Gracias a mi hija Lucía por sacar mis sombras.

“Lo que no queremos ser, lo que no queremos admitir, lo que no queremos recordar forma nuestro polo negativo, forma nuestra sombra. El repudio de la otra mitad de las posibilidades no las hace desaparecer, sólo las niega en la conciencia (…) La sombra nos angustia, por eso la hemos rechazado (…) La sombra es todo lo que el individuo no logra reconocer de sí mismo, para concluir ocupándose en especial de esa parte (…) La sombra contiene todo lo que consideramos malo, lo cual nos lleva a creer que debemos combatirla. Pero resulta que el bien depende del mal. Si fuéramos capaces de conocer y aceptar nuestra sombra, tal vez no habría nada para combatir”

 (Gutman, 2006).

 

Durante mis estudios en la universidad, tuve un novio que me molestaba porque según él, yo era muy “nerda”. Se burlaba de mi porque estudiaba mucho, porque me esforzaba para cada clase como si fuera la única, en resumen, porque dedicaba mucho de mi tiempo al estudio en general. ¿Qué puedo decir? Tenía razón. Y no sólo tenía razón para ese momento porque aun hoy siendo esa persona ‘nerda’ y muy dedicada a mi vida académico-laboral. Creo que gran parte de lo que me ha permitido ser así es que, desde niña, conté con el apoyo de mis padres para hacer y dedicarme a lo que he querido. Desde que decidí estudiar Psicología, después cuando me fui a hacer la Maestría en Terapia Breve Estratégica y desde que regresé y empecé a trabajar como psicoterapeuta independiente hace casi diez años, he podido trabajar siempre en lo que me apasiona: la terapia.

Desde que me fui al Centro de Terapia Strategicaen Arezzo Italia en mayo de 2008 a hacer la Maestría, me he dedicado a estudiar, a aprender y a hacer terapia. Y sin darme cuenta, han pasado casi diez años en los que nunca me he retirado de trabajar por un tiempo indefinido. Me he ido de vacaciones, a hacer cursos, actualizaciones, pero jamás había parado de trabajar por un tiempo indefinido hasta ahora que voy a ser mamá.  Y en este proceso de empezar a ‘desprenderme’ de mi trabajo para dedicarme a la maternidad, he descubierto y entendido a qué se refiere Laura Gutman en su libro “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”cuando habla de ‘las sombras’.  Ella plantea que los bebés vienen, entre otras cosas, a sacar las sombras de las madres, es decir, todos esos miedos, temores, expectativas, angustias, rabia, desesperanza, preocupaciones, etc., a los que tenemos que enfrentarnos cuando nace un bebé que durante tanto tiempo depende 100% de nosotras. Y no solamente son temores relacionados con la maternidad como tal, con el parto, la lactancia y la salud del bebé. Son temores que cada una de nosotras carga frente a si misma como ser humano, como individuo, como mujer. Y en este proceso de descubrir mis sombras, me he dado cuenta   ‘me casé’ con la identidad de ser una mujer profesional y ahora que voy a poner esa identidad en pausa, han salido una cantidad de miedos y cuestionamientos que no sabía que tenía.

  • ¿Cuánto tiempo voy a dejar de trabajar?
  • ¿Será que en algún momento voy a querer volver a trabajar?
  • ¿Será que voy a perder a mis pacientes?
  • ¿Voy a volver a tener pacientes?
  • ¿Será mejor no retirarse del todo?
  • ¿Y si dejo de ser buena terapeuta?
  • ¿Y si cuando vuelva a trabajar ya no tengo pacientes?
  • ¿Y si mis pacientes se quedan donde mis colegas y no vuelven?
  • Voy a dejar de ganar dinero…

Así sucesivamente se me han empezado a presentar esas preguntas que Nardone denomina preguntas estúpidas para las que respuestas inteligentes no hay. Pero claro, ellas llegan automáticamente y no sólo llegan, sino que es difícil detenerlas y liberarse de ellas. De manera que he empezado a trabajarlas como lo hemos hecho con varios de mis pacientes: bloqueando mentalmente las respuestas para inhibir las preguntas (Nardone, 2009). Y cuando mi mente es más fuerte que yo –que pasa con frecuencia-, entonces me siento a escribir y a exasperar ese diálogo interno hasta que finalmente ella empieza a callarse y yo voy logrando practicar una estratagema que me encanta, pero al mismo tiempo me parece muy exigente: vencer sin combatir (Balbi & Nardone, 2009).

En momentos así, cuando finalmente logro sobre pasar mi ego y silenciarlo (al menos por un rato), empiezo a ver mi sombra y a darme cuenta de que detrás de esas dudas, esos cuestionamientos, esos miedos, está mi ego. Esa necesidad interna de protagonismo y reconocimiento a la que me apegué sin darme cuenta, que se volvió mi identidad y por lo mismo, ahora que voy a pasar a construir la identidad de mamá, que no tiene por qué ser excluyente a la de mujer profesional y exitosa, se resiste a cambiar, es la que en muchos momentos me ha generado sufrimiento, desasosiego, angustia. Y aunque en esos momentos no lo disfruto ni me siento bien, ser capaz de identificar que eso me pasa y poder enfrentarlo para trabajarlo, poco a poco me ha ido permitiendo construir una mayor tranquilidad interna y creo que en el fondo, me está permitiendo ser más libre.

Aun me falta bastante por trabajar, lo sé. Lo sé gracias a las pacientes que he podido acompañar en su proceso de pasar a ser madres y de ejecutar ese rol, a quienes ahora comprendo aún más que antes. Lo sé porque mientras espero a que nazca Lucía, tengo momentos en que sale mi ‘Pepe Grillo’ a cuestionarme por qué no estoy haciendo nada, si debería estar atendiendo al menos unos pocos pacientes, si debería estar “aprovechando” el tiempo de otra manera. Estoy en un limbo porque Lucía no ha nacido con lo cual me levanto, desayuno, hago deporte y quedo libre. Y es justo ahí que aparecen mis sombras a mostrarme que desde la universidad y hasta hoy, el estudio y posteriormente el trabajo han sido formas de alimentar mi ego. Entonces ahora que estoy resignificando mi vida laboral y que además me estoy construyendo y descubriendo como mamá, me doy cuenta que las sombras son mías, que Lucía vino a sacarlas para que yo las enfrente, las trabaje y finalmente las vaya disolviendo hasta que por lo menos estas, desaparezcan. Y así finalmente mi ego se vaya disolviendo porque si algo creo que he descubierto gracias a mi camino espiritual y ahora a esta labor de convertirme en mamá es que el trabajo más profundo, difícil y por lo mismo gratificante es la disolución del ego.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

Quiero hacer más para ayudar al mundo

“Si quieres servir al mundo, empieza por servirte a ti mismo”.
Swami Shivananda.

 

“Quiero hacer más para ayudar al mundo”, me dijo Amelia[1]en nuestra primera cita. Ad portas de terminar la universidad, ella tenía una sensación que,según me contaba, sentía desde que estaba en el colegio: una profunda necesidad de trabajar por el mundo, para ayudar al mundo; en sus propias palabras, ‘para tratar de salvar el mundo’.

 

Cuando Amelia se graduó del colegio, se fue a vivir fuera del país en un programa de voluntariado por los niños desnutridos. Al regresar, entró a la universidad y simultáneamente a sus estudios, empezó a trabajar en una fundación que desarrolla programas para habitantes de la calle. Durante las vacaciones, siempre buscaba ‘combinar’ el descanso con el servicio, yéndose unas semanas a descansar con su familia pero siempre dejando tiempo para alcanzar a regresar y participar en alguna obra social que le permitiera trabajar por alguna comunidad menos favorecida. Y así ha transcurrido la vida de Amelia desde muy niña: disfrutando los privilegios que ha tenido por haber nacido en una familia acomodada en Colombia, pero al mismo tiempo buscando agradecerle y devolverle al mundo justamente todos los privilegios que ha tenido.

 

A pesar de haber dedicado gran parte de su vida a prestar servicio, porque según ella es lo que siempre ha querido hacer, no dejaba de desconocer que acompañado a esa satisfacción, había también una sensación de ansiedad y vacío. Pero Amelia había sido siempre muy hábil para evadirla, para no enfrentar esa ansiedad ocupando cada vez más su tiempo en actividades de servicio porque creía que eso iba a llenarle ese vacío. Pero estando ad portas de graduarse de la universidad, y a pesar de tener claro hacia dónde quiere encaminar su vida desde el momento que se gradúe, la ansiedad no sólo no ha desaparecido sino que incluso ha ido aumentando. Y eso fue lo que finalmente llevó a Amelia a cuestionarse sobre cómo ha manejado su ansiedad porque desde una perspectiva racional, no tendría por qué sentirla ya que en este momento tiene un trabajo que cumple con todas sus expectativas, en el que además va a poder seguir prestando un servicio a los menos favorecidos y sumado a esto, es la primera vez que recibirá un salario por ello. Por todo esto, Amelia no lograba entender qué es lo que está manteniendo su ansiedad.

 

A medida que fuimos hablando durante las sesiones fui recordando una historia que cuenta con frecuencia mi Maestra. Hace varios años, uno de sus discípulos más allegados era un hombre realmente consagrado a la meditación, a practicar los kriyas. Dedicaba casi ocho horas de su día al trabajo espiritual por lo que se sentía contento y muy bien consigo mismo. Sin embargo, no se hablaba con su padre. Por esta razón, en algún momento la Madre lo confrontó al respecto haciéndole ver la incoherencia entre su trabajo espiritual y su vida cotidiana: si estaba dedicando ocho horas de su vida diaria a meditar pero no se hablaba con su padre, no estaba haciendo nada. Porque si se medita durante ocho horas al día, lo primero que tendría que verse serían los efectos de dicha práctica en la vida cotidiana, en sus acciones, en sus relaciones interpersonales, empezando sobre todo por sus relaciones familiares. Pero si después de meditar durante ocho horas diarias nuestros conflictos con nuestro mundo interno y externo se mantienen igual, realmente no estamos logrando nada con esa meditación.

 

Creer que por sentarnos a meditar, a orar, a ir a misa, a rezar, estamos cambiando el mundo, si estas prácticas no generan cambios concretos y visibles en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas con el mundo que nos rodea, estan equivocado como pensar que lo que debemos hacer es dedicar nuestra vida a “salvar el mundo”. Salvar el mundo entendido como vincularse a causas sociales, yéndose a vivir a otro país para ayudar a salvar a otros, donar sangre periódicamente, donar tiempo, viajar por el mundo dictando conferencias sobre la importancia de salvar al planeta, etc. Pero si eso se hace sin trabajar en nosotros mismos, en las relaciones más cercanas con nuestra familia, con nuestros amigos, ¿De qué le sirve al mundo un conferencista exitoso que le es infiel a su pareja? ¿O que la maltrata verbal o físicamente? ¿Para qué un voluntario que le dona su tiempo a los niños con hambre si internamente es una persona infeliz que tiene que refugiarse en el exceso de trabajo o en alguna sustancia psicoactiva?

 

Uno de los principales descubrimientos de Amelia durante este proceso ha sido darse cuenta que hay una cierta arrogancia en su decisión de trabajar por los demás. Que aunque lo hace con gusto y convicción, también siente una necesidad de reconocimiento por parte de los otros. Aunque esto último nos ocurre a todos en mayor o menor medida, es más contradictorio que esto ocurra cuando dedicamos nuestro tiempo a trabajar por los demás. “Desde muy chiquita he sido una persona insegura, la relación con mi cuerpo no es la mejor.  No puedo decirte que tenga un trastorno alimenticio pero sé que sí tengo un tema con la comida y claro, cuando me voy a trabajar a esos lugares apartados del mundo, escasamente hay comida; entonces tengo la disculpa perfecta para justificar por qué pierdo tanto peso. Por estar viajando tampoco tengo tiempo de tener una relación de pareja. Pero en verdad es más el miedo que me da querer a alguien, que alguien me quiera, de pensar en tener una relación sexual con alguien que se me vuelve el escudo perfecto para no reconocerme todos mis miedos”.

 

El trabajo externo e interno no tiene por qué ser excluyente. Al contrario, de lo que se trata es de lograr un equilibrio entre ambos. Si como es el caso de Amelia, la vocación que sentimos es prestar servicio, maravilloso. Y es tan válido como quien escoge trabajar en una multinacional, como quien decide dedicarse a la maternidad o como quien asume ser independiente en cualquier campo laboral. Lo importante es que el trabajo no se convierta en ‘la disculpa’ para descuidar y dejar de lado el trabajo en nosotros mismos, en nuestro propio desarrollo y crecimiento personal. Y no es difícil que,como le ocurrió a Amelia, la idea de querer cambiar el mundo se convierta en la mejor disculpa para no hacer el trabajo en nosotros porque las causas sociales, trabajar por el planeta, por los animales, por los niños, etc., son causas increíbles, maravillosas. Pero paradójicamente nos pueden llevar a volvernos arrogantes y displicentes con quienes no trabajan por esas mismas causas. “¿De qué me sirve trabajar por el mundo si en mi mundo interno todo se está derrumbando?”

 

Trabajar con Amelia me ha permitido comprobar, tanto por ella como por mí, lo que tantas veces le he oído repetir a mi Maestra y que tantos Maestros han repetido a lo largo de la historia de la humanidad: la mejor manera de contribuir a salvar el mundo es trabajar en nuestro propio desarrollo, en mejorar día a día como seres humanos, porque es desde ese desarrollo y crecimiento personal interno que nos lleva a conocernos cada vez más a nosotros mismos, a reconocer cuáles son nuestras fortalezas y debilidades, nuestros lados de luz y de oscuridad, que vamos a ir disminuyendo el riesgo de hacer las cosas solamente por el mundo externo, por complacer a los demás, por la necesidad de un reconocimiento que al final acaba generando ansiedad, inseguridad, arrogancia y, peor aún, una infelicidad que no sabemos cómo afrontar. Este proceso de autoconocimiento es el que nos permite reconocer desde dónde tomamos las decisiones, si lo hacemos desde una pasión intrínseca o si es para que los demás nos vean, nos reconozcan, nos admiren y nos adulen. Si es por todo esto, culparnos es un grave error; lo importante es reconocerlo y empezar a trabajarlo para cambiar nuestra motivación y ser conscientes que la mejor manera de aportarle al mundo, de querer salvarlo, es haciendo el único trabajo que podemos hacer para contribuir a transformar el mundo: el trabajo en nosotros mismos.

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

Cuando el matrimonio se convierte en un yugo para una mujer

 “Jamás hables del matrimonio como un logro. Encuentra maneras de aclararle que el matrimonio no es un logro ni algo a lo que deba aspirar. Un matrimonio puede ser feliz o desgraciado, pero no un logro (…) Condicionamos a las niñas para que aspiren al matrimonio y no a los niños y, por tanto, ya desde el principio existe un desequilibrio terrible. Las niñas se convierten en mujeres angustiadas por el matrimonio. Los niños se convierten en hombres a los que no les angustia el matrimonio. Las mujeres se casarán con esos hombres. Automáticamente la relación será desigual porque la institución le importa más a una parte que a la otra” (Adichie, C. 2017).

 

En teoría, somos una sociedad moderna en la que el rol de la mujer ha ido ganando cada vez más independencia respecto al del hombre; en el que las mujeres se pueden definir por si mismas sin necesidad de tener a un hombre a su lado. Probablemente en muchos campos de la vida esto es así. Pero paradójicamente en el campo de las relaciones de pareja, al menos a juzgar por el sufrimiento de tantas mujeres que veo en consulta, esta independencia no aplica en la cotidianidad. Al contrario, a las mujeres se les sigue definiendo en función de su estado civil: si se casan, son admiradas por la sociedad porque lograron alcanzar el propósito de su vida. Pero si no se casan, empieza la presión sobre ellas porque se ven como un fracaso, incluso se las puede ver como personas con algún problema, que deben buscar ayuda porque “es muy raro” que no tengan una relación de pareja y que a X edad no se hayan casado.

 

Ana[1]tiene 29 años. A lo largo de su vida ha tenido relaciones de pareja estables con hombres que ha querido pero por diferentes razones, todas se han terminado. Ha hecho los respectivos procesos de duelo para cerrar dichas relaciones lo que la deja actualmente en absoluta tranquilidad con su pasado. No carga dolor, ni resentimiento, ni rabia frente a ninguna de sus ex parejas y por lo mismo, lleva varios años buscando y esperando a que llegue “el hombre de su vida” para cumplir lo que ha sido su sueño desde niña: casarse. Pero a pesar de todos sus intentos, de salir con grupos de personas que no conoce, de aceptar las citas a ciegas que le programan las amigas, de irse de paseo sin conocer a nadie y “ponerse la diez”, como ella misma lo define, siempre regresa a su casa con la misma sensación: un profundo vacío y una sensación de fracaso porque aún no ha conocido al hombre con el que pueda casarse.

 

En la medida que hemos avanzado en el proceso terapéutico, Ana se ha ido dando cuenta que su mayor estrés de tener 29 años y no estar casada y con hijos no es tanto por ella, sino por la presión que implícita pero constantemente recibe por parte de sus amigas (quienes están todas casadas), de sus familiares, jefes, etc. “Puede sonar absurdo, pero es como si uno no valiera por no tener un esposo. Siento que la gente me mira con lástima, cuando vamos a los planes con mis amigas, yo soy la única soltera y al final todos me miran como con pesar, la pobre que no se ha casado y que ni siquiera tiene novio. ¡Estoy mamada de que la gente me mire así!”

 

Si bien Ana quiere encontrar una pareja estable, casarse y formar una familia, sólo por el hecho de que ese deseo aún no ha logrado cumplirlo sufre y se siente mal consigo misma; y darse cuenta que ante la sociedad ella “vale menos” por no haberse casado, aumenta todavía más el sufrimiento y sobre todo, la ansiedad. Preguntas constantes como “¿Y no estás saliendo con nadie?” “¿Y hace cuánto no sales con alguien? ¿Pero ni siquiera para darte besos?”, la hacen pensar que puede tener un problema, que hay algo en ella que no está bien. Y a partir de estas dudas, se siente insegura respecto a todo: su físico, su manera de ser, su manera de relacionarse con los hombres, no sabe si es muy intensa cuando sale con uno o si le falta tener más iniciativa, si debería ser más delgada o tener más curvas, entre otras dudas que se alimentan y retroalimentan entre sí. Como consecuencia, Ana tiene períodos de mucha ansiedad en los que no quiere salir ni hablar con nadie, no quiere que nadie le pregunte por su vida porque se siente miserable y esto la ha llevado a sentir que se puede estar deprimiendo.

 

Las niñas se convierten en mujeres angustiadas por el matrimonio”(Adichie, 2017) y Ana es solamente un ejemplo de esto. Como ella, las niñas desde la adolescencia empiezan a sufrir por no tener una pareja; se comparan con las amigas y entre más tiempo pasa y no tienen novio, mayor es la inseguridad, la angustia, el miedo a sentir que hay algo en ellas que no está bien. A su vez, las madres se preocupan por sus hijas porque como ellas, creen que puede haber algo malo y que el hecho de no tener un novio implica que las niñas tienen que buscar ayuda para identificar cuál es su ‘defecto’ y corregirlo. Entonces desde muy jóvenes empieza a instaurarse la creencia de que las mujeres valemos más si tenemos una pareja. Muchas de las preguntas que se mencionan en el párrafo anterior, se hacen con buenas intenciones. Sin embargo, implícitamente llevan detrás una presión y el mensaje de que efectivamente hay algo que no está bien con la mujer que a determinada edad, no se ha casado. ¿Cómo empezamos a cambiar estos estereotipos?

 

Omitir esas preguntas es un primer paso para romper con la creencia de que las mujeres valemos más por tener una pareja. Una cosa es conversar con las amigas y compartir sentimientos, sensaciones, angustias y preocupaciones respecto al hecho de no tener un novio, un esposo. Pero otra muy distinta es abordar a una mujer con preguntas como estas, empezar una conversación siempre preguntando por un hombre, porque así estamos manteniendo dicha creencia. Así que cambiar el lenguaje es una forma de empezar a cambiar la creencia.

 

Asimismo, es importante identificar como mujeres desde dónde hacemos las cosas. Por ejemplo, cuando vamos a salir a comer, a tomarnos algo, a hacer deporte, entre otras cosas, y nos arreglamos físicamente, ¿lo hacemos con qué fin? ¿Para quién? ¿Para que nos vean los demás o para sentirnos bien con nosotras mismas? ¿Para ‘levantarnos’ a un hombre o para sentirnos más a gusto con nuestra apariencia? Cuando vamos a salir con un hombre, ¿estamos saliendo con el único fin de que ese hombre sea nuestro esposo o estamos abiertas a la posibilidad de conocer otras personas? Empezar por replantearnos estas preguntas, por cuestionarnos a nosotras mismas desde dónde hacemos las cosas es una forma de trabajar en esas creencias para empezar a cambiarlas y a darnos el valor a nosotras mismas por lo que somos, por nuestros propios logros, por nuestras características personales dentro de las cuales una puede ser querer tener una pareja estable y está perfecto que así sea. Pero que no sea la presencia de un hombre la que nos haga valorarnos como mujeres porque ahí estaríamos delegando nuestra vida, nuestra identidad, nuestra tranquilidad en algo o alguien que no depende de nosotros.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante.

El problema de tenerlo todo

“Nada en exceso,

sólo lo suficiente”

 

“¿Por qué no da anorexia en estratos bajos?” Me preguntó hace poco una consultante. Es una pregunta que me hacen con bastante frecuencia. De acuerdo a mi experiencia en el tratamiento de este tipo de trastornos, y teniendo en cuenta tanto las enseñanzas de Giorgio Nardonecomo las conversaciones periódicas que tengo con mi supervisora de casos, en general los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) no se presentan en personas de escasos recursos porque estas personas no tienen la posibilidad de escoger su comida. Al contrario, la mayor preocupación en personas de estratos socioeconómicos bajos es que muchas veces no tienen qué comer, por lo que lo importante no es qué escoger, sino poder comer algo para subsistir. Y dentro de ese ‘algo’ se vuelve irrelevante si es una fruta, una verdura, una proteína o un carbohidrato. Lo importante es tener algo para alimentarse y no pasar el día –o la noche- sin nada en el estómago.

 

En estratos altos este problema no se presenta por razones obvias. Lo que ocurre es exactamente lo contrario:al tenerlo todo, las personas no sólo no saben qué hacer con lo que tienen, sino que con frecuencia no encuentran un minuto de sosiego y de tranquilidad porque tienen una aspiración cada vez más intensa por tener más. En parte de ahí se deriva que cada vez más jóvenes presenten TCA, problemas de ansiedad, ataques de pánico, depresiones y sobre todo, una profunda inconformidad e insatisfacción con su vida, porque a pesar de tenerlo todo en términos externos, internamente el vacío es cada vez mayor. Paradójicamente hay tanto de dónde escoger que empieza la angustia y la ansiedad de no saber qué hacer, por dónde empezar, cómo estructurarse, cómo poner límites, hasta dónde ir y en dónde detenerse, etc.

 

Ese es actualmente el motivo de consulta de Verónica[1]: lo tiene todo y no logra disfrutar su vida. Está casada y es madre, que era uno de sus grandes sueños y anhelos en la vida antes de casarse. Tiene una relación de pareja estable, buena comunicación con su esposo, lo admira como hombre, como profesional y como padre. Además, comparten los mismos intereses y,aún más importante, los valores con los que quieren educar a sus hijos. “Aunque a veces me provoca matarlo, realmente tenemos una relación muy bonita, me siento feliz con él”. El esposo es, además, una persona con mucho dinero y por lo mismo, le ha podido dara ella la posibilidad de escoger qué quiere hacer, de dedicarse a trabajar en lo que le gusta medio tiempo y el resto del tiempo dedicarse a ser madre, sin tener la angustia ni la presión que genera la escasez de dinero. En cuanto a su círculo social, tiene un grupo de amigas desde el colegio con quienes se ve frecuentemente, salen juntas con los hijos para que estos también compartan y en general estas amigas son una red de apoyo para Verónica. Ahora, además, tienela expectativa de un viaje que harán con su esposo por Europa para poder asistir a algunos partidos del mundial, cosa que como ella misma dice, la debería tener absolutamente feliz. Pero a pesar de ser consciente de todas las “bendiciones” que tiene en su vida, Verónica no se siente tranquila, no disfruta su día a día. Está siempre pendiente de sus síntomas físicos porque aunque ya superó un cuadro de ataques de pánico –por el cual llegó a consulta la primera vez hace unos meses-, siente un fuerte desasosiego a diario porque es consciente que nada de lo que hace ni de lo que tiene, la llena en su vida.

 

A raíz de los ataques de pánico, la relación con el esposo se había deteriorado porque ella, presa del miedo a que se pudiera sentir mal en cualquier momento, había dejado de salir, temía viajar, no pasaba tiempo con su hija porque temía hacerle daño si entraba en una crisis. Por ese mismo temor, su vida social también se había visto considerablemente disminuida, a lo que se sumaba que estaba tomando altas dosis de ansiolíticos, recetados por un psiquiatra, que la mantenían bastante dormida durante el día. De manera que Verónica pasó de tener una vida activa a estar todos los días encerrada en su casa por el temor a que se le presentara un ataque de pánico. Y al darse cuenta que la medicación, más allá de mantenerla dormida no le estaba generando mayor efecto, decidió buscar ayuda para asumir su problema y trabajarlo de manera consciente, sin esperar que algo externo a ella lo resolviera.

 

Ahora que los ataques de pánico han desaparecido y que Verónica ha logrado aprender a manejar el miedo, a enfrentarlo y a retomar su vida, reconoce que desde siempre ha tenido el mismo problema: “Lo he tenido todo pero realmente no logro sentirme plena con mi vida. Nunca he logrado estar en el presente, disfrutar de lo que tengo y en lo que estoy porque siempre estoy pensando más adelante, planeando viajes, comidas, planes, lo que sea, pero nada que me obligue a confrontarme con mi presente. Ahora entiendo que los ataques de pánico me dieron algo que hacer, pero ahora que ya no los tengo, me siento como una cula de decir esto, pero realmente me doy cuenta que no tengo ni idea qué hacer con mi vida”.

 

El caso de Laura[2]es muy similar al de Verónica. Los padres de Laura siempre se han preocupado por darle todo en términos materiales, por complacerla e intentar que ella pueda ‘cumplir todos sus sueños’. Laura ha vivido fuera del país en repetidas ocasiones, siempre por estudio. Empezó varias carreras en diferentes universidades y países porque no tenía claro qué quería estudiar y finalmente no terminó ninguna carrera por un problema de ansiedad que eventualmente la llevó a devolverse a Colombia con la ilusión de resolverlo, y poder así, finalmente,terminar un pregrado. Desde entonces han pasado cuatro años y Laura aun no se decide a estudiar nada, a pesar de que su problema de ansiedad finalmente lo enfrentó, lo trabajó y actualmente se siente emocionalmente fuerte –en ese aspecto- para retomar su idea de empezar una carrera. Pero por alguna razón, que inicialmente era para ella un misterio, no ha logrado definir qué quiere hacer con su vida. “No tengo estructura, no sé cómo organizar mi tiempo, se me van los días y no hago nada, no concreto nada. Esto ya me está trayendo problemas con mi pareja porque él me dice que no puede seguir con una persona que un día quiere montar un negocio de cacao y al día siguiente quiere ser profesora de yoga”.

 

Llevamos varias citas y la confrontación de Laura consigo misma ha sido dura. Darse cuenta que a los 27 años no tiene ni idea cómo organizar un día, no tiene una rutina, no logra levantarse temprano y, aún si lo logra, no sabe qué hacer con su tiempo. Todo esto la ha llevado a preguntarse hasta qué punto ha sido sano tener todo lo que ha tenido en términos de apoyo material y económico. No haber tenido que enfrentar ninguna necesidad en la vida, pero sobre todo, no haber tenido límites por parte de sus padres en cuanto a sus gastos, a sus decisiones, a los cambios de carrera. Todo esto ha contribuido al “desorden mental en el que vivo”, como ella misma lo define. En retrospectiva, Laura tiene la sensación que habría sido mejor para ella que sus padres le pagaran una sola carrera, máximo dos, y en caso de que ella no estuviera segura de qué hacer, le hubieran quitado el apoyo económico obligándola a ganarse sus propios ingresos: “Al menos eso me hubiera dado un sentido de realidad”.La habría confrontado con un mundo en el que cosas aparentemente tan sencillas y banales como cumplir un horario, aprender a lavar la ropa separando la de color de la blanca, definir un presupuesto mensual, entre otras, le habrían ayudado a estructurar su pensamiento.

 

Casos como el de Verónica y Laura los veo cada vez más, tanto en mi vida profesional como en la personal. Personas que lo han tenido todo en términos de lo material y físico, que jamás se han visto en la necesidad de escoger entre una cosa u otra porque todo ha estado permitido. Por ende, son personas que a la hora de ponerse sus propios límites, desde cosas tan aparentemente simples como tener una rutina de levantarse a una determinada hora en la mañana y empezar el día, hasta saber cómo organizar el tiempo para estructurar un proyecto o para definir un presupuesto de gastos, no tienen ni idea ni por dónde empezar ni cómo hacerlo:se pasan los días y las semanas con ideas, con ganas de hacer cosas, con proyectos que se quedan en la mente y que nunca logran concretar porque literalmente no saben cuál es el primer paso que tendrían que dar para volverlo algo tangible y real. Entonces empieza a aparecer una enorme frustración, acompañada de una sensación de fracaso que muchas veces termina en el desarrollo de una depresión, un problema alimenticio, un cuadro de ansiedad severo o incluso, un trastorno obsesivo en el que las personas quedan atrapadas en su mente sin saber cómo manejarla ni cómo enfrentarla. Y aunque no todos los casos son iguales, muchas veces estas problemáticas o patologías cumplen una función: protegen a la persona de tener que enfrentar el problema de fondo, que en el caso de Verónica, Laura y tantas otras personas, es una inconformidad con su vida.

 

Giorgio Nardone siempre nos decía que culpar a los padres de todas las ‘desgracias’ de los hijos ya no es una disculpa válida porque cada persona es responsable de lo que vive y de lo que decide hacer con lo que le ocurre. También nos decía que hemos pasado de un modelo de familia autoritario a un modelo democrático permisivo (Nardone, 2015) en el que a los hijos se les consulta todo, ellos tienen opinión sobre todo, pueden decidir y contradecir cualquier límite que pongan los padres y, peor aún, nos enfrentamos a unos padres que quieren evitarle cualquier frustración, dolor y sufrimiento a sus hijos, sin darse cuenta que el sufrimiento no solamente es una parte importante de la vida humana, sino que es precisamente en los momentos de sufrimiento más intensos que se desarrollan las habilidades para aprender a manejarlo, superarlo y a desarrollar una capacidadcada vez mayor para enfrentar la vida. Es así como,en palabras de Oscar Wilde, con las mejores intenciones se generan los peores resultados (Nardone, 2009).

 

Tener que escoger, no poder salir a todas las fiestas ni estar en todos los planes, no salir de viaje todas las vacaciones, tener que comerse lo que se preparó en la casa para toda la familia sin tener la posibilidad de escoger otra cosa, acostarse a una determinada hora, no tener el último celular, no tener internet 24/7, tener que enfrentar a un profesor porque se nos olvidó llevar la tarea, asumir la responsabilidad de una falta sin que los padres tengan que entrar a arreglar el problema, entre tantos otros límites que hoy en día en muchas familias se han perdido, es una manera de formar, de preparar, de educar a un ser humano para que sea capaz de enfrentar la vida con los beneficios y las dificultades que para todos, en mayor o menor medida, se presentan. Sin duda es difícil ver a un hijo frustrado, triste, angustiado porque no logra lo que quisiera. Pero entre más pronto nos veamos enfrentados al “fracaso”, a la frustración de no tener lo que queremos, en otras palabras, al sufrimiento que hace parte de la vida, más pronto aprenderemos a enfrentar la vida tal y como es. Y esa es una decisión tanto de los padres, como de los hijos. De ahí la importancia del balance: nada en exceso, sólo lo suficiente.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante y respetar la confidencialidad

[2]Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante y respetar la confidencialidad

 

Para disipar la oscuridad, hay que sacarla a la luz

“¿Por qué el mundo? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?

Necesitamos vencer la oscuridad, el temor, la maldad, el desaliento, la desconfianza.

Si no nosotros, ¿quién?

Demuéstrense quiénes son. Toquen sus corazones, acérquense a su verdad en sus corazones”.

Sri Mataji Shaktiananda.

 

“Me reventé. Entendí lo que algún día hablamos respecto a qué significa reventarse por trabajar en exceso porque lo viví en carne propia. Y ahí salieron todos mis fantasmas, mi peor oscuridad, las obsesiones y los pensamientos más horribles; jamás pensé que tuviera tanta oscuridad por dentro”, fueron las palabras de Eduardo[1].

 

En el año 2016, Eduardo buscó ayuda porque su familia estaba desesperada a raíz de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) que él presentaba. Los rituales eran cada vez más frecuentes, más ruidosos, a tal punto que Eduardo no dejaba dormir ni a su familia ni a sus vecinos, lo que llevó a tener un problema con la policía. Fue ahí que finalmente Eduardo aceptó buscar ayuda e hizo un proceso –a mi juicio valiente y maravilloso- para aprender a manejar el exceso de pensamientos que le llegaban y que él buscaba bloquear –sin éxito- a través de sus rituales. El proceso concluyó cuando fue evidente para él y para mí que, aunque esos pensamientos seguían llegando, él ya había logrado un cambio de creencia y se daba cuenta que los rituales, en lugar de detener las obsesiones, lo que hacían era alimentarlas. En ese punto, dejamos de vernos.

Hace un par de meses recibí una llamada de un número desconocido: era Eduardo. Me pidió una cita porque quería hablar de todas las cosas que le han pasado en los últimos dos años. El tono de la voz era diferente al que había oído años atrás: no sonaba ansioso ni desesperado. Al contrario: al otro lado del teléfono se oía a una persona alegre, contenta, con inmensos deseos de compartir lo que él mismo definió como unos de los períodos más oscuros de su vida.

“A finales del año pasado, pasé por una de las peores crisis, tal vez la peor crisis que he tenido en mi vida”. Desde que dejamos de vernos, Eduardo empezó a tener un gran éxito laboral, cosa que no solamente era un motivo de admiración para él sino también para las personas a su alrededor. Tanto sus familiares como sus amigos y su novia, estaban constantemente motivándolo a que siguiera trabajando, a que buscara más opciones de viajes, de producir, de tener cada vez más contactos para mantener el éxito laboral. Estas expectativas externas, sumadas al éxito que estaba teniendo, lo llevaba a trabajar día y noche (literalmente) pensando que en ese éxito profesional iba a encontrar su éxito en la vida. Pero al poco tiempo de estar sosteniendo ese ritmo de trabajo empezó a sentirse emocionalmente mal. Los pensamientos obsesivos regresaron, pero esta vez ya no estaban relacionados con su trabajo ni con el miedo al fracaso: esta vez giraban en torno a él como ser humano, a lo que él mismo definió como ‘mi oscuridad’.

Todo empezó una tarde en que, después de haber pasado meses de trabajo intenso, tuvo un lapso de tiempo libre, tiempo para pensar en él. Comenzó haciendo una ‘recapitulación’ de lo que había sido su trabajo en los últimos meses y terminó dándose cuenta que gran parte de lo que lo había llevado a trabajar tanto era lo que él llamó “mi ego”. Una necesidad de mostrarse, de ser reconocido, de estar por encima de otros colegas, de tener un nombre. Y aunque Eduardo reconoce que así funcionan la mayor parte de las personas el mundo actual, justamente era eso lo que le molestaba: que siempre había sentido que así funcionaba el mundo pero él no, que él era una persona sencilla y bastante independiente de las normas sociales. Pero acabó por darse cuenta que funcionaba igual al resto del mundo. Y también comenzó a ver que, además de ser tan arrogante como lo pueden ser tantas otras personas en el mundo, también se estaba moviendo por envidia: envidia con sus colegas, incluso con sus amigos y hasta por el éxito de su ex novia, con quien finalmente terminó porque dejó de dedicarle tiempo a la relación porque supuestamente tenía que trabajar. Pero parte de lo que pudo constatar en ese proceso de autoconocimiento fue que el trabajo se le había convertido en una disculpa que ocultaba lo que realmente estaba sintiendo: envidia. Envidia porque su novia era tan o incluso más exitosa que él y él no estaba pudiendo compartir genuinamente el éxito de ella. ¿Quién quiere reconocer que siente envidia por una persona que quiere y por la que en teoría, tendría que alegrarse?

A partir de ese ‘granito de arena‘ Eduardo fue construyendo una montaña cada vez más grande bajo la cual fue quedando sepultado (Nardone, 2009). Darse cuenta que el hecho de no ser un sicario, un ladrón, de no ser infiel, de no maltratar a su pareja o a su familia no era sinónimo de que no tuviera debilidades o aspectos por trabajar, empezó a disparar en él una ansiedad incontrolable. Se sentía tan avergonzado de sí mismo que se alejó de sus amigos, de su familia, empezó a dejar de trabajar y a pasar días y noches enteras torturándose y culpándose por lo que estaba descubriendo de sí mismo, por su ‘oscuridad’. Finalmente, semanas después de vivir así, accedió a hablar con una con quien había tenido siempre una relación muy cercana. Y fue en esa conversación que por primera vez pudo exteriorizar todo eso que estaba pensando y sintiendo desde hacía tanto tiempo. Aunque con vergüenza y con miedo ser enjuiciado, “fui brutalmente honesto conmigo y con ella, y eso me generó algo de alivio por primera vez en meses. Hablando con ella fue que me di cuenta que quería volver a hablar contigo para trabajar en mi oscuridad  en lugar de seguirla ocultando”.

Para nadie es fácil descubrir que, independientemente de nuestras buenas acciones, de nuestras buenas relaciones, de lo “buenos” que podamos sentirnos en nuestra cotidianidad, todos tenemos aspectos por trabajar, por mejorar, ‘oscuridades’ de las que no nos sentimos orgullosos, que se hace más difícil porque socialmente nadie quiere ser visto como el malo, el raro, el enfermo. El problema es que esa oscuridad de la que habla Eduardo no se disipa por ocultarla. Al contrario: el intento de ocultarla la hace aun más oscura y, por eso mismo, más difícil de trabajar. Pero basta un rayo de luz para disipar la oscuridad; y tal como ocurrió en el caso de Eduardo, el primer rayo de luz fue empezar a vernos, a reconocernos y a aceptarnos como personas imperfectas; seres humanos con inseguridades, envidias, dolores, rabia, recuerdos indeseados, entre tantas otras cosas que todos compartimos como seres humanos. Y una de las mejores maneras de superar estas debilidades es adentrándonos en la oscuridad ya que, en palabras de William Shakespeare, no hay noche tan larga que no vea el día.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.
Twitter: @menasanzdesanta
Instagram: @breveterapia
[1] Nombre ficticio para proteger y respetar la confidencialidad del consultante.

Si quieres influenciar, hazlo en conciencia.

“Harinas no como, nada de aceites ni vinagretas, frutas pocas, las menos dulces. Me gustan mucho las ensaladas, el pollo a la plancha, de pronto un pescado como una tilapia o algún tiradito de algo. Harinas…MMM…de pronto puede ser una arepa al desayuno con claras de huevo pero la arepa tiene que ser extra delgada. Leguminosas poco por lo que son carbohidrato, por lo mismo, intento no comerlas todos los días. Y si voy a comer carne tiene que ser magra porque la grasa la detesto”. Así empezó la primera consulta con María Cristina[1] quien llegó remitida por sus padres porque según ellos su hija no comía nada. Y esto lo corroboraban todas las pruebas nutricionales en las que se veían muy bajos los niveles de albumina, que mostraban una desnutrición crónica; las proteínas totales también mostraban un riesgo, así como los bajísimos niveles de calcio y potasio, todo esto sumado a una función renal alterada. Pero María Cristina se negaba a comer más de lo que según ella, estaba bien comer. ¿Bien según quién?

 

Como ocurre con muchas de las personas que llegan a terapia presionadas u obligadas por alguien más, la resistencia inicial es grande. Y cuando se trata de un problema alimenticio la resistencia tiende a ser aún mayor pues personas como María Cristina están convencidas que el mundo está equivocado, que exageran y que ellas están “divinamente”. María Cristina constantemente repetía que ella estaba comiendo ‘lo que está bien’ y cuando la confrontaba respecto a ese ‘bien’ a qué parámetro o según quién, se quedaba en silencio. Finalmente, después de varias sesiones en las que fuimos entablando empatía y una relación más cercana, María Cristina logró “confesar” –como ella misma lo dijo- a partir de qué y de cuándo había empezado a obsesionarse con la manera de comer y con el ejercicio. “Todo empezó por una publicación de Fulanita en la que decía que si uno quiere tener un abdomen plano y marcado debe dejar de consumir carbohidratos y dulce. Al comienzo me costó mucho porque yo amo el pan pero me estaba viendo un gordito en la barriga que me amargaba cada vez que iba a salir de rumba con mis amigos o que me iba a un paseo y me tenía que poner un vestido de baño. Entonces empecé por dejar de comer harinas por las noches”. Como buena obsesión, basta un granito de arena para empezar a construir una montaña debajo de la cual la persona queda sepultada (Nardone, 2008).

 

Empezar a ver que lograba dejar de comer carbohidratos por las noches le generó una sensación de control que, a su vez, le generaba placer. Y claro, con esto aumentaba la intensidad de ‘consultar’ las redes sociales y los perfiles de estas influenciadoras. “Otro día vi que medían las cantidades de lo que uno debe comer antes y después de hacer ejercicio. Entonces seguí por ahí, midiendo todo. Es ridículo, yo sé, pero darme cuenta al final del día que estaba logrando comer como esas personas empezó a darme mucho placer. Ahí vino el ejercicio”.

 

En este punto, María Cristina pasaba muchas horas del día metida en las páginas de estas mujeres midiendo la comida como ellas, haciendo las mismas combinaciones de alimentos, eliminando los mismos alimentos, tomando las mismas cantidades de agua, proteína y ahora, además, empezando a introducir largas jornadas de ejercicio. Llegó incluso a levantarse a diario a las 4am para alcanzar a trotar mínimo una hora y media (en ayunas, por supuesto) y así poder llegar a la oficina habiendo cumplido con lo que hacen todas estas ‘modelos a seguir’. Y claro, al introducir cambios alimenticios y de ejercicio tan drásticos y en tan poco tiempo, empezó a ver que el famoso ‘gordito de la barriga’ desaparecía, como desaparecían también sus senos, los glúteos, la masa muscular de los brazos, entre otras cosas. Como también ocurre en estos casos, al alterarse la percepción cambian lo que Nardone llama los lentes con los que se ve la realidad y los ‘nuevos’ lentes deformantes, en vez de hacerle ver que estaba perdiendo peso a pasos agigantados, la hacían ver más ‘gorditos’ y más puntos en los que podía seguir bajando. “Todavía no me veía como ellas”.

 

Para nadie es un secreto que, gracias a las redes sociales, hoy en día es muy fácil volverse “famoso”, o al menos popular. Abrir una página en una aplicación como Instagram –por ejemplo- y empezar a hacer publicaciones relacionadas con cualquier tema, en especial temas como el ‘fitness’, empieza a generar seguidores muy rápidamente. Esto alimenta las publicaciones y así poco a poco se va dando ese fenómeno por el que una persona pasa de tener 200 seguidores a tener miles e incluso millones de seguidores que están pendientes de cada foto que se publica con la porción de cada comida, del reloj que muestra el tiempo, la intensidad y la cantidad de calorías que quemaron mientras trotaban o montaban en bicicleta, del cuerpo perfectamente bronceado en vestido de baño, de la cantidad de repeticiones abdominales o de push ups que se deben hacer, abdomen marcado y envidiable que tiene ‘Fulanita’ quien además  pareciera que solamente se alimenta de batidos de proteína, algo de mango y aguacate. Hace poco vi una entrevista que le hacían a Karen Martínez y a Juanes preguntándoles cómo hacen para tener la vida tan maravillosa y perfecta que se percibe en las fotos y videos que publican en sus redes sociales. Y él, en un tono amable y algo irónico, dijo que lo que ocurría es que jamás suben fotos ni videos de ellos peleando con lo cual la gente se queda con la idea de que tienen la vida perfecta.

 

Todos sabemos, en teoría, que nadie tiene la vida perfecta. Pero cuando empieza a desarrollarse una obsesión por un tema, cualquiera que este sea, y especialmente el tema de tener el cuerpo perfecto, esta teoría se olvida. Y la vida de la persona, como le ocurrió a María Cristina y como les ocurre a tantas mujeres de todas las edades, se empieza a convertir en ser capaz de tener los mismos hábitos de vida que las influenciadoras digitales.

 

La libertad de expresión es un derecho, sin duda y por fortuna. Por lo mismo, con este artículo no quiero decir en ningún momento que estas influenciadoras no puedan publicar, promocionar y compartir lo que hacen, lo que comen y dejan de comer, sus rutinas de ejercicio, los videos en el gimnasio, las idas a hacer mercado, las preparaciones de las comidas, lo que piden en los restaurantes, la marca de ropa deportiva que compran, etc. Cada uno es libre de hacer lo que quiera con lo que vive. Sin embargo, no es lo mismo compartirlo con un par de amigos sentados a la mesa desayunando, que publicarlo ante millones de ojos detrás de los cuales se esconden historias, inseguridades, miedos, vacíos, problemas emocionales, añoranzas y preocupaciones de las cuales ninguna influenciadora es responsable. Pero si tienen influencia en las redes sociales y empiezan a ser pagadas por sus publicaciones, a recibir regalos de las diferentes marcas y almacenes, incluso a poder vivir de esto, creo que es importante tener en cuenta que eso se logra gracias a los seguidores y a los famosos ‘likes’ que estos les dan. Por ende, me parece importante que si van a publicar, lo hagan con una clara conciencia de por lo menos dos temas: evitar generalizaciones porque cada cuerpo, cada historia, cada persona es diferente, por lo cual decir que la única manera de tener un abdomen plano es dejando de comer carbohidratos anula todas estas diferencias y pone en riesgo la salud de muchas personas. Contextualizar, explicar de dónde obtienen la información que comparten y puntualizar en que hacen o dejan de hacer X ejercicio o dejan X comida por un tema de salud esta frase no la entiendo bien, por una recomendación puntual de su médico, etc. En resumen, ser muy claras en que nada de lo que publican es LA verdad, como única y absoluta, sino que son experiencias y vivencias personales de las que han devengado aprendizajes y conocimientos y eso es lo que están compartiendo.

 

El sufrimiento de personas como María Cristina es infinito. Puede parecer banal, como ella misma lo dijo, absurdo pensar que la vida de una persona se pueda ‘reducir’ a estar pendiente de la vida de otras. Pero como ella, son miles y cada vez más personas las que no solamente se generan problemas alimenticios, sino también problemas de ansiedad, cuadros depresivos y crisis de angustia porque la ‘vida perfecta’ de los demás se vuelve una tortura en la que es muy fácil caer y muy difícil salir. De ahí la invitación a hacer publicaciones a conciencia.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicóloga – Psicoterapeuta

MA en Terapia Breve Estratégica.

Twitter: @menasanzdesanta

Instagram: @breveterapia

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

 

A veces sólo tenemos que cambiar nuestra percepción para ver la verdad del otro.

“No existen discapacitados, sino gente con distintas capacidades” (Colón, C. 2013), dice Cristóbal Colón, fundador y presidente de La Fageda, una fábrica de yogures que funciona desde hace treinta y cinco años en el ayuntamiento de Olot, en Girona España. Además de vender 45 millones de yogures al año, cuenta con una particularidad y es que de los 280 empleados que la conforman, 160 tienen alguna discapacidad o una enfermedad mental como  psicosis maniaco depresiva, trastornos esquizofrénicos, psicosis esquizofrénica paranoide, oligofrenia media, entre otros. Cristóbal Colón psicólogo de formación, trabajó en el hospital psiquiátrico de Salt (Barcelona) y desde muy temprano en sus prácticas empezó a darse cuenta que la vida de las personas diagnosticadas con Trastornos Mentales Severos (TMS) no tenía sentido. “¿Por qué tratarlos como objetos? ¿Por qué tenerlos en una habitación y dejar que las horas, los días y los años se apoderen de su piel sin darles una oportunidad? ¿Qué estamos haciendo con estas personas? (…) Los ves pasear arriba y abajo por el patio. Son cuerpos vivos que han perdido el alma” (2013).

A partir de dichos cuestionamientos, Colón empezó a trabajar en el desarrollo de una idea: darles trabajo a las personas diagnosticadas con alguna enfermedad mental. “Pienso que trabajar les puede ayudar en su vida”, fue lo que le dijo Colón al alcalde de Olot en 1982 cuando llegó por primera vez a plantearle su idea. Él quería crear una empresa en la que pudieran trabajar las catorce personas que habían estado internadas en el hospital de Salt, todas diagnosticadas con alguna enfermedad mental. Quería que pudieran desarrollar un trabajo productivo porque se había dado cuenta que los talleres de laborterapia que se llevaban a cabo en el hospital no funcionaban pues una vez que los internos asimilaban que podían salir de la monotonía del patio del manicomio y hacer algo más allá de ver televisión, descubrían que lo que hacían no era útil para nadie. Las manualidades eran un mero pasatiempo que no daba sentido de vida a los “enfermos”. Por eso Colón empezó a ver que el sentido del trabajo es un trabajo con sentido (Colón, 2013) y desde los años ochenta, comenzó una búsqueda para “construir una empresa de verdad que resuelva problemas de verdad” (Colón, 2013).

Hoy, treinta y cinco años después, La Fageda no solamente funciona de maravilla en términos estrictamente empresariales, sino además la mayoría de las personas diagnosticadas con alguna de estas enfermedades mentales, viven solas, son auto suficientes, incluso tienen relaciones de pareja estables y ayudan económicamente a sus familias con quienes además se han sanado las relaciones. Hoy en día más que ser vistos como ‘un enfermo que sólo trae problemas’, son vistos por sus familias como seres humanos funcionales, útiles, con sentimientos, derechos y deberes. Finalmente, gracias a la red de apoyo que se ha creado entre ellos, y por supuesto con el apoyo de todo el equipo que trabaja en La Fageda, se ha alcanzado un logro muy importante y muy difícil de alcanzar en personas con este tipo de trastornos: la estabilización de los síntomas.

Conocer La Fageda a mediados de 2014 fue para mí una experiencia de vida transformadora. Me confirmó que las personas diagnosticadas con algún TMS no solamente tienen derecho a tener una vida digna, sino además son personas que como cualquier otra, necesitan trabajar, tener su mente ocupada, levantarse todas las mañanas con una ocupación, con una función distinta a simplemente hacer ponqués o vasijas en cerámica que se guardarán en un closet hasta que por la acumulación, sea necesario botarlas.

Esta misma impresión sobre la necesidad de que estas personas tengan una vida propia (como cualquier persona), me la confirmó uno de los casos más bonitos que he trabajado en mis casi diez años de práctica profesional.

Casualmente, también en el 2014, llegó a mi consultorio una paciente diagnosticada con un Trastorno Disociativo Severo con diagnóstico diferencial Trastorno Borderline de personalidad. La remitía la psicóloga de una universidad quien lograba ver a esta persona más allá del diagnóstico y por lo mismo, no quería que la sacaran de la universidad. Pero en el plantel educativo existía una fuerte preocupación por esta estudiante ya que muchos de sus síntomas se manifestaban de manera evidente en crisis que podían ocurrir en pleno salón de clase. Por lo mismo, consideraban que podía ser un peligro para los demás estudiantes e incluso para la universidad misma, la cual por obvias razones no quería correr el riesgo de un suicidio dentro del plantel. Pero la psicóloga que la había visto durante las crisis estaba convencida que esta paciente tenía una inteligencia superior, privilegiada, así como la capacidad de lograr una estabilidad emocional para aprender a manejar sus crisis y salir adelante.

Ella asistió a la primera cita con su padre, quien manifestaba una enorme preocupación por su hija, quien hablaba muy poco, escasamente hacía contacto visual, se veía muy tensa, ansiosa, con la mirada perdida. Le costaba trabajo construir una frase completa. Pero a pesar de esto, tanto en ella como en su padre se veía una necesidad y un profundo deseo de salir adelante, de aprender a manejar estos síntomas que la sobrepasaban y que no eran voluntarios y por lo mismo, para ella estaba siendo casi imposible manejarlos. Fue así como desde esa primera cita definimos que el objetivo por el que íbamos a trabajar, de la mano de ella, de su familia y de un psiquiatra, iba a ser el manejo y la estabilización de sus síntomas. Que ella tuviera las herramientas para que ella pudiera aprender a identificar qué cosas la alteraban tanto emocionalmente hasta llegar a desencadenarle las crisis tan fuertes que la hacían ‘desconectarse de la realidad’ hasta llegar a autolesionarse sin tener memoria después de lo que había hecho. Para ella era muy difícil identificar estos factores porque en ese momento las crisis eran muy fuertes y casi diarias. Por lo mismo, para los padres el sufrimiento era inimaginable pues no sabían ella qué podía hacer durante las crisis y temían por su salud y su bienestar. Pero a pesar de esto, estuvieron siempre convencidos que su hija lo que necesitaba era estudiar, sentirse útil, poder llevar una vida como la de cualquiera de sus compañeros.

De manera que empezamos a trabajar con ella, con el ser humano que sufría estas crisis, que no las escogió pero que tiene que vivir con ella y asumirlas para aprender a vencerlas sin combatirlas. Como cualquier cambio, este también se iba dando de manera paulatina por lo que las crisis se seguían presentando y eso estaba llevando a una ‘presión’ por parte de la universidad a que tal vez la mejor opción era que esta estudiante se retirara un tiempo. Tanto con ella como con los padres y el psiquiatra estuvimos de acuerdo en que esto no solamente no mejoraría el problema sino que lo empeoraría aun más por lo que se decidió que la madre acompañara a la estudiante a la universidad con el fin de prestarle el apoyo emocional que ella necesitaba durante las clases. Esto conllevaba un trabajo con la madre, quien siempre estuvo involucrada y comprometida con ayudar a su hija manteniendo una serenidad y una capacidad de apoyo que en pocas personas he visto, confiando siempre en las capacidades y habilidades de su hija sin quedarse solamente con el diagnóstico.

Mientras tanto, esta joven batallaba todos los días contra ella misma tratando de construir una estabilidad emocional que poco a poco le fuera permitiendo identificar cuáles eran esos factores –intrínsecos y extrínsecos- que le desencadenaban esas crisis tan fuertes que la dejaban exhausta y con dolor de cabeza durante horas. Era agotador porque le impedían estudiar, porque mantener la concentración se volvía una tarea titánica, en ocasiones se le confundían y se le movían las letras y los números, lo cual por obvias razones, como nos pasaría a cualquiera, le generaban angustia y ansiedad. Esto acompañado de una profunda frustración porque lo que ella más quería era poder estudiar, tener amigos, asistir a clase sin desconectarse de la realidad y sobre todo, disfrutar de la vida como cualquier de sus compañeros. Cada día era un reto y a pesar de estas crisis que muchas veces la llevaron a sentir que no iba a ser capaz de sobre pasarlas, esta joven lograba sacar fuerzas, apoyarse en sus padres, en algunos amigos que empezaron a acercarse a ella para apoyarla, en el psiquiatra y en la terapia y así, lograba levantarse de nuevo y volver a empezar.

A todas estas crisis, se empezó a sumar la vergüenza social que genera tener un problema por el que los demás nos puedan ver como “raros”. Conocer a una persona que tenga cáncer genera compasión y admiración. Pero escuchar decir a alguien que tiene un Trastorno Mental genera miedo y desafortunadamente, mucho rechazo. Por lo mismo, para ella era duro constatar que algunos de sus compañeros se daban cuenta de sus crisis, y empezaba a oír en los pasillos comentarios y algunos señalamientos hacia ella como si fuera una persona loca. Por ende ya no solo tenía que batallar con ella misma, sino también ser capaz de enfrentar el juicio social tan duro e injusto que se emite sobre una persona que se comporta diferente o que es vista como “rara”.

En ocasiones le ocurrió que compañeros le contaban sobre una estudiante de X carrera que se decía que estaba loca y que se hacía daño durante los parciales, cosa que inicialmente la angustiaba, le generaba vergüenza y la hacía sentir culpable. Pero poco a poco ella misma fue descubriendo que más que vergüenza, lo que tenía que sentir era admiración y orgullo por ella misma porque a pesar de sus dificultades, estaba siendo capaz de ir a la universidad a diario, estudiar lo mismo y al mismo ritmo que sus compañeros y sacar adelante una carrera exigente en una de las mejores universidades del país. Varias veces hablamos de la metáfora de una persona que ha perdido una pierna: no por eso tiene que dejar de hacer su vida pero sin duda, le es más exigente moverse, subirse al Transmilenio, hacer deporte, cargar una maleta, etc., que lo que puede implicarle a una persona que tiene las dos piernas.

Cuatro años después de esa primera cita, esta jovencita brillante y sensible sigue en la universidad, tiene amigos, vida social, quiere salir de fiesta, pelea con sus padres porque a ellos les preocupa que se trasnoche y que le pase algo, cosa que le pasa a cualquier persona de su edad. Ha tenido relaciones de pareja, sigue estudiando una de las carreras más difíciles en una de las universidades más prestigiosas del país y se ha vuelto cada vez más capaz de identificar esos factores –extrínsecos e intrínsecos- que pueden llevarla a desarrollar una crisis. Como consecuencia, pueden pasar períodos de dos meses en los que no se presenta ninguna crisis y cuando se presentan, la intensidad es mucho menor, lo que también le ha permitido al psiquiatra disminuirle la medicación.

Este es para mí el significado de la magia: lograr cambios aparentemente imposibles a punta de esfuerzo y dedicación cotidiana. Con caídas, golpes, subidas y bajadas, pero sobre todo, con una fortaleza que se construye en cada uno de estos golpes y que bien capitalizada, le da a una persona como ella la fortaleza para ser la persona que es hoy.

Con esta corta descripción no quiero hacer parecer el proceso y el esfuerzo de esta familia como algo sencillo, sin recaídas, sin angustias, sin miedos y sin dolor. Todo eso ha estado ahí, ha sido parte del proceso y ha hecho que en muchos momentos sea difícil creer que es posible lograr el cambio y más que eso, consolidarlo. Pero ver el proceso que ha hecho esta joven de la mano de su familia, del psiquiatra, de algunos compañeros y amigos y de algunos profesores, me demuestra que la frase que dice Cristóbal Colón es literal: no existen discapacitados, sino personas con diferentes capacidades.

Finalmente adjunto un mensaje que recibí de esta joven estudiante al terminarse el año. A mi juicio, en él no solamente se puede ver la inteligencia y la capacidad intelectual de esta joven que hoy en día no solamente conversa y escribe de manera perfecta y coherente, sino también se ve su profunda sensibilidad y los aprendizajes tan enormes que ha devengado después de todos estos años de trabajo consciente. Me angustia pensar que por un diagnóstico relacionado con un Trastorno Mental y por todos los prejuicios sociales que existen en torno a este, no solamente ella hubiera podido quedar sin estudio, marginada y rechazada de la sociedad. Más grave aun, nosotros como sociedad no estaríamos perdiendo de un ser humano tan maravilloso como es esta joven mujer que a su corta edad, ha sido capaz de manejar y superar unas crisis emocionales que por momentos parecían acabar con su vida. ¿Vamos a quitarle a ella y a la sociedad el privilegio de tener una mente como la suya al servicio de la humanidad simplemente porque tiene un diagnóstico de un trastorno mental?

 

Querida Dra. Ximena,

En conmemoración del 2017 tengo varias razones para agradecer, muchas historias por contar y unas cuantas cosas por decir… En primer lugar, quiero desearte un Feliz Año Nuevo; un 2018 lleno de alegría, prosperidad y todos los buenos deseos que las personas suelen mencionar por estas fechas. Pienso que mereces, por mucho, cada uno de ellos, pero hoy vengo a manifestarte algo un poco diferente. Reconociendo mi tendencia a irme por los hilos y tu habilidad para encausar mis palabras, quiero ser concreta y agradecerte por ser quien me brindó las herramientas clave para salvarme de mí. Lo digo con la mayor de las dichas, la convicción férrea y un corazón que permanece, más que en el pecho, en la cabeza. Gracias a ti comprendí que tener los pies sobre la tierra no es una regla inquebrantable, pero que en definitiva hay que aprender a volar sin dejar que el viento te lleve. Entendí que, paradójicamente, el crecer implica un previo recogimiento sobre uno mismo, para verse, conocerse, amarse y ser capaz de proyectar esa experiencia de manera genuina. Comprendí también que hay que caer cierto número de veces y que construimos nuestra propia historia a partir de dichas caídas, que las cicatrices no tienen por qué ser visibles y que la verdad jamás será única. Caí, crecí, aprendí, construí. Y aunque me queda faltando el gerundio -pues estas travesías aún no terminan- ahora que emprendo vuelo, reconozco y observo en retrospectiva tu valioso acompañamiento.

Por ser una mujer tan completa y comprometida, por tu inteligencia y tu increíble don para transmitir, por tu fuerza y por la paz que regalas con un gesto sincero. Porque has compartido conmigo esas múltiples fortalezas, por lo mucho que he aprendido de ellas. Por las tardecitas en el consultorio, por el montón de pañuelos que han sido gastados para secar mis lágrimas. Por Abril que, en medio de su ternura, brinda calor de hogar. Porque, sin decirlo, siempre estás pendiente de cerrar las persianas si la luz me genera molestia. Porque estoy convencida de que el que cambia una vida, cambia el mundo… por eso y mucho más te agradezco Dra.

En este 2018 vamos por más, bajo el permiso concedido de ser humanos. Bajo la máxima de entender lógicas ajenas para acercarnos al otro, porque al fin y al cabo, cada uno tiene sus propios elefantes. Se vale reír, se vale soñar, se vale aplaudirle a la vida. Se vale hacer de ella y de nosotros la versión más imperfectamente bella.

Te mando un cálido abrazo virtual que espero reclamar muy pronto en vivo y un saludo muy especial Dra.

 

Feliz 2018.

“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”

”El cambio es inevitable.

El crecimiento es opcional”.

John Maxwell.

 

“Fui infiel por la rutina, no por falta de amor”, me dijo Mariana[1] durante la primera consulta. Desde hacía tres meses estaba cargando con un dolor y sobre todo con una profunda sensación de culpa porque después de casi seis años de matrimonio, le había sido infiel a su esposo. “Uno siempre dice la misma frase: esto no me va a pasar a mi. Pero uno realmente no está exento de nada y yo juré que nunca iba a ser infiel. Y mira: casi diez años después de casarme, contra todos mis principios, contra todo lo que soy, creyendo totalmente en la fidelidad y en el matrimonio, le puse los cachos a mi esposo”.

 

Mariana definió su relación de pareja como una relación casi perfecta: duraron varios años de novios, al momento de casarse ambos estaban felices con la decisión, no la tomaron porque ella hubiera quedado embarazada o por alguna presión externa (familia, amigos, entre otros); la tomaron porque ambos querían dar ese paso. La relación de ella con la familia de su esposo siempre había sido cercana, buena, así como la de su esposo con los padres y hermanos de Mariana; los dos estaban de acuerdo en que querían darse un tiempo antes de tener hijos pues ambos compartían la pasión por viajar y querían crecer profesionalmente y trabajar bastante antes de comprometerse con una decisión de por vida como es tener un hijo. De manera que parecían estar siempre ‘en la misma página’, tanto que las amigas de ella siempre le decían que envidiaban su relación, la estabilidad, la comunicación, todo lo que desde fuera parecía perfecto.

 

Aunque parezca absurdo, contradictorio e incluso egoísta, tanta perfección fue lo que empezó a generar en Mariana una sensación de estancamiento, de aburrimiento. Sentía que su relación estaba perdiendo emoción, que todos los días y todas las semanas pasaban de manera idéntica: de lunes a viernes levantarse, desayunar juntos, salir a trabajar, hablar un par de veces durante el día; encontrarse por la noche en la casa, conversar un poco, en ocasiones comer juntos, trabajar o responder algunos correos electrónicos, leer, de pronto algo de televisión y finalmente acostarse a dormir. Los fines de semana, levantarse a hacer deporte, encontrarse para almorzar con la familia o en ocasiones con alguna pareja de amigos, hacer diligencias por las tardes, de pronto ir a cine, a veces a comer afuera y no mucho más. El domingo por la tarde ver televisión, organizar algunas cosas de la casa y alistarse para empezar nuevamente la misma semana. Muy de vez en cuando salían de Bogotá un fin de semana pero en general la rutina de los fines de semana era siempre la misma.

 

“No me di cuenta que estaba aburrida hasta que empecé a hablar con un amigo con el que había trabajado años atrás para pedirle una asesoría. Eso me sacó de la rutina. Al comienzo sólo hablábamos de trabajo; pero claro, sin darse cuenta uno va acercándose y teniendo cada vez más confianza, hasta que un día me dijo que por qué no nos tomábamos algo después de terminar de trabajar. Ese día se me olvidó que existía el resto del mundo: me sentí como una adolescente tragada a la que sólo le importa estar con esa persona. Y en vez de parar eso, en vez de dejar de verlo y de volcarme hacia mi matrimonio, me dejé llevar y fui infiel un buen tiempo”.

 

Mariana no es el único caso de infidelidad que he atendido en el último año. De hecho, han sido bastantes los casos de personas que como ella, buscan ayuda porque empiezan a sentirse culpables y al ser descubiertas por su pareja quieren recuperar la relación. Pero les cuesta volver a reconstruirla, no sólo por el daño causado sino también porque tienen que hacer un proceso de duelo y pasar por una “tusa” al tener que dejar a su amante.

 

Inicialmente la pregunta que Mariana se hacía era: ¿por qué fue infiel? ¿Por qué si lo tenía todo para ser feliz, se dejó llevar por sus emociones y en vez de alejarse de quien eventualmente se convirtió en su amante, permitió que esa relación prosperara hasta tal punto que llegó a dudar sobre si debía o no seguir en su matrimonio? Poco a poco Mariana ha ido encontrando varias respuestas a esa pregunta, y una de ellas es que dejó de trabajar en su matrimonio. Para nadie es un secreto que cualquier comportamiento repetitivo sostenido en el tiempo se convierte en un hábito, en una rutina. Las relaciones humanas, y más aún las relaciones de pareja y el matrimonio, no son la excepción. Es más, el matrimonio es una de las relaciones en las que más fácilmente se cae en la rutina porque en alguna medida las personas se dejan atrapar por la creencia de que es la ‘culminación’ de la relación, el punto final’,  por cuanto ya pasó el periodo de conquista, el noviazgo, e incluso el riesgo de perder al otro. Todo, porque “ya nos casamos”. Entonces empieza el descuido en muchas dimensiones. Dejan de proponerse planes, retos, actividades conjuntas, porque como se tiene la ‘garantía’ de que el otro va a estar en la casa, no hay necesidad de buscar los espacios para estar juntos. ¿Para qué arreglarse si el otro ya me conoce como soy? ¿Si ya está ahí? De manera que el cuidado físico también se pierde. El cansancio de la cotidianidad lleva a que disminuya tanto la frecuencia como la intensidad de las relaciones sexuales y se van convirtiendo en algo que ocurre esporádicamente, y más por rutina que por pasión. Las conversaciones se dejan de lado porque una vez más, las parejas se ven todos los días, se levantan y se acuestan juntos cotidianamente, de manera que tampoco se buscan los espacios para conversar, para preguntar por el otro, para tener tiempo de sentarse sin celular, sin televisión, sin chat, a mirarse a los ojos y conversar durante horas. Es así como ambos miembros de la pareja se van descuidando y casi sin darse cuenta, se instaura una rutina que lleva a que cualquier otra persona parezca más interesante, más atractiva.

 

“Que esté a dieta no quiere decir que no pueda ver el menú”, me dijo un amigo hace unos días mientras miraba a una mujer bonita pasar por la calle. Y es cierto, estar casado no significa que no veamos la belleza en otros, que no sea agradable cuando otro nos mira o cuando nos enteramos por una amiga o amigo que a alguien, diferente a nuestra pareja, le parecemos atractivos. Incluso puede pasar que nos atraiga otra persona por su físico, por su manera de ser, por una conversación. Nada de esto es negativo per se, lo que empieza a hacer daño es la frecuencia con la que esto ocurre y más aun, si por este tipo de cosas comenzamos a descuidar la pareja en vez de cuestionarnos y revisar qué puede estar pasando en la relación matrimonial para que el comentario, la mirada o la conversación de otro empiece a ser más importante y atractiva que la que se tiene con el o la esposa.

 

Este ha sido tal vez uno de los principales descubrimientos para Mariana: ver que lo que ella empezó a sentir por quien después se convirtió en su amante –más allá de la emoción o de que estuviera bien o mal-, le estaba mostrando que había algo que estaba fallando en la relación con su esposo. Por lo mismo, era ese el momento para hacer conciencia y cuestionarse qué estaba pasando en ella y en la relación con su esposo para que otra persona estuviera ocupando gran parte de sus pensamientos y emociones.

 

Ese habría sido el camino más difícil en el corto plazo porque probablemente habría implicado tener una –o varias- conversaciones con su esposo; darse cuenta que el matrimonio no era tan perfecto como ella pensaba y que eso no solamente no está mal, sino que es natural. Pero claro, hay que hablarlo, enfrentarlo, cuestionarse unas cosas, replantearse otras, reinventarse en algunos aspectos y, por supuesto, generar cambios. Y muchas veces es más fácil, pero no por eso más sano, seguir en lo que ya se conoce que arriesgarse a generar un cambio.

 

El matrimonio, como cualquier relación, como cualquier actividad cotidiana, puede volverse aburrido, monótono, rutinario. No sólo es normal: también es necesario que exista la rutina porque es la que permite el orden y la constancia. El problema es cuando ese orden y esa rutina se convierten en una camisa de fuerza de la que las personas no saben cómo salir. Y en vez de hacer el trabajo con la pareja para identificar entre los dos qué está pasando, qué cambios se necesitan y cómo se pueden reinventar, optan por “el camino fácil”: buscar otra persona que les genere las emociones y las ‘mariposas en el estómago’ que su pareja actual ya no les genera. “Es normal ser infiel después de tanto tiempo, lo importante es no hacerle daño a nadie”, me dijo un paciente al contarme que le había sido infiel a su esposa en varias ocasiones. Pero a diferencia de Mariana, no se sentía culpable porque lo veía como algo natural después de tanto tiempo de estar en la misma relación.

 

La realidad es la misma: la infidelidad. Lo que cambia es la percepción que cada persona tiene de esta. Eso es lo que Giorgio Nardone (1997) denomina autoengaño, entendido como la tendencia de identificar la realidad basándonos en nuestros propios deseos, que son los que llevan al proceso de formación de nuestras creencias. Nos ilusionamos con la idea que nuestra capacidad de sentir y percibir, nuestros conocimientos, nuestra racionalidad y nuestro modo de actuar, son las correctas y verdaderas y por lo mismo, creemos que es igual para las demás personas.

 

Para muchas personas la infidelidad es un paso más dentro del matrimonio: algo natural, normal, que en alguna medida tiene que ocurrir. Para otras, como Mariana, es una forma de escapismo a la rutina que no solamente no resuelve el problema de la pareja sino que lo complica. Por lo mismo, podría evitarse si en vez de buscar el ‘camino fácil’, los miembros de la pareja se unen e identifican el momento de la rutina y el aburrimiento como la mejor oportunidad para trabajar en sí mismos, para reinventar la relación y ser capaces de sobreponerse a las dificultades que tarde o temprano, e inevitablemente, se presentan en una relación de pareja. La realidad es la misma, lo que hacemos con ella es decisión de cada uno. Y la infidelidad, no es la excepción.

 

 

Comparto finalmente los diez mandamientos de la pareja construidos por una pareja que quiero y admiro infinitamente pues llevan 49 años juntos sin haberse separado nunca, sin ninguna infidelidad, siempre trabajando en conjunto lo que les ha permitido llegar a construir y mantener una maravillosa relación aun después de casi cincuenta años de matrimonio.

 

  1. Amar al prójimo como a sí mismo, pero no más
  2. Compartir (angustias, temores, alegrías)
  3. No matar (las ilusiones, la confianza, los lazos familiares)
  4. Hacerse cargo de sí mismo (no quejarse)
  5. No desear el hombre ni la mujer del prójimo
  6. Disfrutar la intimidad sexual con respeto y comprensión
  7. No decirse mentiras
  8. No prolongar una diferencia, un disgusto, una discusión
  9. Comprenderse y acompañarse (en las dudas, en las certezas, en los temores y en las incertidumbres)
  10. Asumir la relación como un trabajo diario, constante, constructivo y exigente, pero sobre todo, alegre, lleno de risa y de humor.

 

 

Ximena Sanz de Santamaria C.
Psicóloga – Psicoterapeuta
MA en Terapia Breve Estratégica.

 

: @menasanzdesanta

 

: @breveterapia

 

 

[1] Nombre ficticio para proteger la identidad del consultante

En busca de la infelicidad

Una de las mayores y más importantes enseñanzas que me dejó Giorgio Nardone, mi maestro en el campo profesional, es que existen tantas realidades como percepciones hay en el mundo. En otras palabras, no existe una única realidad “objetiva” para todos, sino que existen tantas como creencias, experiencias y percepciones tienen las personas. Esto, de la mano de lo que poco a poco he ido descubriendo en el recorrido de mi camino espiritual, me ha permitido llegar a construir una creencia de lo que es, para mí, la felicidad. Y estas vacaciones fueron muy importantes para llegar a consolidar lo que había venido sintiendo y pensando desde hace muchos años.

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Testimonio

Admirable testimonio sobre lo que ha experimentado uno de mis pacientes a lo largo del proceso terapéutico para aprender a manejar y a superar los ataques de pánico.

 

He vivido momentos difíciles por cuenta de ataques de pánico. Intenté sobrellevarlos durante casi un año. Procuré enfrentar los problemas como había hecho hasta entonces pero fue en vano. Sentí desesperación porque la situación no se remediaba. Por fin entendí que el método y la aproximación al problema eran incorrectos. Comencé por compartir mi situación con mis familiares y reconocí la necesidad de recibir ayuda terapéutica. Ambas cosas me aliviaron enormemente. Este proceso ha significado para mí un maravilloso descubrimiento interior.

Hace unos meses escuché una lectura de un yogui indio. Él decía que intentar controlar la mente no era posible para el hombre corriente. La describió como un caballo que relincha. La respuesta me desconcertaba. Habló de la necesidad de perfeccionar la respiración para controlar estados mentales y emocionales alterados. Pero yo había probado algunas técnicas con buen resultado sin que los miedos hubiesen desaparecido del todo. Especialmente el miedo al ataque de pánico. Se trataba casi de un temor reverencial, petrificante, como una de esas estatuas grises de las catedrales góticas.

Gracias a las técnicas de la terapia me di cuenta que en esa misma catedral monumental, las rosetas y los vitrales tamizaban columnas de luz. Donde había oscuridad flambeaba también la luz. Dejé de luchar contra mí mismo. Me amisté con mi propia mente y su cualidad ha mejorado. Ahora me siento más fortalecido y con el carácter más templado. Sé que este es un proceso pero me entusiasma e ilusiona el progreso. Los ataques de pánico han desaparecido. La sensación previa que sentía antes de que ocurriesen no ha vuelto a aflorar salvo en dos ocasiones sin mayor turbación y consecuencias.

Una de las cosas más importantes del proceso ha sido aceptar esa dualidad interior sin reprimirla y atemorizarse. El primer paso implicó enfrentar los miedos tanto mental como físicamente. El descubrimiento ha sido extraordinario. Lo que he experimentado es que a medida que la mente observa sin involucrarse emocionalmente, como si fuera un testigo, los malos pensamientos disminuyen por sí solos hasta incluso desaparecer del todo. La mente no se aferra más a ellos. Los miedos lentamente se desdibujan, se esfuman y crece el poder de la voluntad. La constatación de que nada malo ocurre en el plano físico consolida esta experiencia.

El discernimiento y el desapego son dos cualidades que he ido cultivando con la terapia. Pero no me refiero a un discernimiento intelectual. Hablo de discernir por qué estoy sintiendo aquello, por qué se dispara tal emoción, qué situación trae a mi mente este pensamiento y de qué se trata. En últimas, acercarme en la comprensión de cuál es mi verdadera naturaleza. Corroboré mi creencia derivada del yoga que el cuerpo y la mente son una misma manifestación de energía y que por tanto es arduo trazar una frontera que los divida. Yo soy cada célula que vibra, cada pensamiento que aflora. En medio del frenesí del mundo, de las relaciones sentimentales y de las obligaciones laborales, discernir correctamente me parece una fuente de fortaleza. En este sentido, el desapego ha consistido en aceptar el cambio cortando ciertos vínculos, miedos y dolores. Quiero decir emanciparme de mi mente y no ser esclavo de ella.

Discernir, o si prefieren observar, ha disipado algunos temores. Incluso me atrevo a reírme de ellos. Y ahora entiendo mejor el sabio consuelo del mosquetero Athos al joven D’Artagnan, cuando le dijo: “Sois joven y vuestros recuerdos amargos tienen el tiempo de convertirse en dulces recuerdos”. Tengo claro que el destino podría barajar en el futuro tribulaciones que parecerán más insuperables y que harán empequeñecer y desdibujar las actuales. Cada experiencia es individual, y no sabemos bien cómo lidia cada persona con acontecimientos iguales. Pero llevado al extremo este subjetivismo relativista puede enmascarar condiciones objetivas que podrían ayudar a sobrellevar mejor ciertos problemas o mirarlos desde otro punto de vista. Es innegable que hay gente que lleva vidas más sufridas, con mayores privaciones y no sólo materiales. Su testimonio no consuela pero nos ayuda a poner en una mejor perspectiva la gravedad de nuestros problemas, que guiados por emociones desbocadas pueden cobrar sin demasiada justificación unas proporciones oscuras demasiado grandes.

Ahora, me arriesgo a estar en aquellas situaciones que temía y contemplo desfilar los peores pensamientos imaginables sin que me perturben. Sé que pueden resurgir viejos temores o nacer nuevos. Pero he aprendido que este es el proceso natural de la mente. Puedo invocar estas impresiones cuando quiero y trabajo para despejarlas cuando asoman caprichosamente. Sin duda, podemos no controlar la mente o prescindir totalmente del miedo, salvo que seamos algún ser dotado de un nivel superior de conciencia. Sin embargo, podemos aprender a disciplinarlos. Podemos entrenar la mente y rendir más manso el potro indómito del que habló nuestro amigo indio. Las veces que el potro ha intentado tumbarse de la silla no he caído al piso y me he recuperado más rápido que antes. He vuelto al ruedo sin demora.

El desarrollo del discernimiento y del desapego me han dado más coraje y mejores perspectivas sobre la vida. Estas dos cualidades me parecen indispensables para superar poco a poco nuestra naturaleza animal. Los animales, hasta dónde sabemos, no tienen conciencia de tener conciencia. Una vez comprendido este hecho poderoso, más allá de intelectualizarlo, he podido darle un sentido más profundo a este proceso. Estos episodios que he vivido desde hace unos años, me han hecho más paciente y compasivo de los dolores y males ajenos. Asimismo, me han permitido apreciar más la vida y descubrir un tesoro llamado yoga satyananda. En esta terapia he entendido cosas insospechadas de mí y de la vida. No habría progreso ni evolución de ningún tipo si suprimiéramos el dolor, la muerte y el sufrimiento. No hay placer sin sufrimiento. No obstante, estamos en capacidad de lidiar mejor con ambos si conocemos el método correcto. Librarse poco a poco de muchos grilletes mentales y emocionales para hallar el sosiego mental y el contentamiento, significa para mí una gran evolución espiritual. Esta es una visión que me gusta y que hubiera tardado en comprender si no me hubiera topado con uno que otro infortunio.

Para terminar, quisiera traer de nuevo esa imagen de la catedral gótica. Nosotros somos ese templo y allí anidará tanto la luz como la oscuridad. No se podrían derruir las gárgolas sin con ello destruir el templo. Pero no hay que desesperar pues son sólo gárgolas. Algunas de estas catedrales han sobrevivido en su compañía y sin sacudírselas desde la profundidad de los siglos. En el corazón de la nave central, en una de sus criptas interiores, he tallado un diálogo de un libro que amo y que ahora comprendo mejor. Expresa una de las lecciones que atesoro de esta terapia:

-“De Worms le contemplaba absorto. Quiso hablar, pero Syme lo interrumpió con sorda y exaltada voz:

“¿Quién había de permitirse atacar al ser que no le asusta? ¿Cómo rebajarse al papel de simple bravucón, como cualquier luchador alquilado? ¿Ni quién ha de pretender ignorar el miedo, como un árbol inconsciente? Hay que combatir contra lo que nos infunde temor. Acuérdese usted del cuento de aquel clérigo inglés que prestaba los últimos auxilios a un bandido italiano. Éste, en su lecho de muerte, le dijo: “Yo no tengo dinero con que pagarle, pero puedo darle un buen consejo para toda la vida: “El pulgar en la hoja, y herir para arriba”. Yo también le digo a usted: herir para arriba, y a las estrellas si es preciso” (G. K. Chesterton, El Hombre que Fue Jueves)