este proceso. Estos episodios que he vivido desde hace unos años, me han hecho más paciente y compasivo de los dolores y males ajenos. Asimismo, me han permitido apreciar más la vida y descubrir un tesoro llamado yoga satyananda. En esta terapia he entendido cosas insospechadas de mí y de la vida. No habría progreso ni evolución de ningún tipo si suprimiéramos el dolor, la muerte y el sufrimiento. No hay placer sin sufrimiento. No obstante, estamos en capacidad de lidiar mejor con ambos si conocemos el método correcto. Librarse poco a poco de muchos grilletes mentales y emocionales para hallar el sosiego mental y el contentamiento, significa para mí una gran evolución espiritual. Esta es una visión que me gusta y que hubiera tardado en comprender si no me hubiera topado con uno que otro infortunio.

Para terminar, quisiera traer de nuevo esa imagen de la catedral gótica. Nosotros somos ese templo y allí anidará tanto la luz como la oscuridad. No se podrían derruir las gárgolas sin con ello destruir el templo. Pero no hay que desesperar pues son sólo gárgolas. Algunas de estas catedrales han sobrevivido en su compañía y sin sacudírselas desde la profundidad de los siglos. En el corazón de la nave central, en una de sus criptas interiores, he tallado un diálogo de un libro que amo y que ahora comprendo mejor. Expresa una de las lecciones que atesoro de esta terapia:

-“De Worms le contemplaba absorto. Quiso hablar, pero Syme lo interrumpió con sorda y exaltada voz:

“¿Quién había de permitirse atacar al ser que no le asusta? ¿Cómo rebajarse al papel de simple bravucón, como cualquier luchador alquilado? ¿Ni quién ha de pretender ignorar el miedo, como un árbol inconsciente? Hay que combatir contra lo que nos infunde temor. Acuérdese usted del cuento de aquel clérigo inglés que prestaba los últimos auxilios a un bandido italiano. Éste, en su lecho de muerte, le dijo: “Yo no tengo dinero con que pagarle, pero puedo darle un buen consejo para toda la vida: “El pulgar en la hoja, y herir para arriba”. Yo también le digo a usted: herir para arriba, y a las estrellas si es preciso” (G. K. Chesterton, El Hombre que Fue Jueves)

La ocasión hace al ladrón

El poder sobre otros
es debilidad disfrazada de fortaleza.
Eckhart Tolle.

 

Alejandro Castillejo, un profesor de Antropología, marcó un punto importante en mi proceso educativo. En una clase que vi con él, nos puso un video inédito de lo que fueron los campos de concentración en Auschwitz. Verlo no solamente fue doloroso sino que además me dio rabia justamente porque no quería ver unas imágenes en la que lo único que se veía era el dolor de unos y la crueldad de otros. En la siguiente clase, Alejandro preguntó qué nos había parecido el documental y varios expresamos el dolor y la impresión que nos había causado ver esas imágenes. Después de oír todos los comentarios, finalmente nos dijo que la razón por la que nos había hecho ver ese documental era porque quería mostrarnos que el ser humano, dependiendo del contexto y de las circunstancias en las que se encuentre, puede llegar a convertirse en una persona tan cruel como lo fueron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando lo dijo, me pareció exagerado, hasta absurdo. Pero cuando veo la historia de discriminación de la humanidad comprendo y veo a lo que se refería este profesor y con dolor constato que la ocasión hace al ladrón.

 

No es necesario devolverse hasta la época de la colonia y la esclavitud para comprobar que la discriminación es un fenómeno social que se ha dado en la humanidad desde siempre. Y desafortunadamente aún se mantiene. Quizás de manera más sutil, pero sigue siendo una discriminación de unos hacia otros. Hace cuarenta años, en la década de los 60, la discriminación contra los negros en un país como Estados Unidos, en teoría demócrata, era casi tan horrible como lo fueron los campos de concentración nazis. Los negros no tenían derecho a ir a las mismas universidades que los blancos, tenían entrada restringida a almacenes, bibliotecas, baños públicos y obviamente, a ocupar ciertos cargos laborales, aun si eran tanto o más inteligentes y capaces que los blancos. ¿Qué llevaba a los blancos a discriminar a otra raza que solamente se diferencia de ellos por el color de la piel?

 

Las mujeres en el mundo han sido discriminadas de muchas maneras. Por ejemplo, en Colombia solamente tuvieron derecho a votar hasta el año 1957; en Francia en el año de 1945, casi un siglo después de haberle otorgado el mismo derecho a los hombres (1848); en India pudieron votar en 1950, en Paraguay en 1961, en Pakistán en 1954 y en Suiza, en teoría un país del primer mundo donde además están ubicadas las oficinas de los más importantes organismos internacionales para temas como la paz y la niñez, entre otros, como la Oficina de las Naciones Unidas, la Organización Mundial por la Paz y la Organización Internacional para las Migraciones, las mujeres solamente tuvieron derecho al voto en 1971. ¿Cuál era la diferencia para que primero les fuera dado el voto a los hombres que a las mujeres?

 

De acuerdo con las últimas investigaciones de la revista Women at Work (2017), “A lo largo de su vida, las mujeres continúan enfrentando obstáculos para poder acceder a trabajos decentes. Se han visto mejorías marginales desde la Cuarta Conferencia Mundial llevada a cabo en Beijing en 1995, dejando temas que aún no se han podido implementar para cumplir la agenda de Desarrollo Sostenible del 2030 adoptada por las Naciones Unidas en 1915. La desigualdad entre hombres y mujeres persiste a nivel global en todos los mercados en lo que respecta a las oportunidades, el trato y los resultados. A pesar del progreso en educación que han tenido las mujeres a lo largo de la dos últimas décadas, esto no se ha visto reflejado en una mejoría en su posición en el trabajo”.

 

En los países ‘de primer mundo’ los latinos, tercermundistas o “sudacas”, como muchas veces nos llaman, tienden a ser vistos como personas inferiores. Por lo mismo, trabajan como obreros, limpiando casas y oficinas,  siendo electricistas, albañiles, vendedores de almacenes, entre otros. Todos cargos que son muy exigentes, demandantes, honestos y que no desmerecen frente a ningún otro cargo. Sin embargo, para la mayoría de habitantes del primer mundo, son considerados inferiores.

 

En países como Colombia, la educación de alta calidad excluye a quienes no tienen dinero suficiente para pagar una matrícula que cuesta más de diez millones de pesos al semestre. Sin importar las capacidades y la motivación, aun viendo que en el salón de clase muchas veces son aquellas personas que tienen menos recursos las más motivadas e interesadas en hacer los trabajos, en cumplir y en salir adelante, la educación de alta calidad sigue siendo para quienes tienen dinero, lo cual constituye una fuerte discriminación con aquellas personas que no lo tienen.

 

Todos estos casos, (la discriminación racial, de género, por estrato socioeconómico, etc.), parecieran ser casos aislados que nada tienen que ver con nuestra realidad; casos que pasan en otros países o en otras ciudades, en otras épocas de la historia, por lo que pensamos que nosotros ni hemos discriminado ni seríamos capaces de llegar a puntos tan violentos como han llegado ‘otros’ a lo largo de la historia de la humanidad. Pero parecería que no somos conscientes de que todos estos ‘otros’ son seres humanos iguales a nosotros, que en un determinado contexto, en un determinado momento de la historia, empezaron por una pequeña discriminación a la que con el tiempo, se le van sumando muchas otras y terminan así por llegar a masacres tan horribles como han sido la matanza de “brujas” en Europa entre los siglos XV y XVIII en la que murieron entre 40.000 y 60.000 mujeres, el Genocidio en Ruanda en el que murieron aproximadamente 800.000 personas, la dictadura de Augusto Pinochet en Chile durante la cual murieron aproximadamente 28.000 personas, y la guerra en Colombia con las FARC que ha dejado más de 200.000 muertos en los últimos 50 años.

 

Si bien el pasado no se puede cambiar, sí se pueden cambiar los efectos que tiene sobre el presente (Nardone, 2009). Y para que esto ocurra todos podemos contribuir. ¿Cómo? Empezando por identificar, en la vida cotidiana de cada uno, cómo discriminamos a otros. La discriminación puede ser sutil, lo cual no significa que no se dé. Por ejemplo no mirar a los ojos a un habitante de calle cuando pide dinero, no pagarle las prestaciones y el salario justo a las personas que trabajan ayudando con las labores del hogar, no darle las gracias a un mesero cuando nos sirve a la mesa, no saludar a un celador cuando abre la puerta del edificio, mirar mal a otra persona porque a nuestro juicio está mal vestida, no aceptar en un grupo de trabajo a una persona de otro estrato por ese hecho, entre muchas otras, son algunas de las tantas formas de discriminación cotidianas que se dan entre los seres humanos, discriminaciones que si no se trabajan para cambiarlas y erradicarlas, pueden ser la puerta de entrada a otras guerras y masacres humanas.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

Instagram: @breveterapia

 

 

 

 

 

Like

 

“El filósofo y psiquiatra Jean-Étienne Esquirol afirmaba que, en la mayoría de los casos, lo que llamamos locura debe entenderse como <<un proceso a través del cual desde premisas equivocadas, con una lógica estricta, se llega a conclusiones erróneas>>” (Esquirol 1805, tomado de “Pienso luego sufro”. Di Santis & Nardone, 2012).

 

Todas las monedas tienen dos caras y las redes sociales no son la excepción. Una cara de esta moneda es la capacidad que tienen las redes para conectar a las personas, generar alianzas, encontrar a otros, para mantener contacto con personas que viven en otras ciudades, en otros países.  Por ejemplo, a través de una red como Wikimujeres se ha logrado que alguien pueda llevar o traer unas llaves o un medicamento de una ciudad a otra –incluso de un país a otro-, o que una niña de Ibagué llegara a Bogotá y pudiera recibir la atención y el tratamiento médico necesarios para una enfermedad severa que presentaba en un pie. A su vez Twitter se ha convertido en la manera más rápida de “leer el periódico”, pues en cinco minutos, y con muy pocos caracteres, es posible enterarse en tiempo real de lo que está ocurriendo a nivel mundial frente a cualquier tema. Instagram, por su parte, es como una ‘galería’ a través de la cual se puede “seguir” la vida de personas que en la día a día posiblemente no se llegarían a conocer: artistas, cantantes, modelos, presentadores; incluso se puede llegar a conocer el “detrás de cámaras” de revistas, programas de televisión, desfiles, rescate de animales, etc. En otras palabras, las redes sociales, como su nombre lo indica, han permitido que el mundo esté constantemente conectado como una enorme red siendo esta la primera cara de esta moneda.

La otra cara de esta misma moneda es un fenómeno que veo a diario tanto en mis consultantes, como en mis amigos, conocidos e incluso en mí misma: una dependencia, y por esto mismo una inseguridad cada vez más profunda frente a lo que ocurre –o deja de ocurrir- en las redes sociales después de una publicación. Tan pronto una persona publica una foto o un comentario en cualquier red, se activa internamente una angustia por no saber si el “post” va o no va a tener éxito. ¿Y qué significa éxito? El número de ‘like’ que reciba. Empieza entonces un comportamiento, en ocasiones incluso compulsivo, de estar revisando minuto a minuto si el ‘post’ ha generado reacciones entre los seguidores: si le han puesto like o no, si ha sido comentado o no, incluso si se lo han recomendado a otras personas. Si todo esto ocurre, se genera internamente una sensación de tranquilidad, pues no solamente fue exitoso en términos del número de ‘like’ y comentarios, sino que además esto lleva a que la persona sienta que es admirada, apreciada, incluso querida por otros. De manera que se siente segura de sí misma y la angustia desaparece. Si por el contrario van pasando los minutos y no se recibe ningún ‘like’, ningún comentario, si nadie reacciona frente al post, esa angustia inicial empieza a crecer de manera desmesurada; y muchas veces, la gran mayoría, va además acompañada de dudas, cuestionamientos y comparaciones mentales de la persona consigo misma y con los demás.

 

¿Por qué mi amiga tiene más ‘like’ que yo?

¿Por qué a mí no me ponen ‘like’ en mis cosas?

¿Será que a nadie le interesa lo que yo hago?

¿Será que no tengo amigos en realidad?

 ¿Será que mejor quito el post?

¿Será que mejor cierro mi cuenta?

Yo sabía, a nadie le importa lo que me pasa…

 

Y así sucesivamente. Se parte entonces de un granito de arena después del cual, a fuerza de intentar responder racionalmente todas estas dudas y preguntas, la persona termina construyendo una montaña debajo de la cual queda sepultada. Y con ella, quedan sepultadas también su seguridad y su confianza en sí misma.

 

“A veces pienso que preferiría no tener nada: ni Facebook, ni Instagram, ni SnapChat, nada. Pero hoy en día todo pasa por ahí; básicamente si uno no está en las redes sociales, no existe porque todos los planes se cuadran por ahí, las invitaciones son por ahí, te enteras de los cumpleaños por ahí, todo pasa en ese mundo que existe y no existe. ¿Entonces cómo hago para poder estar ahí sin matarme de los nervios cada vez que publico alguna cosa?”

 

Para Lucía[1], una mujer joven, laboralmente exitosa, con una relación de pareja estable, ha sido interesante descubrir que gran parte del problema de ansiedad radica en lo que la motiva a hacer una publicación. Aunque no había sido del todo consciente hasta el momento, empezó a darse cuenta que la mayoría de las veces que publica una foto o un comentario lo hace más para ponerse a prueba que para compartir con otros.  Es decir, buscando seguridad en las respuestas de los demás. De lo que no se había dado cuenta es de la otra cara de esa moneda, pues si bien se siente segura cuando recibe comentarios y ‘like’, cuando no los recibe empieza la ansiedad, la inseguridad y la duda. Duda que se comporta como un cáncer que hace metástasis bastante rápido: Lucía empieza por cuestionarse si el ‘post’ no ha tenido tanto ‘éxito’ por el momento del día o por la hora, después pasa a pensar que puede ser por el contenido del post mismo que puede no ser interesante y finalmente, casi sin darse cuenta, termina concluyendo que no tiene amigos, que no es interesante para nadie, e incluso, llega a concluir que su vida vale muy poco. Y aunque puede parecer algo exagerado, no es la única que llega a esa conclusión.

 

Como bien dice Lucía, no estar en las redes sociales hoy en día no sólo es difícil, sino que en ocasiones puede ser incluso más perjudicial que benéfico. De manera que la pregunta no es si estar o no estar en ellas, porque Lucía ya había intentado controlarse cerrando las cuentas, evitando consultarlas durante el día, o dejando de compartir información, entre otras. Pero siempre termina reabriendo las cuentas, publicando información y perdiendo el control intentando controlar, cada minuto, si se han o no presentado reacciones a su post. Así que al identificar todo lo que había hecho que no había funcionado para el manejo de la ansiedad por la presencia o ausencia de un ‘like’, empezamos trabajando de dos maneras: la primera a través del manejo del tiempo, y la segunda, trabajar en lo que ella misma llamó “desde dónde lo hago”.

 

Partiendo de la base que toda restricción conlleva detrás una mayor trasgresión, el primer cambio que se introdujo fue que Lucía podía consultar las redes sociales pero debía hacerlo cada dos horas por un período de 10 minutos, ni un minuto más ni un minuto menos[2]. Asimismo podía tomar la decisión de no hacerlo, pero si decidía consultarlas, debía permanecer ahí durante 10 minutos sin hacer nada más. Después de un par de semanas, 10 minutos empezó a ser demasiado, lo que nos permitió descubrir que ella ya tenía el hábito de consultar las redes sociales mientras hacía otras cosas: trabajar, hablar por teléfono, almorzar, leer un libro, etc. De manera que no se daba cuenta que pasaba horas consultando pero sin estar del todo concentrada en ello. Al tener que pasar 10 minutos solamente viendo las redes sociales, empezó a ser para ella una tortura, lo cual la llevó a disminuir esta práctica a muy pocas veces al día.

 

El segundo aspecto que hemos ido trabajando ha sido identificar si lo que la lleva a hacer una publicación es el deseo de ‘medir’ las reacciones de los demás, o si es el deseo de compartir por el placer mismo de hacerlo. En caso de ser la primera razón, Lucía debe esperar una hora antes de publicar, y cuando ha pasado la hora debe observarse para darse cuenta si aún quiere hacerlo por las reacciones de los otros o si es por el deseo de compartir. De esta manera hemos disminuido el número de publicaciones, con lo cual ha disminuido también la ansiedad. Y al disminuir la ansiedad y la necesidad de aprobación, ha empezado a aumentar la seguridad en sí misma.

 

Encontrar un equilibrio – entendiendo por equilibrio mantener un movimiento constante – es muy difícil en cualquier aspecto de la vida. Pero, por fortuna, todo es difícil antes de ser fácil, y para lograr esta transformación son necesarias dos condiciones: la simplicidad y la constancia. Los cambios, tal como lo compruebo diariamente tanto en mi vida personal como en la laboral, deben ser sencillos, en ocasiones casi imperceptibles, para que la mente no se resista a ellos y los sabotee. Por eso es más fácil mantenerlos y lograr así un aprendizaje cuando son sencillos.  En esta forma se logra convertir lo que al principio era difícil en algo fácil, tal como lo ha hecho Lucía al convertir un ‘like’ en una fuente de alegría más que en una fuente de ansiedad.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

[2] Se parte del principio Estratégico de convertir un placer en una tortura. Para mayor información, se puede consultar el libro “Obsesiones, compulsiones, manías. Entenderlas y superarlas en tiempo breve” escrito por Giorgio Nardone y Claudette Portelli (2015).

A mayor vergüenza, menor posibilidad de ayuda

En ocasiones ocurre que les suena el celular a los pacientes mientras estamos en consulta. Algunos, muy pocos, sobre todo los más jóvenes, cuando responden dicen que no pueden hablar porque están en el psicólogo. Incluso tuve una paciente que me decía que siempre que hablaba de mí se refería a su “loquera” y así les respondía a quienes la llamaban: “Estoy donde mi loquera”. Sin embargo, son muy pocas las veces en las que los pacientes dicen que están donde el psicólogo. Por lo general las respuestas que oigo son: “Estoy en una junta”, “Estoy en una reunión”, “Estoy en una cita médica”, “Estoy ocupado, te llamo cuando termine”, entre otras cosas. Y comprendo muy bien que estas sean las respuestas porque socialmente está ‘mal visto’ e incluso es vergonzoso reconocer que tenemos un problema, más aún cuando el problema no es físico sino psicológico.

 

“Ese engaño social, esa imposibilidad de no poder hacer público lo que tengo me ha hecho daño, porque pareciera que fuera sucia, culpable, como si tuviera algo que esconder, y yo no me avergüenzo de tener un trastorno bipolar, yo sé que no soy culpable, tengo clara la enfermedad y en qué consiste, pero el silencio me cae mal, por eso, tal vez, ha sido tan fascinante volver a conversar conmigo y descubrir que ya no me da miedo escuchar mis propias palabras” (Gallo, C. Pág. 94)

 

La vida sin problemas no sólo no es posible, sino que es justamente en los momentos que nos enfrentamos a un problema en los que podemos detenernos a pensar, a reflexionar, a cuestionarnos sobre lo que estamos haciendo, sobre la vida personal, las relaciones, el trabajo, entre muchas otras cosas. La gran paradoja en la que vivimos los seres humanos es que a pesar de que no es posible vivir sin momentos difíciles, hemos construido una sociedad en la que es mejor no hablar de los problemas; en la que tener un problema, o peor aún una patología, es un motivo de vergüenza por el que las personas se deben esconder, como si no fuera suficiente tener que enfrentarse a diario con el problema mismo.

 

“Me dieron tu teléfono hace más de seis meses pero no había sido capaz de llamar porque para mí es difícil pedir ayuda. No sé si es por mi edad, por ser hombre, por la educación que recibí o por todas las anteriores. Pero tengo que confesarte que me da vergüenza reconocer que voy al psicólogo, tanto que a mi esposa le digo que voy a una junta o me invento cualquier cosa pero no le voy a decir que vengo aquí”.

 

Este hombre, exitoso laboralmente, inteligente, había vivido su vida “por las reglas”, como él mismo lo definió: se graduó del colegio, estudió una carrera, se casó, hizo un postgrado, tuvo tres hijos, les dio la mejor educación que pudo, los casó, trabajó hasta que se jubiló con una carrera exitosa, compró una finca de recreo para pasar su vejez, y finalmente estaba pudiendo disfrutar de los beneficios que obtuvo gracias a todos los ‘sacrificios’ que había hecho en su vida. Al menos eso es lo que creen las personas que lo rodean. Pero esa no es la realidad que vive hoy Gabriel[1] ni tampoco lo que ha vivido a lo largo de su vida. Por el contrario, desde muy joven empezó a cargar con el dolor de no haberse podido casar con la primera mujer que amó porque ella le fue infiel y él nunca pudo perdonarla. Además, cargaba siempre con una imagen social de tener una familia perfecta, cuando en realidad la relación de sus padres fue siempre un desastre: su padre era un hombre infiel, alcoholizado, que por lo mismo se gastaba todo el dinero en fiestas, y como consecuencia él y sus hermanas pasaban hambre. Pero ante la sociedad nada de esto podía revelarse, lo que implicó que Gabriel tuviera siempre la sensación de vivir una doble vida: “Me sentía miserable, siempre cargué en mí una profunda tristeza. Pero además yo era el único hijo hombre, entonces tenía que ser el macho de la familia. Y los machos ni lloran, ni sufren, ni sienten. Yo creo que he sufrido de depresiones hace muchos años, pero ¿cómo y con quién podía yo hablar de esto? Tal vez por eso me preocupé tanto por hacer una carrera brillante y por trabajar 24/7; para no tener tiempo de sentir porque creo que me hubiera venido abajo, como me está pasando ahora”.

 

Después de un problema de salud bastante severo, el médico le dijo a Gabriel que su problema no era físico sino emocional. Y él, por primera vez en su vida finalmente fue capaz de reconocerlo y buscar ayuda. “Quiero finalmente, aún a mi edad, ver si logro vivir una sola vida: la que yo siento. Y no tener que vivir como los demás esperan cuando en realidad por dentro siento que soy una persona triste y deprimida”.

 

Contrario a lo que Gabriel pensó en la primera cita, aunque al comienzo le costó mucho trabajo reconocerse vulnerable porque sentía algo de vergüenza, con el paso del tiempo empezó a sentir alivio, descanso y sobre todo, empezó a reconocer que tener problemas no es el problema real que hay que enfrentar. El problema de fondo es no poder reconocerlos, no poder aceptarse a sí mismo lo que siente y, por eso mismo, tampoco poderse sentar a hablar y a compartir con las personas cercanas lo que cada uno siente. Si bien él es consciente que decirle a su esposa que nunca ha estado enamorado de ella, y que se casó por comodidad más que por amor, no sólo no ayudaría a resolver el problema sino que causaría un daño irremediable e innecesario, ya ha empezado a comprender que puede compartir con ella momentos en los que no está bien de ánimo. Con el sólo hecho de pensar que es posible contarle que se siente triste, que le ha costado dejar de estar ocupado, e incluso que prefiere no ir a la finca el fin de semana porque se siente aún más triste cuando está tan aislado de todo, ha empezado a generar en Gabriel una sensación de tranquilidad que, según él mismo reporta, no había sentido desde que se casaron. Algo similar le ha ocurrido con sus hijos, con quienes ha empezado a desarrollar una relación más cercana porque por primera vez les ha compartido su lado más humano, más vulnerable, o como él mismo lo dice, más real. “Uno de mis hijos me dijo en Navidad que el mejor regalo que le había traído el niño Dios es que finalmente está empezando a acercarse a mí y a conocer quién soy realmente. Lo que él no sabe es que eso que él me dijo no solamente ha sido mi mejor regalo de Navidad, sino el mejor regalo de la vida”.

 

Sentarse a hablar de los problemas es como echarle un fertilizante a una mata, nos decía Giorgio Nardone con frecuencia. Cierto. Sin embargo, cuando no se habla por vergüenza, por miedo a mostrarse vulnerable, por miedo al juicio social, a ‘quedar mal’, esa abstención se va convirtiendo en el problema porque las personas empiezan a construir una doble vida, como lo dijo el mismo Gabriel.

 

Todos nos hemos encargado de construir una sociedad en la que pedir ayuda es visto como algo vergonzoso. De manera que todos podemos asumir esa responsabilidad y empezar a cambiar la creencia reconociéndonos a nosotros mismos que podemos tener problemas y que muchas veces, es necesario pedir ayuda para llegar a solucionarlos. En ocasiones la ayuda puede ser con las personas más cercanas y en otras puede ser necesario buscar una ayuda profesional de tal manera que podamos disminuir el sufrimiento tanto por ser capaces de resolver el problema como por ser capaces de vernos y reconocernos que todos somos humanos y por lo mismo, somos vulnerables. “Lo decisivo del trabajo asistencial es el acompañamiento porque muchas veces la soledad es uno de los males que más sufrimiento causa en la vida” (La Fageda, 2013).

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

La conciencia viene antes

 

  • “Le puse los cachos porque estaba borracha”
  • “Sí, me acosté con la novia de mi mejor amigo, pero la verdad es que estaba borracho”
  • “Dejé el carro en pérdida total porque salí tomado después de un evento”
  • “Estuve hospitalizada porque la droga que me metí me cayó mal y casi me muero”
  • “Me agarré a puños con mis amigos porque estaba drogado”

 

Escudarse detrás del consumo de alguna Sustancia Psicoactiva (SPA) para justificar un comportamiento, implícitamente da un mensaje: que las personas no tienen ni conciencia ni poder de decisión. De lo que se olvidan es que la conciencia y la decisión vienen antes de consumir la sustancia; de hecho, lo primero que revela la falta de conciencia es la decisión con respecto a consumir la sustancia que sea. “Yo no quería meter eso porque ya había probado y no había tenido una buena experiencia. Pero estábamos en una finca, todo el mundo estaba en las mismas, parecía un lugar seguro, en realidad me dejé presionar. Y lo siguiente que supe fue que amanecí en la cama con el novio de mi mejor amiga”.   

 

Victoria estaba en un paseo al que la habían invitado porque estaba muy triste a raíz de la terminación de su relación de pareja. Llevaba varias semanas sin salir, sin ganas de hacer nada, por lo que la mejor amiga le dijo que se fuera de paseo con el novio y los amigos, a quien Victoria conocía justamente por el vínculo con su amiga. Su amiga no podía ir al paseo por temas de estudio y por lo mismo pensó que la mejor acompañante para que le cuidara a su novio era justamente su mejor amiga. Victoria se fue a regañadientes porque realmente estaba muy triste. Al llegar a la finca, prepararon la comida y empezaron a tomar. “Yo no quería tomar mucho porque me conozco y sé que si estoy triste el trago es peor. Fijo termino llamando a mi ex a llorarle y al día siguiente el guayabo moral me mata”. Sin embargo, la presión de los amigos fue tan fuerte que Victoria terminó cediendo y aceptando unos tragos. Cuando ya estaba bastante tomada y a punto de irse a dormir, uno de los integrantes del grupo sacó drogas. Victoria sabía que se quería ir a dormir, pero en medio de la fiesta, de los efectos del trago, de la presión del grupo y del deseo de olvidar la tristeza que le producía haber terminado con el novio, aceptó una de las drogas.

 

“Me desperté y no me acordaba de nada. Me demoré un poco en entender en dónde estaba, con quién, de hecho no logré acordarme; hasta que vi al novio de mi mejor amiga acostado en mi misma cama. Lo desperté a gritos, en una angustia horrible y ahí me contó que nos habíamos dado besos la noche anterior, que no había pasado nada más pero que él se había acostado conmigo para cuidarme porque yo estaba muy mal. Lo que sentí en ese momento es lo más horrible que he sentido en toda mi vida”.

 

Después de reconstruir la historia, Victoria le pidió que se devolvieran a Bogotá y fueran de inmediato a contarle lo sucedido a su amiga. La amistad entre ellas terminó ahí, cosa que por obvias razones le ha dolido y la hace sentir muy culpable. Pero más allá de lo ocurrido con su amiga, lo que llevó a Victoria a pedir ayuda fue no entender qué fue lo que le pasó, por qué hizo lo que hizo, por qué actuó de esa manera.

 

A medida que fue avanzando la conversación durante la primera cita se fue poniendo en evidencia que el problema no era lo que había hecho bajo los efectos del alcohol y la droga, ya que cada organismo reacciona distinto. Por eso no es posible saber de antemano cuál va a ser la reacción de una persona al consumir una sustancia. El problema de fondo es la falta de conciencia previa al consumo, lo que la misma Victoria llamó “la desconexión conmigo misma”, que se ve reflejada en no haberse abstenido de consumir desde el momento en que sacaron el primer trago en lugar de haber cedido a la presión que ejercieron sobre ella. Victoria alcanzó a sentir que no quería consumir alcohol, y mucho menos drogas; pero en la medida que lo fue haciendo fue perdiendo el sentido de realidad, y ya bajo los efectos de una SPA se pierde la conciencia, la capacidad de decidir, de poner límites y se incurre en los errores en que la misma persona no quería caer. Por lo mismo el problema no se presenta cuando ya se ha consumido alguna sustancia, el problema se presenta por la falta de conciencia previa al consumo de cualquier sustancia.

 

“Me da vergüenza reconocerlo pero creo que nunca me he tomado unos tragos por gusto, por decisión propia. En cuanto a las drogas, yo no meto drogas, lo he hecho dos veces y las dos veces ni siquiera lo hice por mí, por curiosidad mía o porque quisiera probarlas; lo hice por presión, porque no iba a ser la única del parche que no iba a probar. Y lo peor es que en el momento en que me la ofrecieron estando en el paseo, yo sabía que no quería, mi conciencia me decía que no. Pero no fui capaz de mantenerme, de obedecerme a mí misma, y mira en lo que terminó haberle dado gusto a los demás por pena, por miedo, no sé por qué”.

 

Victoria no es una adicta, por eso su cuerpo no tiene ningún tipo de dependencia a ninguna sustancia, de manera que la conciencia y la voluntad están ahí. Su problema nada tiene que ver con un síndrome de abstinencia: tiene que ver con que a veces le cuesta oír su propia conciencia porque en la mayoría de los casos esto implicaría ir en contra del mundo en el que se mueve. Y el miedo a las burlas y al rechazo hace más fácil –no por eso más sano-, ignorar y acallar la propia conciencia, que escucharla y ser consecuente con ella.

 

“El verdadero misterio del mundo es lo que se ve, no lo invisible”, decía Oscar Wilde. Esto fue lo que poco a poco fue descubriendo Victoria al darse cuenta que el problema no radicaba en qué era lo que le había pasado mientras estaba bajo los efectos de las SPA, porque una vez más, saber cómo iba a reaccionar bajo los efectos de la combinación de ambas sustancias era imposible. El problema está en lo que ocurre en el momento previo al consumo, cuando ella estaba consciente y sabía que no quería tomar alcohol porque estaba vulnerable y triste, porque no quería perder el control de sí misma. Pero aun así, sabiendo eso, se dejó llevar por la vergüenza de quedar mal ante los otros, por el miedo a que la rechazaran o a que se burlaran de ella. El miedo a sufrir por el rechazo y la burla terminó haciendo algo que le generó un sufrimiento mucho mayor. Pero como todas las monedas tienen dos caras, el lado positivo de todo lo que ha vivido Victoria ha sido empezar a fortalecerse para vencer el miedo a que los demás puedan burlarse o rechazarla por pensar o hacer las cosas de manera diferente.

 

 

 

 

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

 

 

 

 

 

 

“Si miras hacia fuera, no puedes mirar hacia adentro”

“Si miras hacia fuera, no puedes mirar hacia adentro”

Swami Shivananda

 

“En la madeja caleidoscópica que nos compone, la razón, la inteligencia, solo ocupa un breve espacio en la superficie. Significativo, sin duda, pero superficial. El resto se pierde hacia adentro en capas más profundas que definen nuestro carácter. Por eso es fundamental, desde muy joven, navegar por esas aguas, descender, bajar a las profundidades de sí mismo para desactivar ciertos mecanismos autodestructivos que más adelante pueden echar por tierra una vida valiosa. El problema es que a la gente no le gusta hacer ese viaje. Y en el fondo es comprensible: no es fácil, toca ir a tientas, entre la penumbra, tropezándose con situaciones desagradables que apestan, que hieden, con dolores terribles, con heridas que aún están sangrando. Pero quien no conoce el sótano de sí mismo, las cañerías, los subterráneos, está condenado más tarde a perecer en ellos” (Mendoza, 2016. Tomado del libro ‘Mi bipolaridad y sus maremotos’ de Catalina Gallo).

 

La pregunta sobre cuál es el sentido de la vida en algún momento se la hacen todas las personas. Tiende a presentarse con mayor frecuencia ante alguna situación inesperada que exige cambios repentinos, como un desastre natural, una situación que no se puede controlar y que cambia la vida de una persona o, peor aún, cuando los mismos seres humanos son víctimas de una masacre o de un asesinato. En esos momentos de vulnerabilidad es cuando con más fuerza surge la pregunta sobre el sentido de la vida. Sin embargo, no son los únicos. A veces frente a situaciones más cotidianas vuelve a aparecer esta pregunta. Este ha sido el caso de dos consultantes que he visto desde hace un tiempo; y aunque consultan por razones aparentemente opuestas, al final la pregunta que se les plantea es la misma: ¿Cuál es el sentido de mi vida?

 

El primer caso es el de Eva[1], una mujer que lo que más quería era ser madre y había dedicado años de su vida a quedar embarazada. A pesar de que tanto su cuerpo como el de su esposo estaban en perfectas condiciones, por alguna razón humanamente inexplicable, ella no quedaba en embarazo. De manera que después de haberlo intentado naturalmente durante varios meses, decidieron someterse a tratamientos artificiales. Y al año en este propósito Eva quedó embarazada. “Cuando miro hacia atrás me doy cuenta que cuando me dijeron que estaba embarazada mi vida adquirió sentido; fue como si todo estuviera bien, como si ya nada importara y yo no volví a pensar en nada diferente a que iba a ser mamá”. A partir de ese momento Eva empezó a ser una persona que ella misma define actualmente como feliz. A pesar de los síntomas del embarazo y de lo pesada que se iba sintiendo a medida que iba ganando peso, siempre estaba sonriente, alegre, nada de lo que ocurría a su alrededor le preocupaba ni la afectaba tanto por lo que iba a ser madre.

 

Al nacer su hijo esa sensación de felicidad y plenitud aumentó y así se mantuvo hasta el día que el niño tuvo edad para entrar al jardín infantil. “Lo dejé y yo me quedé llorando. Él entró tranquilo, lloró un poquito al comienzo pero en realidad entró súper tranquilo y aunque suene horrible decirlo, eso me hizo sentir peor porque esperaba que le doliera tanto como a mí tener que dejarlo. Pero fue cuando me monté al carro que tuve una sensación de vacío y de soledad horribles, fue ahí que me pregunté ¿cuál es el sentido de mi vida si mi hijo ya no está? Y no he podido sentirme bien desde entonces porque creo que mi vida, por mí misma, no tiene sentido”.

 

El segundo caso es el caso de Andrés[2], un hombre que desde muy joven sintió una vocación enorme para hacer con su vida lo que quería a nivel profesional. Así que empezó a hacer todo lo necesario para sacar adelante su proyecto sin darse cuenta que su vida, el sentido de su vida, se lo fue dando el trabajo. “No te lo digo de arrogante pero hoy en día ya tengo un nombre, la gente ya conoce mi proyecto, me llaman de todas partes, hago asesorías, me pagan súper bien, todo lo que siempre soñé lo tengo. Y a pesar de eso, no le encuentro el sentido a mi vida”.

 

Aunque aparentemente Eva y Andrés consultan por motivos distintos, los dos tienen algo en común: sin darse cuenta, creyeron que el sentido de su vida se los daba algo externo. En el caso de Eva su vida se volcó hacia su hijo, con lo cual se dejó de lado a sí misma como mujer, dejó de lado sus espacios, los momentos en los que estaba sola y en los que podía pensar y cuestionarse sobre sí misma, sobre lo que quería y sobre lo que era. Inicialmente fue para ella un alivio porque con la llegada del niño parecía que habían desaparecido todas esas preguntas y cuestionamientos. Pero como tiende a ocurrir con las cosas que se evitan, no sólo no se solucionan sino que se vuelven cada vez más grandes, ergo, más difíciles de solucionar.

 

En el caso de Andrés, lo que le empezó a disipar sus dudas y a llevarlo a pensar en algo que no fuera él ni el sentido de su vida, fue su trabajo. Al igual que para Eva con su hijo, en el caso de Andrés el trabajo se convirtió en todo: en el centro de atención, en su preocupación permanente, en lo único a lo que le dedicaba tiempo, tapando con ello la pregunta sobre el sentido de su vida. Sin embargo, cuando ese ‘hijo’ creció y empezó a andar solo, cuando ya no tenía que estar 24/7 solucionando problemas y permaneciendo en la oficina, volvieron todas las dudas y las preocupaciones, y con ellas una angustia que se manifestaba en una sensación de vacío en la boca del estómago que, aunque intentaba taparlo con su misma estrategia –por demás disfuncional-, de sólo trabajar, no lograba disipar ese vacío. Fue entonces cuando se dio cuenta que si bien su trabajo era importante y que también ha sido maravilloso poderse dedicar a lo que realmente lo apasiona, este exceso de importancia al trabajo se había convertido en una forma de evitar lo inevitable: hacerle frente a la pregunta sobre el sentido de su vida.

 

Tal como les ha ocurrido a Eva y a Andrés, son muchas las personas que en diferentes momentos se cuestionan sobre cuál es el sentido de la vida: para qué trabajar, para qué levantarse todos los días, para qué los amigos, para qué la familia, para qué el sufrimiento, el dolor, la felicidad, en resumen, para qué se vive. Y muchas veces esas preguntas, esas dudas existenciales, generan miedo; y ante el miedo la principal estrategia del ser humano es evitar. Sin duda la evitación es útil en muchas ocasiones, como lo es en casos en que la vida de una persona puede estar en peligro o en los que corre riesgos como salir de un banco con dinero en efectivo en una zona insegura de una ciudad, o montarse a un carro con una persona que está tomada. Sin embargo, cuando se acude a la evitación por miedo a hacerle frente a situaciones que es posible superar enfrentándolas, como fue el caso de Eva y Andrés, la evitación prolongada en el tiempo no solamente no superan el miedo o la angustia que puede generarles una pregunta como cuál es el sentido de la vida, sino que aumenta dicha angustia. Es así como se va formando un círculo vicioso entre evitación y angustia que acaba en una sensación de incapacidad sobre los propios recursos y capacidades.

 

Muchas personas, por el miedo a confrontarse consigo mismas, optan por refugiarse en el trabajo, en la relación de pareja, en la maternidad, en las fiestas, en el deporte, en el estudio, etc., todo para evitar la pregunta sobre el sentido de su vida. Ninguna de estas opciones es negativa per se; por el contrario, sentir pasión por el trabajo, dedicarle tiempo, preocuparse por cultivar las relaciones familiares, tener el sueño de ser madre o padre, cuidarse el cuerpo a través del deporte, entre otras, hacen parte de la vida y son importantes. El problema se presenta cuando se pretende encontrarle el sentido a la vida con estas cosas porque todas son pasajeras con lo cual el sentido de la vida se va perdiendo cuando todas estas cosas van cambiando.

 

Gracias a mis propias experiencias personales y al trabajo que hago con los pacientes, he descubierto que el camino del contacto interior, de la meditación o de cualquier práctica espiritual que nos  exija estar en silencio, aprender a estar con nosotros mismos, descubrir que no somos perfectos, reconocernos como seres humanos vulnerables, con dudas, cuestionamientos y preocupaciones que nos pueden generar ansiedad, es lo que poco a poco nos va permitiendo darle sentido a la vida. En el momento que ‘enfrentamos’ nuestros fantasmas – o, como me dijo Andrés, “nuestros demonios” -, empezamos a conquistar la libertad que nos permite estar tranquilos independientemente de lo que pase a nuestro alrededor. Cuando podemos estar en silencio, solos, reconociendo lo que cada uno de nosotros tiene por dentro y aceptando que algunas cosas no sólo no nos gustan sino que además nos hacen sufrir, empezamos a descubrir que aunque el camino es arduo, es el mejor camino porque nos permite crecer realmente como seres humanos y finalmente darnos cuenta que el sentido de la vida mora en el interior de cada uno de nosotros.

 

Mattieu Ricard, catalogado como el ser humano más feliz del mundo, matemático francés de formación, después de dedicar muchos años de su vida al mundo académico finalmente se dio cuenta que no era por ese camino que iba a encontrar la felicidad, describre -a mi juicio-, de manera magistral lo que intento exponer en este artículo.

 

Sobre el mundo interno y sobre el mundo externo

No dudamos en estudiar durante quince años, en formarnos profesionalmente a veces durante varios años más, en hacer gimnasia para mantenernos sanos, en pasar gran parte de nuestro tiempo mejorando nuestro confort, nuestras riquezas y nuestra posición social. A todo esto le dedicamos muchos esfuerzos. ¿Por qué dedicamos tan pocos a mejorar nuestra situación interior? ¿No es ella la que determina la calidad de nuestra vida? ¿Qué extraño temor, indecisión o inercia nos impide mirar dentro de nosotros, tratar de comprender la naturaleza profunda de la alegría y la tristeza, del deseo y del odio? Se impone el miedo a lo desconocido, y la audacia de explorar el mundo interior se detiene en la frontera de nuestra mente. Un astrónomo japonés me dijo un día: “Hace falta mucho valor para mirar dentro de uno mismo”. Esta observación de un sabio en la plenitud de la madurez, de una mente estable y abierta, me intrigó. ¿Por qué semejante indecisión ante una búsqueda que resulta tremendamente apasionante? Como decía Marco Aurelio: “Mira dentro de ti; ahí es donde está la fuente inagotable del bien”.

Sin embargo, cuando desamparados frente a ciertos sufrimientos interiores, no sabemos cómo aliviarlos, nuestra reacción instintiva es volvernos hacia el exterior. Nos pasamos la vida “chapuceando” soluciones improvisadas, intentando reunir las condiciones adecuadas para hacernos felices. Con ayuda de la fuerza de la costumbre, esa manera de funcionar se convierte en la norma, y el “¡así es la vida!” es la divisa. Aunque la esperanza de encontrar un bienestar temporal a veces se ve coronada por el éxito, lo cierto es que nunca es posible controlar las circunstancias externas en términos de cantidad, de calidad y de duración. (Tomado del libro ‘En defensa de la felicidad’, de Matthieu Ricard)

pág. 38-39)

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

[2] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

La razón de razón no entiende

Los seres humanos tenemos la tendencia a querer comprender todo lo que nos ocurre desde la razón, desde el pensamiento racional. De ahí se desprenden las preguntas de ‘¿por qué?’, ‘¿cómo habría sido si?’, ‘¿cómo sería si?’, entre otras. Paradójicamente son esas preguntas y las subsiguientes explicaciones racionales las que llevan a las personas a sentirse aun más confundidas; en ocasiones incluso ansiosas y ofuscadas porque a pesar de todos los intentos racionales por tratar de comprender nuestras emociones, nuestros comportamientos e incluso los mismos pensamientos, las explicaciones no dan respuesta. Entonces las personas empiezan a sentir una contradicción interna que termina llevando a una mayor incertidumbre, porque esos “por qué”, no tienen respuestas racionales.

“Me da miedo contagiarme de esa enfermedad que da tanto, que le da a las personas de todas las edades y de ambos géneros; esa enfermedad que empieza por C y que obliga a que las personas tengan que hacerse tratamientos de quimioterapia. No puedo oír esa palabra, no la puedo pronunciar porque inmediatamente siento miedo a contagiarme a pesar de que sé que no es posible. Pero no puedo evitarlo, tengo que lavarme las manos siempre que oigo esa palabra. La vida se me está convirtiendo en un infierno”, me dijo Margarita[1] en la primera cita.

Oír la palabra cáncer, leerla o escuchar una conversación en la que se mencionara dicha enfermedad, le generaba tal pánico que intentaba evitar a toda costa el contacto con ese término. Sin embargo, eso no siempre era posible y tal como le ocurrió en octubre, el mes de prevención del cáncer, los mensajes que escuchaba eran constantes. Como consecuencia de no poder evitar y de la ansiedad que esto mismo le generaba, empezó a lavarse las manos de manera compulsiva cada vez que oía la palabra. Lo hacía hasta que se sentía tranquila sin importar el tiempo ni la cantidad de veces que tuviera que lavarse las manos.

Después de un año de estos rituales, la vida se le había reducido a su obsesión: Margarita había disminuido considerablemente la salida con los amigos, había dejado de montar en transporte público por el miedo a oír algo en el radio, evitaba pasar cerca de cualquier puesto de salud y en general, había empezado a encerrarse en su casa, lo que estaba generando, en palabras de ella, “un estado de ánimo depresivo”.

“Cada vez que voy a salir de mi casa pienso, hago todo un razonamiento racional para darme cuenta que obviamente no puedo contagiarme de eso por oír el término, por una conversación, por pasar en frente a una clínica, por el radio del carro, es que mientras te lo digo me parece la cosa más estúpida del mundo! Pero esa tranquilidad me dura hasta que salgo del edificio. Tan pronto estoy en la calle vuelvo a sentirme vulnerable, entonces no soy capaz de montarme a un bus, de coger un taxi y si de verdad me toca porque me toca, le pido al taxista que apague el radio o si voy en el bus, voy rogando que no vaya a sonar nada del tema. Con tan mala suerte que siempre termina saliendo algo, octubre fue un infierno y mira ya en este punto cómo tengo las manos”.

En las manos ya se veía una resequedad excesiva que estaba empezando a generarle dolor. Pero más allá de eso, lo que más frustrada tenía a Margarita era darse cuenta que a pesar de su razonamiento racional, de sus explicaciones lógicas, su problema se mantenía; y no sólo eso sino que era cada vez peor. “¿Por qué si yo sé que no me puedo contagiar así no soy capaz ni siquiera de decir el término? ¡Es absurdo!”

Teniendo en cuenta que todos los intentos que Margarita había puesto en práctica hasta el momento para tratar de superar su obsesión habían sido racionales (explicaciones y convencimientos mentales que no solamente no funcionaban sino que además estaban alimentando su problema), pudimos empezar a introducir una idea distinta: si se limita a pensar, continúa alimentando el problema, de manera que para lograr un cambio lo que debe hacer es percibir la realidad de manera diferente (Nardone & Portelli, 2013). Fue así como Margarita aceptó asumir un pequeño reto diario, entendiendo reto como empezar a enfrentar alguna de las situaciones que había evitado hasta el momento: prender el radio, coger un bus, pasar frente a una clínica, etc. Ella debía escogerlo diariamente teniendo en cuenta que debían ser retos sencillos para que pudiera asumirlos porque si un cambio es demasiado grande, genera una resistencia aún más grande. Si después de asumir el reto aparecía el miedo y la obsesión de poderse contagiar y como resultado de esta sentía la necesidad inevitable de lavarse las manos, lo podía hacer siempre y cuando se dejara una parte de la mano sin lavar.

Margarita regresó sorprendida a la segunda sesión porque había logrado asumir los pequeños retos casi a diario y aunque también había tenido que lavarse las manos, había sido capaz de dejarse una parte de la mano sin lavar. “Me di cuenta que no pasa nada si me dejo una parte de la mano sucia, es decir, no me da ansiedad ni tampoco me quedo pensando en la enfermedad si no me lavo una parte de la mano”. Darse cuenta que “no pasa nada” si no se lava la totalidad de las manos nos permitió dar un paso más: dejar sucia una parte más grande de la mano; de una falange pasamos a un dedo. Y en la tercera sesión, una vez más, el resultado fue que “no pasa nada”. De manera que ella, por su propia voluntad, decidió dejarse un dedo y una falange más sin lavar. Y también en este caso obtuvo el mismo resultado: no pasa nada.

La sensación de “no pasa nada” ha sido el resultado de su propia vivencia, no de sus pensamientos. Es la sensación la que le ha permitido empezar a cambiar su cognición ya que nada hay en la mente que no haya pasado primero por los sentidos, como bien dijo Aristóteles. Es por eso que para lograr un cambio lo primero que hay que cambiar es la sensación, la emoción, que finalmente permitirá un cambio de percepción, reacción y por último, un cambio en la cognición (Nardone, 2008). Un cambio no es el producto de los razonamientos sino de la experiencia porque la razón, de razón, no entiende.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de la consultante

La pareja no es familia

Una de las preguntas que con más frecuencia me hacen los padres de adolescentes es por qué sus hijos hacen en casa de los amigos todo lo que en su propia casa no hacen: “A mí me llaman las mamás de las amigas de Emilia[1] después de pasar con ella un fin de semana y duran horas diciéndome la maravilla que es Emilia, lo educada que es, que recoge los platos, que todo lo agradece, saluda y se despide de beso de todo el mundo, en pocas palabras, Emilia en la casa de las amigas es todo lo que en la casa no es. ¿Me puedes explicar por qué?” La explicación, para mí, es doble: por un lado los amigos no son familia, y por esa razón son vínculos que se pueden perder, acabar sin ocasionar el trauma que casi siempre conlleva el rompimiento de vínculos de amistad; y por el otro, los padres ‘todo lo aguantan’: así las reacciones de los hijos sean maltratantes y groseras, los padres siempre van a ser los padres y los hermanos también. Por eso es muy frecuente que las relaciones familiares sean las que menos se cuidan.

 

Cuando las personas se casan, forman un nuevo núcleo familiar que empieza por la pareja y continúa con los hijos, cuando los tienen. Sin embargo, la relación de pareja no es una relación de consanguinidad –en este sentido no es una relación ‘familiar’- y quizás por eso ‘no lo aguanta todo’. “Me equivoqué. Pensé que la relación con Carolina[2] iba a aguantarlo todo, y quizás por eso, sin darme cuenta, la descuidé a tal punto que ahora ella no sabe si quiere seguir con el matrimonio”, dijo Daniel[3] en la primera cita angustiado porque su esposa, después de siete años de matrimonio, le había pedido una separación temporal.

 

Durante los primeros años de matrimonio ambos se habían preocupado por compartir tiempo en pareja. Por ejemplo, salían a almorzar al menos una vez por semana, hacían alguna comida especial fuera de la casa, los fines de semana trataban de hacer deporte juntos al menos una mañana, y buscaban sitios para salir a desayunar porque ambos compartían el gusto por el desayuno. Pero con el paso de los años él fue dedicándole cada vez más tiempo al trabajo -porque lo habían ascendido-, que además implicaba eventos fuera de la oficina por el tipo de cargo que ocupa. Y cuando no estaba trabajando, se dedicaba a otras actividades como jugar fútbol con los amigos dos noches por semana. Como consecuencia, los fines de semana quería dedicarse a jugar video juegos y a dormir para recuperarse del cansancio acumulado durante la semana. “Tengo que reconocer que Carolina varias veces me dijo que me sentía distante, que trabajara menos, que pasáramos más tiempo juntos. A veces incluso me decía que llegara a la casa temprano en vez de ir a jugar por las noches,  y que aprovecháramos para ver una película o salir a comer. A mí me daba rabia que me dijera eso porque sentía que me estaba quitando las cosas que me gustan, entonces nunca le hice caso. Ahora entiendo a qué se refería y ya no sé si es demasiado tarde”.

 

A Daniel le estaba ocurriendo lo mismo que les tiende a ocurrir a los adolescentes con sus familias: dio su relación por sentada porque creyó que lo aguantaría todo. Y aunque en el caso de las relaciones familiares de consanguinidad puede haber peleas e incluso conflictos que generen distanciamientos a lo largo del tiempo, al final los vínculos son más profundos y por eso resisten más las dificultades que enfrentan antes de producir un rompimiento. Pero en una relación de pareja no ocurre lo mismo porque no hay vínculos de sangre y por eso exige cultivarla más para poder mantenerla. En muchos casos se presume que casarse es el punto de final de la relación. Pero es todo lo contrario: el matrimonio es el punto de partida. Más aún si se tiene en cuenta que con el paso del tiempo es muy fácil que las relaciones se vuelvan rutinarias y que la misma rutina contribuya a que disminuyan los detalles entre los conyugues y se dejen de lado el cuidado físico de cada uno, el coqueteo y la frecuencia de las relaciones sexuales, entre otras cosas. Lo que se requiere es exactamente lo contrario: reinventar permanentemente la relación, ingeniarse nuevos planes, tener cada día más paciencia, más creatividad y dedicarse cada vez más tiempo mutuo. En síntesis: dedicarle cada día más energía al cuidado del vínculo.

 

Daniel ha comenzado ya a hacer un trabajo en sí mismo porque conversando con Carolina se dio cuenta que antes de pensar en hacer un trabajo y un esfuerzo como pareja, él necesita hacer el trabajo individual que requiere para poder aceptar que se equivocó y perdonarse por ello. Carga consigo una culpa grande porque reconoce que su esposa le pidió en varias ocasiones que hiciera cambios, que se preocupara más por ella y por alimentar la relación de pareja. Pero él mismo ve que se demoró mucho tiempo en ver esa necesidad: fue necesario que la relación entrara en una crisis de la que él aún no sabe si va a poder salir para que empezara a ver la importancia de alimentar, diariamente, la relación de pareja.

 

Como ‘ser inteligente para atrás’ es fácil, en este momento le es posible ver todo lo que tuvo que haber hecho y no hizo. Pero pretender cancelar los errores del pasado significa retenerlos en el presente. Por esto Daniel actualmente está llevando a cabo un proceso para poder archivar el pasado en el pasado y así finalmente empezar a trabajar en su presente para poder reconstruir con Carolina una relación de pareja en la que el vínculo se alimente a diario; una relación en la que la prioridad en la vida de ambos sean el uno y el otro -sin que eso implique perder su independencia-, sabiendo ya por su propia experiencia que si la relación no se alimenta y no se trabaja, terminará por acabarse porque la relación de pareja, a diferencia de las relaciones familiares, no lo aguanta todo.

 

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad de los consultantes

[2] Nombre ficticio para proteger la identidad de los consultantes

[3] Nombre ficticio para proteger la identidad de los consultantes