“Al fin me cansé”

“Es sorprendente cómo un estereotipo funciona como una trampa”
Michelle Obama.

 

“El día que monte a mi tercer hijo en el bus del colegio para su último día de clases, me di cuenta que me quería separar”.Así empezó la primera cita de Elena[1]quien después de haber pasado por un proceso de terapia de pareja en el que el esposo había intentado por todos los medios de luchar por la relación, ella no había logrado “montarse al bus” nuevamente. Era consciente de los esfuerzos de Germán[2], los podía ver, reconocer y agradecer. Pero para ella, era muy tarde: muy tarde para reconocer que si bien él siempre había trabajado para mantener a su familia, siempre había sido fiel y nunca había agredido a Elena físicamente, había sido ella la que durante muchísimos años se había hecho cargo de sus hijos en todo sentido. Tanto a nivel práctico (p.ej. las idas al pediatra, las levantadas temprano para atenderlos desde que nacieron, el cambio de pañales, el acostarlos a dormir desde que nacieron), como a nivel emocional. Siempre fue ella la que estuvo ahí cuando necesitaron hablar con alguien, cuando estaban tristes, cuando se caían y se golpeaban, cuando se desilusionaban de los amigos, de las novias o novios, etc.

“Y lo más grave de todo esto es que siento que soy tanto o más responsable que él porque este bendito machismo colombiano que es tan sutil en la forma, pero tan arraigado y profundo de fondo, es lo que me llevó a asumir todo sin pedirle ayuda. Él estaba trabajando, entonces ¿cómo iba a pedirle que después de llegar de la oficina o antes de salir a trabajar me ayudara? Como si ser madre no fuera el trabajo más exigente y demandante del planeta. Pero claro, como no es pago, no cuenta”.

Los dos habían decidido ser padres años atrás aunque no sabían cuantos hijos querían tener. El primero, como siempre decía Elena, fue muy duro. Pero eventualmente a ella se le olvidó todo lo que había vivido y decidió tener el segundo hijo. El tercero no fue planeado, Elena quedó embarazada tomando anticonceptivos cosa que Germán resintió mucho durante los primeros años de vida de ese hijo. Quizá por esta misma razón, se alejó de su esposa y de sus tres hijos y aunque nunca lo dijo explícitamente, para Elena eso fue muy evidente:

“Se iba temprano en la mañana porque tenía reuniones de trabajo y yo me quedaba sola a cargo de mis tres hijos. Llegaba cuando ya se habían dormido, los fines de semana se iba al club a hacer deporte porque estaba muy estresado y después se tenía que quedar en el turco porque le dolía el cuerpo. Así pasó el primer año de vida de mí tercer hijo y aunque al comienzo para mí fue un infierno, poco a poco aprendí a vivir y a hacerme cargo de mis hijos sin necesitar a Germán, sin necesitarlo para nada. Volví a trabajar freelance y aun con trabajo formal, seguí estando presente para mis hijos, inventándome planes los fines de semana, llevándolos a hacer deporte, a planes con sus amigos, en resumen, hice mi vida sin mi esposo porque algún día me di cuenta que si quería volver a sonreír y a sentirme plena, tenía que hacer la vida con mis tres hijos. Y así lo asumí”.

En la naturaleza no hay espacios vacíos, le dije a Elena. Por lo mismo, si quitas algo de un espacio, tarde o temprano ese espacio se vuelve a llenar con otra cosa. Eso fue lo que le pasó a ella cuando el espacio que había ocupado Germán como un padre involucrado y presente en la vida de sus dos primeros hijos, quedo vacío al nacer su tercer hijo. Como consecuencia de eso, poco a poco Elena fue asumiendo casi todas las responsabilidades que implica tener un hijo y empezó a distanciarse de su esposo. Y sin tener una mala relación, dejaron de compartir la cotidianidad: ella dejó de contarle sus cosas y a su vez, dejó de interesarse por las de él. Por lo mismo, cada vez tenían menos cosas en común hasta el punto que cuando Germán “volvió” a estar presente, Elena se sentía fuerte, independiente e incluso más tranquila de estar sin él porque ya sabía como manejar a sus hijos sola. Tal vez por eso, como ella misma decía:“El día que monté al tercero de mis hijos al bus para irse a su último día de clases”, se dio cuenta que Germán era una maravillosa persona, un buen padre, pero ella ya no quería seguir con él.

Elena ha estado trabajando la rabia que siente contra él y contra ella misma por no haberle pedido más ayuda, por haber asumido todo como la “mujer maravilla” en vez de confrontar a su esposo en ese momento para pedirle que estuviera más presente. Con el paso de algunas sesiones, ha empezado a darse cuenta que sin haber sido consciente de su propio machismo años atrás, desde que quedó embarazada de su tercer hijo, además de cargar a ese bebé, empezó a cargar una culpa que sintió durante muchos años. Y fue en parte, por esa culpa, que empezó a asumir todas las responsabilidades de sus hijos sin pedirle ayuda a su esposo porque además, era él el que “traía el pan a la casa”, con lo cual ella sentía que lo mínimo que debía hacer era asumir la crianza de sus tres hijos sin “molestar” a su marido.

Esto la ha llevado a estar muy atenta a la manera como educa tanto a sus hijos hombres como a su hija pues no quiere que ninguno repita ni cargue con el machismo con el que según ella, cargamos en esta sociedad. Les ha mostrado a los tres cómo el trabajo pago, “formal”, es igualmente importante que el trabajo de ser madre o padre porque dependiendo de qué tan bien educamos a nuestros hijos, contribuimos a que en un futuro tengamos profesionales íntegros o no. Porque según ella, el hecho de que los hombres (y las mujeres) tengan la creencia de que tienen derecho a descansar y a no madrugar ni a levantarse en la noche cuando los hijos no duermen porque ellos “si están trabajando” mientras que las mujeres están haciendo “lo que tienen que hacer” -cuidar a los hijos-, es responsabilidad tanto de los hombres como de las mujeres, de las madres, que educan a sus hijos así.

Cambiar la creencia que todos hemos construido y bajo la cual seguimos viviendo aun después de tantos años por la que se asume que  el trabajo pago o “formal” es el que vale y es el importante mientras que la labor y el trabajo de ser madre y padre se ve como algo que ‘deben hacer ‘sobre todo las mujeres y que los hombres hacen como ayuda, sin duda tomará tiempo. Y probablemente no va a cambiar como resultado de una política publica o de una ley. Cambiará como resultado de los cambios sencillos que tanto hombres como mujeres hagan en la cotidianidad. Y uno de ellos, paradójicamente, le corresponde más a las mujeres que a los hombres: dejar de lado el tener que ser la “mujer maravilla” que todo lo puede asumir, que todo lo hace bien, que es perfecta tanto en el trabajo como en el hogar. Como en el caso de Elena, veo muchos casos en consulta y entre mis amistades en los que aún nos falta integrar a los hombres en la labor de la maternidad y paternidad, pedirles de manera cotidiana y CONCRETA que asuman ciertas responsabilidades, que sepan cambiar un pañal, alzar a su hijo y saber calmarlo cuando llora porque algo le duele; que si bien no tienen que hacer las cosas igual a nosotras, la única entretención para un niño no es la televisión, el celular o cualquier otra pantalla. Y que una manera de ser padres es compartiendo tiempo en la cotidianidad de los hijos. Y aun más importante que todo lo anterior, que ninguna de esas cosas sea vista ni por los hombres ni por las mujeres como “una ayuda” de ellos hacia nosotras, sino como el 50% de una responsabilidad que es compartida.

 

Ximena Sanz de Santamaria C.

Psicologa-Psicoterapeuta Estrategica.

www.breveterapia.com

 

[1]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

[2]Nombre ficticio para proteger la identidad y el proceso de la consultante

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